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ESPECULARES – hexadécima serie

Posted on 24 octubre, 2016

Crítica ficción
 
 
Alfredo Gurza
 
 
Imágenes del invaluable acervo que resguarda el Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información de Artes Plásticas (Cenidiap) en diálogo con fabulaciones e invenciones, ejercicios de imaginación a manos libres, a manera de espejos en recíproco reflejo, que así revelan afinidades y contrastes inesperados, entrelazamientos bajo las superficies, sugerentes resonancias. Una propuesta de recirculación de este patrimonio para contribuir a la generación de nuevos públicos y al fortalecimiento del Cenidiap como referente para la comunidad nacional e internacional de investigadores, documentalistas y creadores.
 
 

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Roberto Montenegro, Zodiaco, Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo, Ciudad de México, 1933, Fondo Roberto Montenegro Cenidiap/INBA.

Artajerjes: Por largo tiempo los aqueménidas hemos consultado las cifras de los astros para conducirnos en concierto con los dioses. Es sabido por todos que mi nombre es mi divisa: ‘Aquel que sólo con la verdad manda’. Hoy el viento enfurecido agita las arenas de la era, cegando a los más ilustres practicantes de tu ciencia, quienes incapaces de desvelar para mí las líneas del cielo han perdido por ello la vida.

Kidinnu: Terrible impericia de mis hermanos, majestad, y sublime tu justicia.

Artajerjes: No cabe excusa alguna ante la plenitud del ordenamiento del universo: no hay resquicios por donde drene la intelección, ni tiniebla que reduzca la mirada a la impotencia. Nada ha de quedar imprejuzgado.

Kidinnu: En verdad no es lícito abstenerse de predecir so pretexto del silencio de las esferas, o de su oscuridad. Nunca callan, alteza, y siempre brillan. ¡Vaya si lo sé! Estrepitosas, cegadoras…

Artajerjes: ¿Has consultado la rueda de los destinos? ¿Sabes ya qué te depara este día? ¿Habrás de triunfar donde los otros fracasaron? ¿Te crees capaz de coagular la albúmina del tiempo?

Kidinnu: Todo lo dejo siempre al arbitrio de las constelaciones, alteza. Las he interrogado antes de venir a palacio y he aceptado con resignación su mandato. El Toro y la Cabra han sido tajantes: si hoy el zafiro de tu palabra no resuena cristalino al caer en la jofaina de mi alma, mis ojos habrán admirado por última vez el firmamento.

Artajerjes: Bien dices, noble Kidinnu, el más alabado de los astrólogos. Quienes te precedieron demostraron por sí mismos que sus artes eran falsas, pues sin excepción me respondieron que el horóscopo les prometía muchos años de venturosa contemplación del zodiaco y ciertamente no fue así: por atreverse a alzar la vista al cielo y proferir predicciones infundadas, en el acto los verdugos les torcieron el cuello y les quebraron el espinazo, de modo tal que sus ojos de falsarios quedaran fijos para siempre en su propio culo, el único objeto digno de su mirada.

Kidinnu: Odiosa temeridad de mis hermanos, majestad, y ejemplar tu justicia”.
 
Awijil Akhissen, Artes de adivinación, Bagdad, Editorial Al Mumin, 1975.
 
 


 
 
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Leopoldo Méndez, Cosecha, s/f, Fondo Leopoldo Méndez Cenidiap/INBA.

