Humberto Chávez Mayol. /
Me entretuve con algunos artículos de escritores que rescatan el arquetipo jungiano de la sombra. Nunca sé si puedo resolver con claridad su idea de ese lugar que representa la parte oculta, reprimida y desconocida de nuestra personalidad. Se escucha como una cobertura de coche para proteger las complejidades del inconsciente. Tal vez, en esta ocasión me llama un poco más la atención la posibilidad de contener en la sombra ese universo creativo hecho de las contradicciones ocultas de un sujeto, de las mil imposiciones que han modelado una suerte de segunda personalidad.
Edgar M. murió hace algunos días y no sé a quién agradecer toda la generosidad que tuvo conmigo. Me invitó a su estudio en París para trabajar sobre mi propuesta metodológica educativa.[1] Un poco como mi padre, él esperaba paciente a que yo descubriera la manera de contradecir sus planteamientos, me contaba con gran parsimonia la forma en que había imaginado la participación de las dualidades lingüísticas en su teoría de la complejidad; hay que decir que él sabía que yo podía dudar, que yo quería dudar, y esperaba ese momento en que anunciaba una diferencia, a mi parecer clara, y ahí sonreía: me decía que eso me tocaba a mí, que él ya había publicado su escrito. Su mirada era dulce, como si mis remilgos despertaran un cariño especial. Tal vez lo que necesitaba saber de él ya lo había leído y lo que me enseñaba era una suerte de paciencia amorosa. Me explicó lo que yo pensaba, digamos que me dejó sacar todos mis cachivaches de la bolsa de la sombra y Morin, un monumento cultural, se unió a esa disertación durante días. De vez en cuando hacía alguna indicación para que no olvidara la complicidad de su presencia. Le pude explicar todo lo que no me podía explicar a mí mismo porque su saber era distinto del que yo tenía, digamos que todo lo que yo pensara cabía en su concepto de complejidad.
Al terminar esos diez días de diálogo ya habíamos ubicado con más claridad los fundamentos del modelo académico que me tocaba impulsar. Él me enseñó a integrar lo que temía comprender y sin duda se reflejó en mi sombra. Creo que nunca dijimos nada nuevo y, sin embargo, pocas veces he reconocido de tal manera la novedad.
[1] En 1999, el maestro Edgar Morin visitó la Universidad Pedagógica Nacional en la Ciudad de México, donde presentó su conocido texto “Los 7 saberes necesarios para la educación del futuro”. En ese evento tuve la oportunidad de mostrarle el avance del ideario del Centro Nacional de las Artes (Cenart) que trabajábamos en el Seminario Pensamiento Complejo, el cual coordinaba y donde también se realizaba la asesoría para el desarrollo de una propuesta interdisciplinaria en las artes formulada desde la Dirección de Desarrollo del Cenart. De ese encuentro nació su invitación.


Deja una respuesta