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Aproximaciones a la gráfica política como discurso

Posted on 29 mayo, 2015

Cristina Híjar González
 
 
A finales de la década de 1970, Mario Benedetti escribió el poemario Letras de emergencia en el que incluyó un prólogo con el título “Canto libre y arte de emergencia”.(1) Ahí califica de urgente la necesidad de elevar la voz frente a la sinrazón, haciendo expresa referencia al canto de Daniel Viglietti, preso político en Uruguay. Considero que no habrá problema si extendemos las reflexiones del poeta a todas las manifestaciones artísticas que se producen dentro de coyunturas terribles de nuestras historias. Benedetti señala que habrá quien se pregunte cómo nos quedan tiempo y ganas para cantar, pintar o bailar y apunta que estas manifestaciones producen un efecto estético, interpelan de otro modo, nos acercan afectivamente, construyen comunidad y que todo suma, son “pequeños riesgos” que apuntalan el “gran riesgo” de pensar, de imaginar, de proponer y de luchar por otra realidad. Concibe a estos productos artísticos como ventanas abiertas desde donde es posible vislumbrar otras cosas: “el autor ponía las líneas y la realidad entrelíneas”.
 
 
Lo dicho por Benedetti viene al caso al pensar y considerar una producción gráfica específica que es nombrada de muy diversas maneras: gráfica militante, comprometida, urgente o intervencionista, por mencionar algunos de los términos más comunes. Para efectos de este trabajo, me referiré a ella como gráfica política por considerarla una parte del discurso político en tanto conjunto estructurado de signos con códigos de significación y estrategias comunicacionales específicas y determinadas por sus particulares maneras de producción y circulación. Considero además que en tanto lenguaje en sentido amplio no reducido a lo lingüístico ni a la lengua, forma parte de un discurso social en los términos planteados por Patrick Charaudeau(2): “discurso puede ser relacionado con un conjunto coherente de saberes compartidos, construidos […] por los individuos de un grupo social. Esos discursos sociales —que se podrían llamar igualmente imaginarios sociales— son testimonio de la manera en la que las prácticas sociales son representadas en un contexto socio-cultural dado y racionalizadas en términos de valor”. En el presente texto me propongo hacer una reflexión sobre la gráfica política incorporando algunos de los conceptos y nociones propuestos por este autor respecto a la argumentación y al discurso político.
 
 
Considero necesario hacer una primera caracterización de la gráfica política realizada en el contexto de las movilizaciones sociales. Si bien no pretendo realizar una descripción precisa de todas sus manifestaciones formales, sumado a que no haré referencia a un conjunto o a un contexto en particular, se requiere apuntar algunas de sus características con el fin de tener presente el objeto de mi reflexión.
 
 
Toda movilización social, en particular desde el movimiento estudiantil de 1968, es acompañada por una producción gráfica emergente producto de la coyuntura socio-política. En este sentido, quizá sea necesario calificarla de urgente dado que su determinación es política y no artística, por lo que responde a un momento preciso que condiciona su aparición y marca sus tiempos de realización. Estas producciones son realizadas con técnicas y soportes diversos, prevalecen aquellas imágenes realizadas en linóleo, serigrafía, plantillas, offset, mantas, pancartas, pintas y pegotes; su forma de producción es evidente y en sí misma constituye uno de los elementos apreciables. Su objetivo fundamental es ser generadores de algún tipo de motivación sensorial, afectiva y reflexiva entre los públicos buscados, encontrados y producidos en el contexto de su circulación. Ésta es también muy variada; encontramos estas imágenes pegadas o impresas en las paredes de las calles por las que transita una marcha, en los soportes de fuentes y monumentos, en el piso, en pancartas móviles portadas por los manifestantes. Esto constituye un primer dato importante porque son imágenes construidas para ser vistas en movimiento aunque después permanezcan fuera del espacio-tiempo de la movilización, pero esta característica define, en muchos casos, los elementos creativos puestos en juego para su producción. Podríamos plantear que su principal función puede adoptar cualquiera de las siguientes tres formas que pueden coexistir o plantearse de manera separada en virtud de un objetivo específico: ser vehículos y medios de contrainformación, constituirse en una forma de expresión individual o colectiva y ser dispositivos de comunicación para el planteamiento de mensajes o consignas concretas.
 