“Esto ocurrió en tiempos de la invasión de los Blancos y los comesalchichas y los sapos y las culebras rojiazules, cuando los mujiks medraban con la hambruna de las ciudades, sin saber que éstas preparaban ya su terrible venganza. El viejo Dimitri desoía los consejos de su fiel Agafya, quien lo instaba a no ceder a la codicia. El insensato la tachaba de medrosa y estúpida. ‘¿Qué no ves, mujer, que así nos recompensa el cielo por tantos años de doblar el lomo y tragar el lodo? Todo está patas arriba y a mí me viene bien. Por un pud de centeno me dieron esos candelabros del palacete de los Mijailov, y un berkovets de trigo se convirtió en ese piano que tanto envidian tus comadres. ¡Pobres gentes! ¡Cómo se les ilumina el rostro cuando llego a la ciudad, con cuánta emoción me lo agradecen! Y no me vengas con que urge mandar cereales a los milicianos. ¿Por qué les calientan la cabeza a turulatos como tu hijo, por qué los mandan a la guerra si no tienen para pagarles el rancho? Ya verás cómo se desilusiona pronto el tonto Ilya y regresa con la cola entre las patas, para que lo apapaches y le des un plato de gachas con cola de buey. ¡La cara que va a poner cuando vea que mi ingenio me ha hecho rico! Si lo que te preocupa es que me atrapen, descuida: los guardias se hacen de la vista gorda a cambio de una jarra de tu aguardiente de remolacha. Así que, venga, no seas arisca cuando la fortuna nos sonríe’. A la aldea llegaban de tanto en tanto noticias de las victorias de los Rojos, que poco a poco fueron más frecuentes; con penosos sacrificios, los obreros y los campesinos —hermanados en el frente— libraron por fin a la Madre Rusia de la peste que la asolaba. Ilya volvió a la aldea. En unos meses se había convertido en todo un hombre. Su expresión desconcertó a sus padres: conjugaba el horror y la victoria. Su padre lo arrancó de los brazos y los ríos de lágrimas de Agafya para mostrarle el tesoro que en su ausencia había acumulado. Ilya lo miró con infinito desprecio: ‘¿Así que esto es lo que has estado haciendo mientras nosotros arriesgábamos la vida por la Comuna? La sangre vertida por la Patria es infinitamente más preciosa que el oro que te ha emponzoñado el alma. Nuestra labor apenas comienza, mis camaradas y yo venimos a hacer justicia en las aldeas. Huye, no puedo hacer más por ti. Oye las descargas, ya comienzan los fusilamientos. Huye, y si estás empeñado en perderte, llévate el botín de tu rapiña’. El viejo titubeó, miró el tesoro y sólo después a su mujer. Lloraba lágrimas de indecisión. Alargó la mano, tomó una delicada hoz de marfil con incrustaciones de rubí que había pertenecido a Zaitsev, el magnate del vodka, y echó a correr. Atrás, al lado de la isba de Semionov, unos acaparadores gritaron antes de ser fusilados: ‘¡Vivan los bolcheviques que nos dieron la tierra! ¡Mueran los comunistas que nos la quitan!’ Temblorosa, Agafya no apartaba los ojos de su hijo”.
 
Svetlana Soloviova, Estampas históricas para jóvenes, Moscú, Komsomolskoe Izdatelstvo, 1961.
 
 


 
 
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Roberto Montenegro, Alegoría del teatro I, Foro Lindbergh, Parque San Martín (Parque México), Ciudad de México, 1927, Fondo Roberto Montenegro Cenidiap/INBA.

