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ESPECULARES – vigésimocuarta serie

Posted on 12 marzo, 2018

Crítica ficción
 
 
Alfredo Gurza
 
 
Imágenes del invaluable acervo que resguarda el Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información de Artes Plásticas (Cenidiap) en diálogo con fabulaciones e invenciones, ejercicios de imaginación a manos libres, a manera de espejos en recíproco reflejo, que así revelan afinidades y contrastes inesperados, entrelazamientos bajo las superficies, sugerentes resonancias. Una propuesta de recirculación de este patrimonio para contribuir a la generación de nuevos públicos y al fortalecimiento del Cenidiap como referente para la comunidad nacional e internacional de investigadores, documentalistas y creadores.
 
 

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Participación del matrimonio de los artistas Isabel Villaseñor y Gabriel Fernández Ledesma, México D. F., 15 de noviembre de 1933, Fondo Gabriel Fernández Ledesma, Cenidiap, INBA.

“Y así este casamiento resulta ser de almas gemelas, pero con distinción de imperfecciones diamantadas en el trato que revela a su vez afinidad y complemento. Mellizas, sí, pero no sin más miscibles. Por arte de defectología, a cada merma o redundancia, a cada extremidad que se enchueca o se amuñona, y a cada órgano inoperante, engarrotado o malcrecido, corresponden otras tantas soluciones por vía de compensación: formas únicas de cumplirse cabalmente por rodeo, sendas que sólo se abren según medida y necesidad singularísimas. Un ánima educida de la otra y viceversa, a partir de aquel primordio, de ese rudimento seminal de ilesitud que permite a cada una reinventarse sin cesar en defectivas sinfonías, inacabadas siempre adrede, donde se urden a sí mismas asombradas. Hasta ayer eremitas de su hora, hoy aprenden a habitarse y a hacer del propio cuerpo compartido unidad sin confusión, diferencia sin separación”.
 
Saskia Fowlis, Las nupcias de Arthelon y Bermegussa, Islay, Peat Books, 1997.
 
 


 
 
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Anotación de Frida Kahlo sin fecha en el reverso de la fotografía de Diego Rivera tomada en Guanajuato el 4 de agosto de 1890, Fondo Frida Kahlo, Cenidiap, INBA.

“Parafina me llamaban en tu círculo, por poco afín, por reacia a los enlaces; de inerte e insoluble te tachaban mis amigas. Rejegos desde chiquitos. Nuestra repentina cristalización los ha dejado atónitos. Fuimos cautelosos: todo se fue dando en la medida justa para evitar precipitados que enturbiasen el compuesto. Disolución sobresaturada, de una conmovedora belleza, precaria y siempre tensa, por exceso de solutos variopintos a temperatura y presión siempre inconstantes. Todos anticipaban el desastre, que volviéramos enseguida a nuestro estado inicial de no reactivos; pero aquí seguimos, purificándonos en los flujos de esta retícula cristalina que nos reinventa por las sutiles artes de Alberto Magno, nuestro santo patrono y guardián. La suma vectorial de estas pasiones covalentes es el índice de la fuerza de atracción de nuestros átomos y nos augura —¡oh felicidad!— momentos dipolares en progresión siempre ascendente”.
 
Pedro María Kuri, Vocacional de amores. Capítulo 18: Ciencias Químicas, Pénjamo, edición del autor, 2004.
 
 


 
 
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Carta de Diego Rivera a Dolores Olmedo (hoja 2 de 2), México D. F., 1 de febrero de 1957, Fondo Diego Rivera, Cenidiap, INBA.