 
Por otra parte, esta particular producción gráfica se ubica fuera de la lógica del mercado y de la esfera institucional, aunque a veces se produzca dentro de las instituciones convertidas en locales, por ejemplo, cuando en el 68 las escuelas de artes plásticas se transformaron en grandes talleres de impresión al servicio del movimiento estudiantil. Pero los productores no se reducen a profesionales del arte, aunque los hay: son de orígenes y formaciones diversas alejados de la tradicional concepción de “artista”. Habitualmente son grupos de producción gráfica que asumen lo colectivo como una necesidad y establecen bajo esta forma sus dinámicas de trabajo: discusión y elección de temáticas, suma de capacidades, división de tareas, consideración de la distribución y circulación de los objetos producidos.
 
 
El ejemplo más importante que tenemos en México de un conjunto gráfico de estas características lo constituye la gráfica del 68. No es motivo de este texto hablar sobre ella, baste con mencionar que en su momento cumplió con los objetivos y funciones propuestos dentro del movimiento estudiantil y, además, trascendió su momento histórico para constituirse en el referente más importante de la gráfica política contemporánea en su doble condición testimonial: como fuente histórica del movimiento y como objetos gráficos de una producción artística particular generada al calor de la coyuntura histórica. Lo que me interesa rescatar son los planteamientos de Georges Roque,(3) miembro del French National Centre for Scientific Research, Centre de Recherches sur les Arts et le Langage (CRAL), CNRS-EHESS, quien realizó un análisis puntual de esta gráfica aplicable, considero, a toda producción artística similar que, de hecho, abreva de esta experiencia. Partiré de que con la breve caracterización realizada, ubicamos ya la gráfica política que consideraré como referente de toda mi reflexión. Además considero que toda producción artística similar, de hecho, abreva de esta experiencia. Con esta breve caracterización ubicamos la gráfica política que tomaré como referente en toda mi reflexión.
 
 
Roque plantea una serie de ideas a partir del análisis de la gráfica del 68 como conjunto para explicar y dilucidar su fuerza argumentativa. Para empezar, es necesario considerar a la argumentación como un modo de organización del discurso que se plantea describir el porqué y el cómo de los fenómenos del mundo. Quien argumenta desarrolla una actividad cognitiva: problematiza, toma posición, elucida y prueba.(4)
 
 
También señala que la fuerza visual de una imagen política reside en el tratamiento plástico del espacio gráfico en términos de composición y ordenamiento de los elementos que la integran. Existe un lenguaje visual que requiere de estrategias de enunciación con el objeto de ganar en claridad y contundencia y acotar la polisemia propia de las imágenes visuales. El autor considera que la fuerza argumentativa de esta gráfica reside en el énfasis en el pathos, es decir, en la intención hacia la movilización por la pasión y la emoción. Para ello, hace uso de la retórica lingüístico-icónica y de formas retóricas como la antítesis, en donde la imagen (sujeto del enunciado) tiene la función de afirmar mientras que el texto acompañante (sujeto de la enunciación) introduce la negación para provocar una tensión entre lo icónico y lo lingüístico. Es un formato común en este tipo de expresiones: la imagen contundente acompañada de la consigna. Hay otros recursos, como los paródicos, en la elaboración de contrasímbolos y contrapropaganda cuando se usan los signos propios del discurso oponente para someterlos a un proceso de resignificación. Encontramos, también, señales lingüísticas de la colectividad, por ejemplo, en el uso del “nosotros” y en la construcción de enunciados con la tercera persona del plural. Esto refiere a un emisor colectivo, ayudado por el anonimato (la mayoría de las imágenes no son firmadas), lo que indica un dispositivo colectivo de enunciación que toma la palabra; podemos afirmar que son actos de creación en colaboración. El conflicto se instala en el seno mismo de los objetos gráficos que requieren la construcción de imágenes lingüístico-icónicas que buscan siempre el estatuto de símbolo, aunque a veces no lo logren a pesar de la búsqueda de simplificación del mensaje y de la capacidad de síntesis.
 
