Laura González y Matute
Luz Jiménez la mujer indígena náhuatl, la tlamatinimeh, que entonó el canto de las aves, iluminó con su voz, al igual que Xochiquétzal, el saber de las leyendas, mitos, tradiciones y rituales ancestrales, debe estar presente en la conmemoración del Año de la mujer indígena en el país.
Los saberes, historias y cuentos de los antiguos milpaltenses, le deben su permanencia en la narrativa mexicana, ya que fueron traducidos por ella para los eruditos mexicanos y extranjeros con el fin de que penetraran su cosmos.
Así, la «Tlaquetzquis» o narradora, transmitió la literatura filosófica náhuatl, plena de metáforas y profundas enseñanzas originales, con la noble intención de que nunca más fueran borradas, olvidadas y menospreciadas por las culturas impuestas que las quisieron liquidar.
Por otra parte, el encuentro mágico, envuelto en plenilunios, hallazgos, tristezas y aprendizajes que vivió Luz con pintores, muralistas, historiadores, antropólogos, etnólogos y escritores, fue lo que le permitió a esta mujer de belleza cobriza, a través del sendero de su cosmogonía, difundir y perpetuar su lengua, sus orígenes, las costumbres de sus comunidades y, sobre todo, su profundo conocimiento del mundo precolombino que marcó su ser.
Sus melódicas narraciones, cultura y posición ante la adversidad, deben ser un ejemplo para las mujeres que resurgen después de cinco siglos de marginación, menosprecio y olvido.
Oriunda de la comunidad de Milpa Alta, Luz Jiménez, también conocida como Julia Jiménez González, Luz Pérez, Luciana o Doña Luz, nació el 28 de enero de 1897. Vivió la infancia sencilla y tranquila de las niñas de su comarca. No fue sino hasta 1916, que la lucha revolucionaria mexicana, de 1910, alcanzó los albores armónicos, plenos, de maizales de su poblado y los transformó para siempre.

Los zapatistas llegaron a Milpa Alta y junto con los Milpaltenses fueron masacrados sin piedad por los federales de Carranza. Luz con su madre y hermanas lloraron la pérdida de su padre, hermanos y familiares varones. Los federales no tuvieron compasión. Luz Jiménez recuerda aquella terrible masacre: “(.. ) sacaron los carrancistas a los hombres de sus casas, a los niños de quince años, a los de doce y trece años, a los viejos y jovencitos, a los hombres fuertes, y los mataron a todos ellos en el atrio de la iglesia”. La ejecución ocurrió aproximadamente a las seis de la mañana. Solo una descarga echó la ametralladora. Así los mataron”, recordó.
Santa Anita, Iztacalco
El pueblo de Santa Anita, en las riberas de los canales de Iztacalco, con sus flores, árboles, pájaros y mariposas, les dieron la bienvenida. Tejer, bajo el telar de cintura, fajas de brillante colorido, cocinar para vender y deambular entre la pobreza y el desencanto, las llevó, poco después, al centro del antiguo México.
Ahí Luz, como un brillo premonitorio, leyó un anuncio en la pared que rezaba: «Se requieren modelos para la Academia de San Carlos».
Se encaminó al sitio y preguntó: ¿qué debo hacer?, le respondieron: sólo permanecer en quietud, sin moverse. La inmovilidad de la modelo la transportó hacia los confines de la perpetuidad, al convertirse en la musa de todos los pintores del México posrevolucionario que predicaban el ímpetu nacionalista.

Su rostro, cuerpo, belleza y carisma, pero sobre todo, su sabiduría e inteligencia, la condujeron, no sólo al mundo del arte, sino al de la literatura, al narrar en lengua náhuatl, como se apuntó, las leyendas originarias de la historia de Milpa Alta, de los peregrinajes a Chalma, de los cuentos plenos de anécdotas con mensajes encriptados sobre sus enseñanzas morales y éticas, los cuales transmitían los valores de la educación, del origen del mundo y de cómo conducirse en la vida. Los relatos, en general, no fueron comprendidos a fondo por los eruditos, quienes la escuchaban bajo el crisol de los conceptos europeos, tajantes e inmovilizados por las mentalidades invasoras.
No obstante ser Luz la experta en dar a conocer y difundir las riquezas narrativa de sus orígenes, su discurso literario prácticamente no llevó el crédito de su saber. Los escritores le arrebataron ese privilegio en las ediciones de sus libros y únicamente la nombraron “informante”.