“La interpretación alegórica, o mejor el juego de la alegoría —para considerar en su unidad a quien cifra y a quien descifra—, supone siempre un principio aristocrático, una distinción, una jerarquía. Sólo admite a una minoría privilegiada, exenta del constreñimiento del significado al uso para la colectividad, libre de sondear en las profundidades del sentido y poseedora de la clave secreta que permite traspasar el umbral del sentido literal. Es cuestión de cofradía, y por tanto de exclusión. Es también un juicio moral, como siempre que se pone en acción un dispositivo de poder. Se habla así de aquellos que son dignos del conocimiento y de quienes no merecen sino permanecer en la ignorancia. Y de aquí se sigue el catálogo de las flaquezas de estos últimos: se trata de los que aceptan siempre lo literal por holgazanería y por inercia, los superficiales, los acomodaticios, los mansos, los crédulos, los que deploran hasta el menor grado de oscuridad o ambigüedad en la vida, los que se atragantan de banalidad y piden más, etcétera; en contraste con las virtudes de los esforzados que desvelan el significado profundo, hábilmente oculto bajo las figuras alegóricas. De modo que se vincula de manera indisoluble la sabiduría con los valores viriles de la fuerza, la acción, el arrojo, la autonomía respecto de las normas que valen para el resto de los mortales, etcétera. Es precisamente en este sentido de exaltación de cierto arte de ser hombre y sabio y noble, que debemos entender la célebre frase de Séneca: ‘Nos dificultamos todo por fastidio de lo fácil’. Y aquí se abre a nuestros pies, por supuesto, una fosa de latente iniquidad: en el prestigio de la oscuridad y el gozo del desvelo medra la vanidad de los sutiles. Factor de segregación, de desprecio olímpico por el vulgo, y de arbitrariedad despótica, toda vez que se llega al grado de librar todo al azar de la propia erudición”.
 
Michal Wyszomirski, Conferencias, 1937-1939, Varsovia, Jurecki Press, 1989.
 
 


 
 
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Exposición por los 40 años del Taller de Gráfica Popular 1937-1977, Ciudad de México, Fondo Leopoldo Méndez Cenidiap/INBA.

“Emprendo así este inventario de los recintos mentales, para sacudir el polvo de los años, airearlos, familiarizarme de nuevo con algunos que no visito desde hace mucho y escombrar aquellos de cuya hospitalidad abuso. La faena requiere de mucho tiempo, aunque una vez que me doy a ella el tiempo mismo aparece esfuminado, menos intenso, como alargado sutilmente. No deja de sorprenderme la naturaleza de aquello que me he tomado la molestia de preservar en mi museo más personal. Esta acumulación de lo dispar se resiste a revelar su común denominador. ¿De qué rasero me he valido? Me queda claro que, en el fondo, aquí no rige de verdad este aparente buen tuntún. La línea del tiempo traza el dédalo de la memoria, enlazando vestigios, reliquias e índices de cuantos hombres soy y he sido. Hay recintos atestados y otros que se fingen nunca hollados. Nunca fui reduccionista, ni siquiera del recuerdo; acaso fui taquigráfico, pero en razón de los imperativos de la exposición, jamás los del concepto. Y sin embargo me deja perplejo este inventario, esta abundancia de cabos sueltos, de nimiedades y fragmentos, y la inquietante sensación de que podría atisbar, con el rabillo del ojo y tal vez por un instante, un orden mayor y subyacente, si tan sólo hablara con soltura la lengua de las cosas: ellas me darían la señal para mirar mientras no veo. En estos largos corredores de la mente hay el eco de algo muy remoto. Creo que podría reconocerlo si lograra extinguir la algazara del afuera cotidiano, hecha de vocablos desmemoriados, desentendidos del aire de familia, de la historia, de los blasones y las gestas de sus ancestros, y eficaces por lo tanto para el trueque del presente por el futuro que tanta ilusión me hiciera alguna vez. Echo mano del ánima etimológica para verme en la raíz. El pretérito es el tiempo verbal hacia el cual oriento todos mis anhelos”.
 
Julian Behnke, Última parada, el pasado, Leipzig, Hubinger Bücher, 2007.
 
 


 
 
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Roberto Montenegro, Alegoría del teatro II, Foro Lindbergh, Parque San Martín (Parque México), Ciudad de México, 1927, Fondo Roberto Montenegro Cenidiap/INBA.

