Conaculta Inba

Representaciones apocalípticas, catastróficas y silentes en el arte pictórico contemporáneo mexicano

Posted on 19 diciembre, 2017

Adriana Zapett, Edwina Moreno y María Eugenia Garmendia
 
 
Introducción
 
 
Entre las modalidades de la pintura contemporánea mexicana una nos resulta inquietante porque muestra la capacidad autodestructiva del ser humano a escala individual y colectiva, mientras atestigua su angustia y desesperanza. En imágenes de extraña belleza que se involucran con la crueldad y el despedazamiento, la posible lesión o mutilación del propio cuerpo, o quizás el desmoronamiento de un espacio imaginario como el que se representa en la tela o en el lienzo, el pintor transforma en figurabilidad la pulsión de muerte.(1)
 
 
Lo ficcional y lo real en la representación pictórica de lo apocalíptico y catastrófico constituyen detonantes poderosos para generar tensión entre la atracción y la repulsión que movilizan las emociones de los espectadores. La mirada como pulsión escópica escudriña en la devastación, lo informe y abyecto, en el estado inorgánico y demás aspectos enigmáticos de los que se nutre la pulsión de muerte. Paradójicamente, anhelamos la existencia aunque, como lo expresaba G. W. F. Hegel, estamos enfermos de muerte.
 
 
Las distintas concepciones del fin del mundo, así como las ideas catastrofistas que han acompañado al ser humano en su devenir histórico, revelan la poderosa capacidad autodestructiva que nos habita como fuerza inconsciente, incontenible, imprevisible y avasalladora. Somos resultado de una trama compleja en la que la pulsión de vida representa gradientes que van modulando el deseo por la existencia en la que cada uno singulariza esa experiencia.
 
 
En el mundo actual la humanidad se ha visto afectada por diversas catástrofes cuya intensidad y frecuencia se han intensificado. Catástrofes no sólo naturales sino antropogénicas: políticas, sociales, financieras y tecnológicas donde la pulsión de muerte se hace presente de forma repentina y violenta. La fuerza con la que la naturaleza se ha manifestado a través de huracanes como Emily y Wilma (2005) en México, Katrina (2005) y Harvey (2017) en Estados Unidos; maremotos como el que produjo el tsunami de Indonesia en 2004 y terremotos como el que sacudió Cachemira, India y Pakistán (2005), el de Sichuan, China (2008) el de Haití (2010), terremoto y tsunami de Japón (2011), terremoto en la ciudad de México del 19 de septiembre de 2017 ocurrido paradójicamente en el mismo día, 32 años después, del que aconteció en 1985; olas de calor en Europa (2003) y Rusia (2010), ambas superando temperaturas superiores a los 41º; inundaciones en los estados de Tabasco y Chiapas en 2007. Estas son tan sólo una muestra de los fenómenos naturales más devastadores del siglo XXI, vinculados con el calentamiento global, que han cobrado miles de vidas, provocado enfermedades, epidemias, miedo, inseguridad, depresión, estrés postraumático; afectado patrimonios y economías tanto de familias como de países; trastocando la vida cotidiana del ser humano y dañando el tejido social. El tiempo las desdibuja… pero no así su huella.
 
 
Mención aparte merecen las epidemias y pandemias provocadas por el humano a través de la historia. En esta práctica, la pulsión de muerte ha nutrido la psique de reyes, gobernantes y políticos, quienes han ordenado a científicos la creación de virus letales como el ántrax, sida o ébola con la intención de extinguir parte de la población mundial más vulnerable: la de los países del tercer mundo, como es el caso de África. Con ello quieren disminuir la sobrepoblación mundial y así evitar más pobreza y hambruna extrema en un futuro cercano. El constante estudio científico sobre la manipulación de patógenos conlleva a la posibilidad de una guerra bacteriológica con fines apocalípticos.
 