Durante todo este tiempo, los impresores, se han vanagloriado con el profundo trabajo de Luz. Otro ejemplo de cómo la mujer, la indígena, la marginada, es sujeto de racismo, machismo e injusticia por parte de una sociedad patriarcal que, si bien ha logrado avances desde mediados del siglo XX, para la liberación de las mujeres, desafortunadamente, en muchos aspectos, aún subsisten injusticias.
Otra de las instituciones que fue salvoconducto para destacar la imagen de Luz, fue la recién abierta Escuela de Pintura al Aire Libre en el barrio de Chimalistac, por el gobierno posrevolucionario de 1920.
Estas escuelas, tuvieron la finalidad de ofrecer las prácticas artísticas con toda libertad, ajenas a la Academia, así como el de difundir los rasgos nacionalistas producto de la Revolución, al promover la factura de una gran modernidad en el arte mexicano del momento.
La escuela de Chimalistac, (1920) un bucólico espacio que más tarde se trasladó a los barrios de Coyoacán (1921-24) y Churubusco (1925), fueron el espacio donde Luciana tuvo su primer encuentro con los artistas plásticos que la siguieron hasta su muerte, el 28 de enero de 1965.
En estos espacios, Fernando Leal, Jean Charlot, Ramón Alva de la Canal y Fermín Revueltas, la inmortalizaron desde sus primeros lienzos y poco después en sus murales. La fiesta del Señor Chalma, La Matanza del Templo Mayor y Alegoría de la Virgen de Guadalupe en la Preparatoria de San Ildefonso, son testimonios vivos de su trascendencia. Ahí, sobre los muros del México colonial, su imagen se inmortalizó al representar con su belleza al icono de la mujer indígena.
Al mismo tiempo y en el mismo recinto, Diego Rivera y José Clemente Orozco plasmaron su imagen para siempre. Rivera, como se ha apuntado por varios críticos de arte, en las acepciones de su primera obra mural, La Creación y José Clemente Orozco con la Malinche en el descanso de la escalera.
No fue solo en la obra de caballete y los murales dónde Luz quedó plasmada para la eternidad, los escultores, José Fernández Urbina, Oliverio Martínez y Ortiz Monasterio, en el parque de la Bombilla en San Ángel, en la Condesa y el Monumento a la Revolución, entre otros, encontraron en su madura y señera corpulencia, la imagen de la madre, la patria y la fortaleza de la nación.
Los renombrados fotógrafos Tina Modotti y Edward Weston, no lograron escapar a que el obturador de sus cámaras proyectara su belleza. Weston la retrató desnuda, como la Eva de la creación. Con esta imagen, una vez más Luz abrió el camino para ser visualizada en todo su ser.
Ante estas obras plásticas, escultóricas y fotográficas, Luz continuó altiva y segura ante la mirada de los transeúntes de la época. Así, Luz Jiménez, Luciana, Luz Pérez o doña Luz, trasciende como icono, representación e imagen de nuestros pueblos originarios, que a partir de los últimos dos sexenios (2018-2025) se les ha dado voz.
Luz, como su nombre lo dicta, debe iluminar no solo a México, sino a todas las mujeres que levantan la voz para dejar de ser invisibles, olvidadas y menospreciadas por los grupos de poder que marcan las leyes del orbe.
Luz está presente y, como le corresponde a su notoriedad, su nombre deberá inscribirse en letras doradas, no solo en los recintos nacionales que nos representan, sino en el devenir de la historia que tanto le debe a esta célebre mujer indígena que ilumina nuestra nación.
Laura González y Matute
CENIDIAP/INBAL


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