“Convolvuláceo aparezco a tus ojos, agitando con torpeza los mil vástagos sarmentosos de mi cuerpo, desesperado por asirte. ¡Ay bochorno de verbosidad, qué no diera por la adánica potencia del habla cristalina! Mi lengua se enreda en monstruosidades impracticables. Y lo peor es que no paro. Digo entonces: la galería se inunda; hasta la cintura en el fango, tundo a mazazos la roca en busca del filón de materia preciosa con la cual acuñar la divisa pertinente a nuestro tráfico simbólico. ¡Válgame, boquifugo! ¡Vano afán! Sólo doy con esta masa glutinosa de adefesios que chorrea de la lóbrega jofaina aportillada de mal modo en mi semblante. ¿Qué calomelanos provocan estas profusas evacuaciones verbales? Ya siento otro retortijón. ¡Ay de mí, no tengo remedio! Apenas escampa y ya llueven guijarros”.
 
Éder Rezende, De la imposibilidad del decir claro en asuntos del corazón, Recife, Livros de Clodoaldo, 2006.
 
 


 
 
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Carta de Miguel Sahagún a Leopoldo Méndez (hoja 1/2), San Pedro Tlaquepaque, Jalisco, 3 de agosto de 1929, Fondo Leopoldo Méndez Cenidiap, INBA.

“En ocasiones se disloca la cadena milenaria de recados que nos antecede y que sin duda habrá de sobrevivirnos. Una respuesta que no llega, una expectación frustrada, un incumplimiento. Nos sobrecoge entonces un desasosiego tan pertinaz como equívoco; no se sabe bien a bien lo que comporta aquello que apenas se vislumbra en el paisaje hosco que se abre a nuestros pies desde ese mirador situado en ningún lado y en ningún tiempo donde de repente nos hallamos. Algo se agita allá abajo, hay una inquietud en el aire; retrocedemos por instinto y damos de espaldas con el porvenir, pero al volver la vista atrás no lo reconocemos. ¿Cómo podríamos, si ya es sustancia hermética, si los tiempos no son flujos sino estancos? El pasado deja de volcarse en el presente y el futuro se sustrae de su proceso, lo niega como Pedro, y se anuncia con cinismo sabedor de que nunca ha de arribar. Y queda uno así a plazo indefinido, siempre suyo, atentamente, a la recíproca”.
 
Tonček Klobučar, No hay ninguna Sara Potokar en ese domicilio, Postojna, Carniola Založba, 1995.
 
 


 
 
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Carta de Gabriel Fernández Ledesma a su hija Olinca, México D. F., 22 de diciembre de 1955, Fondo Gabriel Fernández Ledesma, Cenidiap, INBA.

“La valija floreada, en color crema y verde seco, no podía pasar inadvertida a un lado del camino, junto al bebedero. Rita la vio a la distancia, en cuanto alzó la mirada luego de atarse las agujetas, y fue enseguida a investigar. La tomó del asa y apenas logró levantarla unos centímetros. Caminó alrededor, observándola atentamente. Con un ligero puntapié la derribó sobre la grava. Se acuclilló y probó la cerradura. La valija se abrió sin dificultad. Rita la había imaginado primero repleta de vestidos, blusas, mascadas y zapatillas; tras intentar cargarla, se había emocionado de pensar que guardaba libros muy gordos en pasta dura, de cuentos y leyendas, de viajes y aventuras, como los que había en casa de las Menezes. Lo que tenía ahora ante sus ojos avivó aun más su curiosidad: cientos de hojas de distintos colores y tamaños, cada una acompañada de una imagen sujeta con un clip morado. No sin cierto recelo alargó las manos para rebuscar entre los papeles. No había nada más. Sólo hojas e imágenes. Fue sacándolas por montones, ojeando cada tanto antes de acomodarlo en torno suyo y tomar otro del veliz. Una vez que hubo vaciado todo el contenido, se acostó boca abajo y comenzó a examinar con detenimiento su botín disparatado: poemas, notas de remisión, recetas médicas, retratos a tinta, letras de canciones, fotografías, cromos publicitarios, fragmentos de novelas y relatos, comunicaciones académicas, bocetos, recortes de prensa, entradas de diarios, boletas de calificaciones, partituras de ópera, circulares, postales de todo el mundo, volantes, reseñas, transcripciones de entrevistas, y muchas cosas más de todo género en aparente desconcierto. No era evidente ningún vínculo necesario entre cada texto y la imagen a él aneja, ni trama alguna que diera sentido y consistencia al conjunto. Rita estaba muy intrigada, no atinaba con la regla ordenadora de aquel caos. De que debía haberla no le cabía la menor duda. Su temperamento la exigía, de modo que estaba fuera de discusión que la hallaría. Había que ser paciente, eso era todo. Sabía que antes de que anocheciera daría con la contracifra. Recordó, como tantas veces, la advertencia que Fardeezah la Sabia dirige a la pequeña Nagwa: ‘En el libro que se lee a sí mismo no hallarás preguntas, sino frases por completar. Ahí todo se ofrece a tu entendimiento una vez desavezado de los modos cotidianos. Persevera hasta que mires claro sin necesidad de explicaciones, como en un sueño’. El silencio casi absoluto, la brisa y la suave luz de la tarde arropaban a Rita, tendida sobre la hierba, absorta en el juego de adivinación”.
 
