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ESPECULARES – tredécima serie

Posted on 5 septiembre, 2016

Crítica ficción
 
 
Alfredo Gurza
 
 
Imágenes del invaluable acervo que resguarda el Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información de Artes Plásticas (Cenidiap) en diálogo con fabulaciones e invenciones, ejercicios de imaginación a manos libres, a manera de espejos en recíproco reflejo, que así revelan afinidades y contrastes inesperados, entrelazamientos bajo las superficies, sugerentes resonancias. Una propuesta de recirculación de este patrimonio para contribuir a la generación de nuevos públicos y al fortalecimiento del Cenidiap como referente para la comunidad nacional e internacional de investigadores, documentalistas y creadores.
 
 

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Telegrama de Diego Rivera a Lázaro Cárdenas, México, D. F., 10 de noviembre de 1938, Fondo Diego Rivera Cenidiap/INBA.

“Una vez tomada la decisión de destruir la ‘aldea colorida’, los 1 800 metros de lienzos pintados por la comunidad n’kotti bajo la supervisión de Aurélien Ekambi, el gobierno renunció de hecho a toda pretensión de una política cultural progresista, vinculante de las etnias con el amplio proyecto de reconstrucción nacional que precisamente lo había llevado al poder. No debió de ser fácil para el ministro de Cultura, comandante Fabrice N’Jie, un hombre conocedor de las sensibilidades artísticas de las comunidades, del importante papel que las artes han tenido siempre para constituir la conciencia nacional y para la resistencia durante el brutal periodo de coloniaje. Como hombre del régimen, convencido de las bondades a largo plazo de la estrategia del partido, no pudo menos que ejecutar la orden; sin embargo, el giro autoritario de condenar al fuego esa obra monumental no le habrá pasado inadvertido. Aquí conviene que diga yo de una buena vez que Fabrice es mi amigo, lo ha sido desde la escuela primaria y hemos trabajado juntos y discutido largamente en muchas ocasiones en torno a estas cuestiones de las artes y las políticas revolucionarias. Por eso afirmo, porque me consta su fibra moral, que nunca ha de sobreponerse del todo a ese acto verdaderamente vandálico, que demostró entre otras cosas —por si hiciera falta reiterarlo— el cariz ferozmente político de todo proceso de significación en un entorno de lucha de clases exacerbada. La izquierda más avanzada cristalizó en torno a Ekambi y la iniciativa de las bases n’kotti de plasmar en la ‘aldea colorida’ la memoria profunda de la comunidad, su inclaudicable resistencia a los opresores de ayer y los traidores de hoy. La maravillosa factura de la obra colectiva, su radicalidad expresiva, desbordó en acto las ilusiones finalmente tóxicas de la estética artecéntrica y el artepurismo chabacano que siempre acechan para hacer valer sus fueros. Ante la oportunidad invaluable de ahondar y radicalizar la política cultural, el gobierno vaciló, optó por contemporizar con sectores obtusos, reacios a revolucionarlo todo sin cesar, conservadores que tarde o temprano se revelarán como los sepultureros del proyecto popular, y se volvió contra los mejores catalizadores de este laborioso proceso de resignificar la dimensión estética libertaria. El episodio de la ‘aldea colorida’ es uno más en la escenificación morbosa del lento pero indefectible suicidio de la revolución que ahora mismo tiene lugar frente a nuestros ojos”.
 
Mbilla Aboubakar, Comunitarismos, significación, memoria: La nueva plástica en África Central, Maseru, Cuadernos del Instituto Libre de Estudios Sociológicos, 1982.
 
 


 
 
Especulares_13_02

Carta de Diego Rivera a Vicente Lombardo Toledano, presidente del Partido Popular, Coyoacán, D. F., 16 de junio de 1948, Fondo Diego Rivera Cenidiap/INBA.

“Érase un hombre de Purocuentarabato,

Que tejía con primor sus cuentos chinos;

Tirados de los pelos, casi despelucados, pero tan finos

Que él mismo los creía a pie juntillas en su arrebato.

 

Un buen día se juntó con un falderín vanidoso,

Una actriz malograda, su gato y su esposo,

Un petimetre y como media docena de incautos,

Cuya incuria mental constaba en autos.

 

A emprenderla con todos iban resueltos,

Por la llave del cielo desoirían denuestos;

‘Esto promete’, dijeron. ‘¡Sublimes patrañas!

¡Qué Marx, ni qué Lenin, ni qué las arañas!’

 

El de Purocuentarabato porfió y se denodó,

Pero silbando en la loma sin validos quedó:

Fue agua de borrajas, namás, habas purísimas:

Y todo por las ganas de creer en la Verba Ipsissísima.
 