“Los significantes son avaros con el sentido. La alegoría se enrarece, se oscurece, y se convierte en enigma. Así se construye lo que el Dante llama bellamente los umbriferi prefazii. El Erígena lo advierte puntualmente: theatrica et monstruosa figmenta […] nuda quaedam et simplex historia. En el curso de nuestras reflexiones topamos ahora con ese insidioso afán de poner la verdad a buen recaudo, a salvo de la mirada despectiva del vulgo, etcétera. La extravagancia, la nota absurda, la monstruosidad que yergue su cabeza en el texto, han de ser vistas por el hermeneuta como un aguijón para hallar la verdad oculta. Se trata no sólo de ocultar la semilla a la mirada del ignorante, sino de acicatear al digno para que la halle. Este es el valor protréptico del azoro y la impenetrabilidad. Es una exhortación a la lectura diligente, y es virtud de quien ha de merecerla el tener esa acuciosa conciencia de la imposibilidad de quedarse ahí, de no ir más allá de la literalidad que desconcierta por insostenible. Pero, como decíamos hace unos días, surge aquí el peligro de la sutileza del engreído. En esa joya inabarcable, las pseudoclementinas Recognitiones, que conocemos por la traducción latina que del original griego hiciera Rufino de Aquilea, uno de los personajes alza la voz contra ese artificio de alegar alegoría para imponer la arbitraria versión del presuntuoso, quibus adstruere et colorare haec quae uidentur absurda. Ni yo mismo podría decirlo de manera mejor ni más sucinta. Aporías, anomalías, contradicciones, imposibilidades, alogismos, paradojas, son índices de la necesidad de tomar el largo camino de la interpretación alegórica, porque producen en el lector la sensación chocante de que van contra los valores de verdad del texto y de probidad del autor. Pero si interpretar con verdad ha de ser virtud, hay que ceñirse al skopos del texto, conduciéndonos con el mayor respeto hacia el autor, pues él fue quien lo trazó para instarnos a buscar con empeño el sentido oculto y para orientarnos en la búsqueda. Contra la temeridad del arrogante, el hermeneuta genuino dispone amorosamente lo que el autor desperdigó bajo especie de alegoría”.
 
Michal Wyszomirski, Conferencias, 1937-1939, Varsovia, Jurecki Press, 1989.
 
 


 
 
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Leopoldo Méndez, El carrusel, 1949, Fondo Leopoldo Méndez Cenidiap/INBA.

“La colección de carruseles es sin duda lo más llamativo del jardín oeste. Massú tuvo siempre especial predilección por ellos, pero hacia el final de sus días devino en obsesión patológica. ¿Cómo explicar de otro modo la presencia de 326 modelos diferentes, todos en perfecto estado, funcionando sin pausa las 24 horas del día desde hace años? Simplemente el gasto en electricidad resulta indigerible para una mente común y corriente. En su testamento dejó órdenes precisas de mantenerlos en operación ‘hasta que se agote el último de mis centavos’. Además está su inventiva, ya que después de cien tiovivos para cualquiera de nosotros sería casi imposible imaginar variantes genuinas, singulares. Massú no admitía meras reiteraciones de algún modelo; gastó buena parte de su legendaria fortuna mandando construir todos los que concebía su ingenio desquiciado, cada vez más complejos, más barrocos, más disparatados. Iba de un extremo a otro: de un carrusel de ocho niveles con órbitas elípticas intrincadas, cuyas figuras representaban a los doce libertos de Numidia, los siete cónsules de Baalbek, los catorce tiranos de Valdegrain, los cuatro titanes de Arxen, las dieciocho doncellas de Zelfidia, las seis sicarias de Worildang, los nueve enanos de Affenberg y las diez estrellas de la constelación de la Urraca; hasta el enigmático cubo marrón aparentemente inmóvil, que en palabras del multimillonario era un tiovivo ‘reconcentrado, total’. Massú dejó para el final la explicación más viable de su afán, no se sabe si por accidente o por designio: cuando lo sorprendió la muerte, tenía en sus manos una vieja fotografía, ya muy amarillenta, en la que aparece de pequeño, muy sonriente en un carrusel, abrazando a su madre, a la que mira con los ojos de quien se sabe el niño más afortunado, más feliz y más amado del mundo”.
 
Laura Griner, Otros Rosebud. Historias de obsesión, Tulane University Press, 2008.
 
 
 
 

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