 
Se trata de considerar no sólo las condiciones enunciativas y generar, o aprovechar, una situación de comunicación específica, sino también la consideración de las condiciones de distribución y circulación con el objetivo de realizar una ocupación simbólica del espacio público construido por los vínculos sociales establecidos entre una comunidad concreta. Podrían ser marcadores de territorio en disputa por las luchas y conflictos presentes. Un espacio público de supuestos e identificaciones, escenario y contexto de un arte público en el que siempre existe la conciencia del otro.
 
 
Roque alude a los “actos perlocucionarios” definidos por John Austin, aquellos que sirven para producir ciertas consecuencias o efectos sobre los sentimientos, pensamientos o acciones del auditorio, lo cual sería aplicable en esta reflexión porque, en efecto, ahí se ubica el objetivo estético-político de esta gráfica. Agregaríamos que también contiene un “acto proposicional” (John Searle) en el sentido en que refiere a algo y predica algo sobre ello; es decir, asume una postura, una opinión: el sujeto de la enunciación es identificable.
 
 
Hasta aquí lo aportado por George Roque para adentrarnos a los planteamientos de Charaudeau respecto al discurso político y a sus procesos argumentativos, no sin antes advertir que acudo a otros autores en momentos específicos.
 
 
El lingüista francés, especialista en análisis del discurso, define a éste como un conjunto estructurado de signos, una puesta en escena del lenguaje con códigos semiológicos, códigos que proponen y generan sentidos concretos. Para el caso que nos ocupa, hablamos también de cierta performatividad en el sentido de que tratamos con realizaciones enunciativas en las que es necesario tomar en cuenta el “conjunto de la puesta en escena del acto del lenguaje”(5) con los dos circuitos presentes: el externo y el interno. Hay tanto un sujeto comunicante: el sujeto colectivo que encarna el “nosotros”; un sujeto interpretante: todo aquel que aprecie, observe, interprete el mensaje contenido, y, en cuanto al circuito interno, un sujeto enunciador: realizador del mensaje en el objeto gráfico concreto, y un sujeto destinatario, aquel individuo, institución o agente social al que alude o va dirigido el mensaje. Cabría también examinar la mención a la dimensión pragmática presente, definida por Eduardo Andión como aquella que “considera a las obras como actos discursivos y por lo tanto comprendidos en su situación comunicacional, en las que se involucran marcos cognitivos específicos de los interactuantes”.(6)
 
 
El motivo de nuestra reflexión, lo político, en tanto relación social con el otro, está cruzado por relaciones de fuerzas simbólicas. Como proceso de subjetivación “hace que se mezclen inextricablemente afecto y racionalidad, historias personales e historias colectivas, espacio público y espacio privado, religión y política, sexo y poder”.(7) En este sentido, la construcción de un discurso político implica la integración de categorías tanto del logos, de la razón, como del pathos, de la emoción. Constituye en sí una manifestación emocional en donde se integra la convicción con la intención de la persuasión al otro, más que demostrar se trata de hacer pensar y, deseablemente, que este proceso derive en acción política. Esto tiene que ver, dado el contexto comunicacional del que hablamos, con la noción de John Dewey sobre lo público como aquella asociación característica frente a otras formas de comunidad humana de las sociedades democráticas, en donde sus componentes son reflexivos y conscientes de su papel activo y responsable, que impulsa el debate, la deliberación e, incluso, la acción social.(8)
 
 
Existe una pretensión de legitimidad y búsqueda de consenso, por lo que se requieren estrategias discursivas para los distintos contextos comunicacionales en juego, en los que prevalecerá alguna de las distinguidas por Charaudeau(9): de explicación, que requerirán, quizá, la incorporación de otras formas discursivas; las de demostración y, finalmente, las de persuasión, que de acuerdo con nuestro referente de reflexión podrían contenerse en las imágenes lingüístico-icónicas, siempre y cuando tengan una eficacia simbólica.
 