Eugenia Bugiarda, “Érase un hombre de Purocuentarabato”, en Prolegómenos a toda praxis futura. Rimas 1947-1966, Nayarit, Trovador del Alba, 1978.
 
 


 
 
Especulares_13_03

Carta de Miguel Sahagún a Leopoldo Méndez, Tlaquepaque, Jalisco, 3 de agosto de 1929, Fondo Leopoldo Méndez Cenidiap/INBA.

“Pienso en los viejos debates escolares, como aquel de la causalidad frente a la coincidencia de azares e intenciones, (¿Te acuerdas? ‘Estalla una huelga en Manchester en el preciso momento en que los obreros en Londres decretan el paro; ¿hay agencia más allá de la confluencia?’ ¿Y por qué lo planteábamos así, como nos llegaba de Cambridge? ¿Por qué decíamos Manchester y Londres? ¡Qué colonizados! Hubiéramos dicho siquiera Potosí y Yacuíba), y quisiera escuchar tu parecer: si entraras ahora mismo por la puerta, justo cuando mi corazón te invoca con más urgencia, ¿le reconocerías agencia a mi deseo o te empeñarías en el juicio de casualidad inextensa? Y mientras, ¿qué hago yo con estos dolores fantasma, de los brazos que ya no te estrechan, de las manos que ya no te recorren, de los ojos que se apagaron por no mirarte, de los dientes como desprendidos por no hincártelos? ¿O será más bien que son tus brazos, tus manos, tus ojos y tus dientes los que me duelen, a mí amputados por tu ausencia? La región de mi cerebro que tenía consagrada sólo a ti se fue quedando sin función tras tu partida y hoy la invaden las áreas aledañas, detonando impresiones y sentires que se burlan de mí y me confunden. Dolores fantasma que consigno minuciosamente en este diario, mi cuaderno de bitácora, donde detallo los accidentes de la navegación de estos amores desastrados. Carta de marear para encontrarte, para surcar esas redes de arterias submarinas que operan las causas imaginadas como azares por entre el salitre de los aconteceres, para que te desandes y te me devuelvas”.
 
Irasema Wayra, Romance de los apartados muy a su pesar, Santa Cruz de la Sierra, editorial Pirai, 1951.
 
 


 
 
Especulares_13_04

Carta de Roberto Montenegro a Diego Rivera, México, D. F., 10 de mayo de 1950, Fondo Diego Rivera Cenidiap/INBA.

“Benintendi no le había visto mucho caso a la encomienda: localizar a Janus Frotke, un hombre que había dado sobrada muestra de su capacidad para esfumarse, con el fin de anunciarle que una institución que —en caso de que la conociera— no podría considerar sino como objeto de irrisión, había decidido honrarlo con un premio a su trayectoria artística, trayectoria de la que había renegado en términos nada ambiguos en la última entrevista de que se tenía noticia, publicada casi veinte años atrás, donde tachaba su obra de ‘frivolidad bochornosa’ y ‘vil vanidad y ponzoña’. Ahora que lo tenía frente a sí, tras una larga y penosa búsqueda, resuelta tan sólo por la intervención de la casualidad, en la fonda que atendía el viejo dadaísta cerca del palacio colonial que albergaba un museo de arte académico, (‘el arte anémico de la obscena agonía de la burguesía’, como lo llamó Frotke en su manifiesto de 1918), pensaba en el joven apuesto de las viejas fotografías, con la expresión irónica, un tanto hiriente, y ese desaliño afectado, propio de la generación que había madurado precozmente en el frente de guerra y en la retaguardia de penurias e indignidades. Había atinado a concentrar toda la rabia en trazos de una violencia chocante, perfectamente adecuada al designio subversivo de la obra. Pocos han sabido ser tan mordaces y tan capaces de escandalizar y conmover a un tiempo. Ante el público y la crítica gastaba una actitud de indiferencia y desapego que denotaba su profundo menosprecio hacia los valores de una sociedad que se había precipitado a la barbarie. Discípulo, amigo cercano o camarada de personajes tan dispares como Franz Pfemfert, Erich Mühsam, Alexander Bogdanov, Charles Péguy, Alexander Arjipenko y Otto Rühle, había estado en el epicentro de las revoluciones artísticas y sociales de su tiempo, pero una mañana de 1933 había citado a una reportera inglesa para anunciar su retiro definitivo y arrojar vitriolo sobre sus obras y las de su círculo más próximo, acusando a la civilización europea del delito de la vulgaridad más crasa, con el agravante imperdonable del desprecio del ofendido (es decir el propio Frotke). Al día siguiente desapareció sin dejar casi ningún rastro. El viejo que rebanaba una cebolla del otro lado del mostrador no delataba al chico furibundo de antaño, el de los escándalos bohemios, el dibujante hipersensible y salvaje, aquel que emulando a Pfemfert y su irónico seudónimo (‘U. Gadiat’, del ruso Угадиать, ‘adivinar’) firmaba sus sátiras como ‘P. Rezrenie’, de Презрение, ‘desprecio’. Pfemfert había desaparecido también, huyendo de los fascistas; con la ayuda de Natalia Svedova, la viuda de Trotsky, había montado una óptica en la Ciudad de México. El diario de Olga Kruchionij, confidente de la cocinera de la embajada soviética y doble agente al mejor postor, había brindado la pista para localizar a Frotke: ‘El ministro comentó que la Svedova y el optometrista comían tortas con relativa frecuencia cerca del museo de la academia. Que el de la fonda era un sujeto interesante. Con ese énfasis que no dejaba dudas. A mí me dieron ganas de ir a probarlas’. La breve anotación había bastado y cierto destello en la mirada del tortero lo había confirmado. Era Frotke. Después de pedir una cubana, Benintendi comenzó a explicarle en alemán la misión que lo había llevado hasta ahí, el monto del premio, la oportunidad de restablecerse en el mundo del arte como figura señera. El viejo lo interrumpió con un ademán de la mano izquierda, con la que blandía el cuchillo, lo atenazó con la mirada y le dijo en español, en un tono de desprecio tan hondo que le heló la sangre: ‘No sea usted imbécil’. Frotke volvió a su tarea, retomando el ritmo certero de los tajos. Benintendi salió de la fonda a tropezones, presa de la náusea intensa que provoca el pánico. Nunca informó del resultado de sus pesquisas y se quedó para siempre sin probar las famosas tortas del Cabaret del Señor Formica”.
 