 
Hoy en día, gran parte del mundo se rige bajo el control de un sistema tecnocientífico. La aparente sensación de paz se sostiene mediante frágiles mecanismos como los que se establecen en el mundo político, que devela que así como el magma interno de nuestro planeta provoca el quiebre de las placas tectónicas y altera la superficie, del mismo modo los impulsos destructivos del ser humano en una repetición de actos indignos y crueles da origen a un tiempo de catástrofes.
 
 
Estamos inmersos en peligros latentes que emanan, como ya se mencionó, de la mente de importantes mandatarios, que en su afán de poder buscan eliminar a su enemigo sin importarles si ello implica el exterminio total o de una parte del país adversario. Tal es el caso de la amenaza del Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de exterminar Corea del Norte si Pyongyang continúa haciendo pruebas nucleares. La preocupación y tensión crece justificadamente, ya que sería catastrófico que algún país detonara una arma nuclear sobre la atmósfera para crear un impulso electromagnético. Éste apagaría todos los aparatos y sistemas que utilizan electricidad provocando un apagón que dejaría a las industrias, a la economía y al sistema de comunicaciones paralizados. ¿Cuánto tiempo podría subsistir la humanidad sin luz, combustible, transporte, trabajo, asistencia médica, alimentos?
 
 
Pensar la finitud del humano en el espacio tecnocientífico global actual nos conduce a cuestionarnos sobre el cómo se capitaliza la muerte, quizá como una muerte sin trascendencia. Aun cuando prevalecen las ideas de que el desarrollo tecnológico tiene implicaciones destructoras que generan catástrofes y que el ser humano está invadido de decepción e indiferencia, inclinándose por ello hacia posturas nihilistas, vemos que no es la única vía y el pensamiento se expande hacia otras maneras de sobrevivencia que involucran a la tecnología en el sentido de una fusión entre el humano y el artefacto. No es sólo un asunto de una ausencia de convicciones verdaderas y especialmente de valores, la concepción del mundo va más allá de esos parámetros y es muy profundo el cambio de paradigmas que estamos presenciando.
 
 
Debido a todos los sucesos catastróficos que estamos viviendo, nada más pertinente que reflexionar sobre la pintura de corte apocalíptico o catastrofista que distintos artistas han realizado en nuestro país desde el último cuarto del siglo XX hasta esta segunda década del tercer milenio. Nos interesa analizar a los creadores mexicanos que están vinculados a lo apocalíptico como fenómeno social y a los que viven la catástrofe de una forma íntima. Tal vez sea consecuencia del estado de descomposición social intrínseca del sistema capitalista y de la visión desencantada de la modernidad, razón por la cual a algunos de ellos les clasifican los teóricos de arte como “post-apocalípticos”, a otros se les clasifican como “neo-mexicanistas” sin faltar los clasificados como “hiperrealistas” por su gran destreza pictórica, pero lo que los unifica para este estudio es su peculiar visión del mundo, que parece contemplar “en silencio” las catástrófes presentadas como inevitables. Tal vez el estudio metódico y sus propias voces den luz sobre lo que les ha provocado esa visión peculiar de angustia, que se refleja en sus temas pictóricos y que encuentra diferentes cauces y formas plásticas de enfrentarla.
 
 
 
Alejandro Montoya (Ciudad de México, 1959)
 
La obra de Alejandro Montoya se encuentra entre el límite de lo bello y lo siniestro. Perturba, inquieta, altera y apremia a desviar la mirada porque en ella permea la obscuridad, las tinieblas, el mundo de la muerte que nos toca de manera fría y despiadada. Se apropia de la representación de los despojos humanos, con una marcada obsesión por la muerte y sus restos. Sus obras se centran en un sólo objeto de estudio: un cráneo, un esqueleto, cuerpos sin vida, momias, ratas. Dibujos en formato grande trabajados con impecable factura en blanco y negro que nos recuerdan lo efímero de nuestra propia existencia. Un chispazo de luz seguido de una oscuridad eterna; los despojos de la muerte como única alegoría de sus obras al servicio del tema escatológico por excelencia.
 