 
Charaudeau(10) plantea una serie de características inherentes que podemos extender a las de la gráfica política concebida como discurso: simplicidad, contundencia y claridad; que sea fácilmente aprehensible y veraz, es decir, creer en la certeza de lo enunciado. Habría que añadir la consideración ética en cuanto a que plantea una elección moral frente a una situación o coyuntura dada, lo que supone una toma de posición que requiere de acciones concretas. En este sentido, hay una manifestación expresa de valores como la indignación frente a la injusticia, la solidaridad o la exigencia de respeto a los derechos humanos, por mencionar sólo algunos. En función de lo mencionado, se estructuran procedimientos argumentativos como los descritos por Georges Roque en la gráfica del 68, que bien podrían analizarse a partir de las categorías propuestas por Charaudeau en términos de singularización (acotar la polisemia), esencialización (manejo de ideas-nociones, como las de justicia o libertad) y de analogía, el uso de comparaciones o metáforas, verbales o visuales, que faciliten la comunicación del mensaje. Incluso las consignas, escritas o gritadas, tienen una función argumentativa en términos de que contienen una razón emocional y pasional, generan un sentido de pertenencia y un medio efectivo de expresión a partir de considerarlas un grito colectivo que tendría que ser escuchado.
 
 
“El discurso político carece de sentido fuera de la acción y que la acción entraña, para el sujeto político, el ejercicio de un poder”.(11) Imposible concebir lo político sin ejercicio y relaciones de poder. El marco de acción en el que se inscribe el discurso motivo de nuestra reflexión implica identidades sociales presentes y en pugna con otras, así como roles específicos de los socios implicados en este intercambio social y comunicacional. No sólo hay un posicionamiento enunciativo en una situación o contexto de comunicación específico (espacial, temporal, social e históricamente determinado) sino que también hay un posicionamiento político que implica un ejercicio de poder determinado. La intención de la gráfica política inserta en un discurso político de mayor alcance con formas de expresión variadas es siempre interaccional y pretende siempre producir un efecto.
 
 
El discurso se produce siempre en una situación de comunicación y su finalidad depende de lo que esta situación determina. Atendiendo la propuesta del lingüista francés, podemos considerar que el discurso político en cuestión tiene como finalidad, de acuerdo con los tipos de destinatario, apelar tanto a las comunidades de opinión, dado que quienes la conforman comparten una ideología a partir de referencias y de valores comunes, de creencias y memoria compartidas que da lugar a una primera identidad colectiva, como a las comunidades comunicacionales, en donde se busca establecer consensos, a pesar de las opiniones y posturas distintas que pueda haber es la comunidad natural e inmediata de la gráfica política en tanto situaciones estructuradoras de la acción: la marcha, la concentración, el mitin, el plantón. Sin embargo, habría que considerar también que algunos de los objetos propios de este discurso político rebasan la situación comunicacional para la que fueron creados, circulan en otros ámbitos y se reproducen en distintos soportes que los van dotando de nuevas significaciones.
 
 
Por último, consideraría que el discurso político motivo de esta reflexión se ubica en la instancia ciudadana por su lugar de producción y circulación. Es el espacio ciudadano, el espacio público, el que plantea una situación de comunicación que demanda un particular dispositivo comunicacional. La gráfica política constituye un discurso de reivindicación, de denuncia o de protesta que interpela al gobierno y al Estado con sus múltiples instituciones. El sujeto enunciador y el comunicante expresan los intereses y anhelos colectivos de una comunidad construida, los productores gráficos los materializan, los objetualizan y de ahí la legitimidad de esta dimensión colectiva y comunitaria reunida por lazos simbólicos en función de una idealidad social compartida. Considero que a esto hace referencia Charaudeau cuando habla de soberanía.(12)
 