Murielle Amondji, ¡El futuro anterior es nuestro!, París, La Série Noire, 2002.
 
 


 
 
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Carta de Diego Rivera a Dolores Olmedo, México, D. F., 1 de febrero de 1957, Fondo Diego Rivera Cenidiap/INBA.

“Advertido del mal, aleccionado del remedio, me obceco enfebrecido y me niego a cuanto desgaje de esto que siento tan unido y tan trabado. Yo no sé cómo vine a dar con ello, cómo se fue insidiando hasta rendirme todo entero a su valimiento. Será aquello de la paulina aprobación. A saber. Y ahora ni por dónde ni con qué; que esto no es mi obra ni ha en mi poder, lo sé de sobra, pues que ignoro lo más grave: cómo opera su gobierno, y por tanto, cómo me he de resarcir. Que nadie se diga factor de una pasión que hace asiento en el alma sin que en ello vaya la propia ciencia y volición. Soy el azorado lector de este relato, el maravillado espectador de este drama de lírico verismo. No el protagonista. En los ratos que le arranco a la inquietud, observo con gozo de ingeniero los engranes, las poleas y las correas de esta máquina de amar tan bien dispuesta. Aquí yo nada armé, nada restauro ni renuevo ni remplazo. Todo está por arte ajena. Y enseguida compruebo la vieja máxima, tan sabia como estéril: ahí donde de nada vales, nada has de desear. Saber de salvación, sin duda, pero inútil. Sorda a la iteración de mi reclamo, arrumbados los oficios y recursos, me largas a la desazonada conciencia de la inminente caducidad de la instancia”.
 
Julián Urías, “Tuyo soy, manque alicuante”, en Cerrado es desabrido, Reynosa, Versos Redivivos, 1946.
 
 


 
 
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Boletín de prensa sobre el estado de salud de Diego Rivera, México, D. F., 30 de mayo de 1957, Fondo Diego Rivera Cenidiap/INBA.

“Este tránsito del ser así al ser quién sabe, este paso por el velo, la membrana, el visillo de lluvia fina entretejida, no es algo que recomiende, ni que aspire a comprender. De que sea inevitable no se sigue casi nada más allá de lo evidente. Un ingenio superior dispuso las magnitudes y los procesos, las intensidades y los tiempos. Hay que creerlo. En vida te bobinas y te cargas, y al final suena la hora y te desdás. Cursi, pero casi seguramente cierto: la vida es hito entre dos eternidades; el mundo, paisaje amojonado de humanidad. Todo está tan a propósito que nadie va de un polo al otro sin labor de mediación. Lo que hacemos con las redes que trenzamos, en el constante ir de través que es esto de vivir, es nuestro testimonio, nuestro modo de indiciar lo que hemos sido, que dejamos a merced de la intemperie mientras nos disponemos a saltar por la tronera del extremo sinsaber. Halle consuelo quien con ello se avenga: Ordo rerum talis esse invenitur…”. Morris Kershaw, Si parpadeas te lo pierdes. 99 consideraciones sobre la vida y la muerte, Connecticut, Milford Press, 2012.
 
 
 
 

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