 
Estrella Carmona (Veracruz, 1962-Ciudad de México, 2011)
 
Pintora expresionista que deja plasmado los horrores de enfrentamientos bélicos en lienzos de gran formato que trabaja en sesiones de frenesí creativo. Sin bocetos previos, da rienda suelta a la obsesión por la destrucción producto de la maquinaria de combate. El segundo Jinete del Apocalipsis es representado una y otra vez en forma de cañones, de tanques que aniquilan todo a su paso, son instrumentos amenazantes que acaban con la vida, con la esperanza y con el mañana. Sus pinturas poseen gran movimiento que logra con audaces perspectivas llenas de energía, con singulares puntos de fuga, muchas de ellas monocromáticas o con paletas muy limitadas para añadir con el color una fuerza impactante. Su trabajo nos da la clave de lo que será una guerra apocalíptica, la última de la humanidad.
 
 
Antonio Luquín (Guadalajara, 1959)
 
La pintura de Luquín se ha convertido en la contracorriente del arte contemporáneo; a través de ella se puede significar el complejo mundo en el que vivimos. Le interesa el paisajes de soledad, el último día de la creación o el último día de la civilización. Mediante su iconografía catastrofista de lo urbano interpreta la fatiga, el derrumbe de la sociedad occidental que aniquila el espacio vital. No obstante, lo que Luquín también nos propone es un paisaje espiritual, una búsqueda interna que explora las formas trascendentales presentes en la ausencia de la imagen humana y de su finitud. El apocalipsis al que se aproxima es muy realista, colorido; son visiones iluminadas, paisajes de civilizaciones que podrían ser las nuestras, con ligeros toques de incoherencia que nos obligan a una segunda mirada para un análisis de su mensaje y de su singular propuesta pictórica.
 
 
Martha Pacheco (Guadalajara, 1957)
 
Pintora del horror, de lo feo, de lo abominable, compuesto por cadáveres, rostros deformes, cuerpos con rastros de autopsias; tiene una fascinación por lo horrible, lo terrible. Esta visión se aparta del gusto colectivo en busca de la belleza y nos atrapa por la curiosidad y atracción de lo abyecto, esas experiencias estéticas que nos persiguen aunque queramos escapar de ellas, nos persiguen porque existe algo en ellas que nuestra psique busca. ¿Será el querer desentrañar el hecho violento de la muerte para no ser la próxima víctima?
 
 
Arturo Rivera (Ciudad de México, 1945)
 
El mundo interno de Arturo Rivera, expresado a través de un realismo en el que la figuración constituye el medio para plasmar la angustia y el dolor existencial, se intercala con elementos de carácter lúdico o vital que intensifican estas dualidades. Su obra es catártica: cruda y en ocasiones hasta gentil, en ella se detonan tanto elementos vitales como de muerte a través de su particular forma de interpretar la oscuridad mediante los colores. Su mirada, siempre presente en todo, es cómo el artista se manifiesta frente a esta realidad deshumanizante del mundo contemporáneo, inmerso en el ámbito de la alienación y de lo tecnológico y distanciado del ámbito de lo sensible, territorio de la pintura. Ttiene una fascinación por la estética del horror, pero la sublima con una factura impecable y con una especie de ordenamiento obsesivo metódico y desechando elementos que dificulten la lectura de piezas que aparentemente no tienen relación entre sí, una especie de bitácora de un científico del absurdo, de un anatomista que además se interesa en la estructura de los insectos y otros animales que aparecen junto a la presencia siempre ecuánime que parecen estar de acuerdo con la observación y escrutinio del artista-científico, Rivera espera que descubramos el mensaje más allá de los sujetos y objetos presentados estéticamente en su mundo pictórico.
 