 
A manera de conclusión
 
Charaudeau, coincidiendo con Bourdieu, quien alude al contexto social específico, plantea que el valor argumentativo de un acto discursivo no puede juzgarse sin la consideración de las condiciones en que fue producido, fuera de la situación de comunicación. Por su parte, Alberto Híjar(13) señala que “los objetos y las cosas sólo interesan y se vuelven poéticamente significativos cuando son puntos de unión o mediación de afanes humanos […] Viven poéticamente sólo por sus relaciones con los destinos humanos”. En este sentido, considero que además de discurso y argumentación, hablamos de poética en su definición más simple: los modos y los medios del decir.(14) Poética que se materializa en un discurso inscrito en universos de pensamiento y de valores en un tiempo socio-histórico dado y que circula en el ámbito social. Su dimensión argumentativa pone de relieve las lógicas de razonamiento que dan lugar a posicionamientos particulares.
 
 
La gráfica política está vinculada y articulada a un orden colectivo que plantea una demarcación política, no sólo una retórica y una argumentación particulares. Está inserta en el tiempo histórico, el de las relaciones sociales concretas. La dimensión estética en lucha y en disputa da lugar a medios, formas, soportes, recursos y poéticas artísticas en donde “lo estético potencializa lo político haciéndolo creíble-necesario y lo político potencializa lo estético haciéndolo social-existente”, como bien plantea Miguel Ángel Esquivel.(15)
 
 
Imágenes: Gráficos anónimos por Ayotzinapa.
 
 



[1] Mario Benedetti, Letras de emergencia, Buenos Aires, Nueva Imagen, 1973.

[2] JPatrick Charaudeau, “Una teoría de los sujetos del lenguaje”, Centre d’Analyse du Discours, París, 1985, p. 56.

[3] Georges Roque, “Aproximaciones argumentativas a la gráfica del 68”, Curare, espacio crítico para las artes, núm. 10, México, D. F., 1997.

[4] Patrick Charaudeau “La argumentación persuasiva. El ejemplo del discurso político”, en Martha Shiro, Paola Bentivoglio y Frances D. Elrich, (comps.), Haciendo discurso. Homenaje a Adriana Bolívar, Venezuela, Comisión de Estudios de Posgrado-Facultad de Humanidades y Educación, Universidad Central de Venezuela, 2009, pp. 277-295.

[5] Patrick Charaudeau, “Una teoría de los sujetos del lenguaje”, op. cit., p. 63.

[6] Eduardo Andión, “Dar a ver, dar a sentir: una imagen, un afecto”, en Diego Lizarazo A. (coord.), Interpretaciones icónicas. Estética de las imágenes, México, Siglo XXI, 2007, pp. 17-38.

[7] Patrick Charaudeau, “La argumentación persuasiva…”, op. cit., p. 283.

[8] Citado en Manuel Delgado, El espacio público como ideología, Madrid, Catarata, 2011, p. 36.

[9] Patrick Charaudeau, “La argumentación persuasiva…”, op. cit., pp. 280 y 281.

[10] Idem.

[11] Patrick Charaudeau, “¿Para qué analizar el discurso político?”, en DeSignis 2, Buenos Aires, Gedisa, 2002, p. 110.

[12] Ibidem, pp. 117-120.

[13] Alberto Híjar, “Poética, razón y emoción”, Blanco Móvil, núm. 83, México, D. F., invierno, 2001.

[14] Andión propone una definición más precisa de poética recuperando a Jakobson “quien afirma que ‘la poética estudia el arte no como valor sino como hecho técnico… como un conjunto de procedimientos.’ Con lo anterior sostengo la pretensión de entender la poética como el saber hacer tácito, el sentido práctico del artista (Bourdieu); consistirá pues en los recursos y astucias producto de la experiencia del creador en su trato con el material de la forma y sustancia de la expresión (Hjelmslev). La poética será para mí la reflexión que el artista hace de su quehacer, de sus soluciones y sus intenciones plásticas y temáticas”. Eduardo Andión, op. cit., pp. 23 y 24.

[15] Miguel Ángel Esquivel, “El artista ciudadano”, en Releer a Siqueiros. Ensayos en su centenario, México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información de Artes Plásticas, Taller de Arte e Ideología, 2000.

 
 

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