Rolando Capuani, epílogo de Me casé con una filistea. Un misterio de Zaladof, Milán, Stampa Gialla, 1991.
 
 


 
 
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Roberto Montenegro, sin título, sin fecha, Fondo Roberto Montenegro, Cenidiap, INBA.

“El genio parece irrumpir de la nada, sin el oneroso lastre de la tradición, construyendo el futuro en el mismo acto de proyectarlo a su arbitrio. Esta impresión deriva de un curioso aspecto del proceso evolutivo de las artes: siempre nos las vemos con las nuevas especies, los nuevos paradigmas creativos, no con la cadena pormenorizada de especímenes que conforma la gradual emergencia de lo propiamente nuevo. Corresponde a la imaginación crítica reconstruir el Rassenkreise particular que figura la trayectoria que va de un genio a otro, los cuales —situados como están en los extremos encontrados del círculo— aparecen ante el observador casual como absolutamente desvinculados, como gestados en función de principios mutuamente inasimilables, como respuestas a preguntas diferentes. Esto es inevitable por cuanto no se tiene acceso a aquella evidencia viva o fósil del penoso transformarse de una especie hasta llegar al punto de la ruptura y lo irreconocible de lo nuevo. Esta emergencia inopinada provoca en los asustadizos la adopción atropellada del punto de vista saltacional; en lo personal, me parece más sensato ir con tiento y considerar siempre la posibilidad de trenzar aquél de manera dialéctica con la posición gradualista. Opera aquí también el principio de exclusión competitiva: lo nuevo viable —es decir, que demuestra en la lucha su aptitud para anticiparse a la mudanza de las circunstancias— se hace de un nicho y lo singulariza como externalización de su conato autoproductivo, es decir de su evolución ortogenética. Asimismo, precisamente en ese anticiparse radica la curiosa teleonomía del fenómeno que nos ocupa: esa retrospección proyectada paradójicamente a posibles estados de cosas futuros por imperativo de adaptación. Esto es lo que lleva a los inadvertidos a ver aquí un inadmisible bucle del tiempo por el cual el futuro vendría a ser la causa del pasado, como en la obsoleta teleología tradicional. Ya habrá ocasión de volver a este asunto. Por ahora, concluyamos esta primera conferencia con una imagen que espero retengan a lo largo de nuestro curso: el genio es el monstruo prometedor, profundamente mutante, que recoge en sí infinitas posibilidades evolutivas, rudimentos de potencias productivas que hasta ahora han sido callejones sin salida de la especie y en él se someten a proceso teleonómico para abrir nuevos caminos reales. En el hiato emerge el monstruo y trae consigo la belleza”.
 
Antje Kramarczyk, Introducción a la teratología estética. Cinco conferencias, Baden-Bücher, Bietigheim-Bissingen, 1953.
 
 
 
 

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