 
Gustavo Monroy (Ciudad de México, 1959)
 
Es el pintor de la violencia, más que apocalíptica, cotidiana en México. Podríamos decir que es un pintor costumbrista mexicano, porque la violencia se ha instalado desde hace años en este país: la violencia del crimen organizado, la narco violencia, la violencia de la policía y hasta del ejército son cosa cotidiana a los ojos de Monroy. Horrible y escalofriante, su obra no describe la violencia del género humano, describe la violencia del apocalipsis mexicano. Muchas veces se autorretrata como la víctima de esta violencia con nombre y apellido: Corrupción de la Política Nacional.
 
 
Yishai Jusidman (Ciudad de México, 1963)
 
Es un pintor con buena factura, que gusta de trabajar proyectos sólidos específicos confrontando e integrando pintura y fotografía. Realiza series en las que aborda la degradación intrínseca del ser humano; como las visiones perturbadoras que nos muestra de locos aparentando su inserción social, así como las terribles escenas arquitectónicas de las cámaras de gas nazis, representadas en su serie sobre el Holocausto “Azul de Prusia”, proyecto que denota una profunda reflexión sobre la terrible condición humana y en donde hace uso del color que permanece, en grandes lienzos, como la huella del veneno empleado para exterminar a millones de judíos en esas cámaras.
 
 
Rafael Cauduro(Ciudad de México, 1950)
 
Las propuestas pictóricas de Rafael Cauduro son ricas en perfección y dominio de la técnica, con una factura cuidadosa que nos propone visiones dobles o múltiples. Las texturas que logra nos acercan a una hiperrealidad, pero, a diferencia de las obras de esta corriente, él logra añadir la magia en sus relatos por medio del dominio del tiempo y de otras dimensiones. Muchas de sus obras nos transmiten una visión escatológica propia de los pintores apocalípticos, en sus murales se acrecienta esta tendencia, especialmente en los murales realizados en la Suprema Corte de Justicia en la Ciudad de México.
 
 
Lucía Vidales Lojero (Ciudad de México, 1986)
 
Su obra es de una imaginación muy potente; aborda diversas formas de destrucción, caos y violencia que adquieren mayor fuerza a través de una infancia perversa y deformada la cual es resultado de una sociedad sumamente desigual, inequitativa e injusta. Su obra exterioriza los desgarramientos interiores del cuerpo y de la mente como del dolor de los otros. A su vez, se caracteriza por ser una práctica crítica de carácter anticapitalista. Confronta a los monstruos con sus propias monstruosidades, y en este sentido se le puede considerar una resistencia activa de corte político.
 
 
Beatriz Zamora (Ciudad de México, 1935)
 
El color negro permea toda su producción como un intento obsesivo de encontrar el sentido del binomio vida-muerte. A través de él escudriña su propio ser hasta llegar a lo más profundo de sus entrañas donde habita la oscuridad total. Para ella el negro no es sinónimo de muerte sino de vida; es el color del cosmos, del universo, del silencio que lo es todo y nada a la vez. Es como la tierra y el útero que reciben la semilla en la oscuridad para gestar y dar vida. Vida y muerte, luz y sombra, pulsión de vida que lleva implícita la pulsión de muerte. En sus obras utiliza piedras como la obsidiana, el azabache y materiales milenarios como el carbón vegetal, carbón mineral, negro de humo y carburo de silicio.
 
 
Arturo Miranda Videgaray (Ciudad de México, 1963)
 
Es el pintor de la violencia hormiga (como él mismo denomina su obra) por tratar temas que lo lastiman como la agresión cotidiana a la que estamos expuestos que no sólo detona robos, extorciones, secuestros sino que nutre el desquiciamiento y hartazgo de las personas que se desfogan a través de insultos, maltrato, humillaciones. Emplea lienzos de gran formato en los que plasma una o pocas figuras que desconciertan por carecer de rostro, por estar cubiertas con máscaras de gas, por estar mutiladas o desfiguradas, donde hombre y animal se hacen uno. Figuras inmersas en una atmósfera envuelta en colores brillantes, chorreados que se deslizan a lo largo del lienzo y que atraviesan cráneos, huesos, aviones, que hacen visible la violencia en que estamos inmersos. En palabras del crítico de arte Carlos-Blas Galindo, “sus obras conmueven y hasta resultan agresivas. Están elaboradas a partir de recursos expresivos tales como lo trágico, lo terrorífico, lo siniestro, lo sarcástico, lo nefasto, lo grotesco y lo brutal”.(2)
 
 
Alejandro Gómez de Tuddo (Ciudad de México)
 
El fotógrafo Alejandro Gómez de Tuddo reflexiona sobre el tema vida-muerte y lo vincula con la relación que existe entre el cementerio y la ciudad. Sus historias se entrelazan quedando en el camposanto el dolor de los habitantes de la ciudad que han pasado por conflictos políticos, guerras, hambrunas, enfermedades. Todo el tejido social se puede estudiar a través de la arquitectura y los monumentos fúnebres (muchos de ellos se pueden valorar como auténticas obras de arte), por lo que el artista se avoca a visitar panteones alrededor del mundo para captar simultáneamente la imagen de ambos: la vida de la ciudad que se complementa con el silencio del cementerio.
 
 
 
A manera de conclusión, quizás estos artistas más que representar el goce sádico, la pulsión de muerte, la destrucción o agresión en una sociedad que pareciera estar enferma de muerte, no la incursionan en territorios invisibilizados, ininteligibles u ocultos, en los que se detona el poder de regeneración en las personas y en las sociedades, con el deseo de construir algo nuevo, con el afán de trascender.
 
 
 
Bibliografía
 
Almánzar Botello, Armando, “La pulsión de muerte no es sólo de muerte”, blog Cazador de
 
Agua, Santo Domingo, República Dominicana, 11 de noviembre de 2010.
 
Guevara Meza, Carlos, “Apocalípticos y desintegrados. La idea del futuro de Germinal a Terminator”, en Memoria del V Encuentro de Investigación y Documentación de Artes Visuales, “Inventar el Futuro, Construcción Política y Acción cultural”, México, Conaculta, INBA, Cenidiap, 2015, p. 93.
 
Foucault, Michel, Vigilar y castigar, nacimiento de la prisión, Argentina, Siglo XXI, 2002.
 
Freud, Sigmund, Obras completas vol. XVII. Lo ominoso, 1919, Argentina, Amorrortu Editores, 2003.
 
Merquior, J. G., Foucault o el nihilismo de la cultura, México, FCE, 1988, 323 p.
 
Vásquez, Rocca Adolfo, “Nietzsche y Freud, negociación, culpa y crueldad: las pulsiones y sus destinos, ‘eros’ y ‘thanatos’ (agresividad y destructividad)”, Revista Eikasia, núm 57, julio 2014, España, pp. 67-97.
 
Vattimo, Gianni, El fin de la modernidad. Nihilismo y hermeneútica en la cultura posmoderna, Barcelona, Gedisa, 1987.
 
 
Internet
 
Juan Blanco, “La apocalíptica filosófica actual”, <serbal.pntic.mec.es/~cmunoz11/jblanco57.pdf>. Consulta: 23 de agosto, 2017.
 
Centro Nacional de Apoyo para Contingencias Epidemiológicas y Desastres A. C.”¿Qué es un desastre natural?”, <www.cenaced.org>. Consulta: 25 de agosto, 2017.
 
Los desastres ecológicos, <http://www.barrameda.com.ar/ecologia/desastre.htm#ixzz4rk8o8r3K>. Consulta: 23 de agosto, 2017.
 
 
 
Agradecimientos
 
Asesoría de la maestra Carmen Gómez del Campo, Salón de Usos Múltiples, Cenidiap, 20 de junio de 2017.
 
 
 
 
Notas
 



[1] Pulsión de muerte: dimensión dolorosa y destructivas el mundo de las fuerzas inconscientes.

 
 

[2] El pintor de la “violencia hormiga”, SangrARTE, WordPress.com, . Consulta: 23 de noviembre, 2017.

 

Escribe el primer comentario

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *