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Mix Type: otros horizontes de representación en la ciencia ficción. Un esbozo acústico

Posted on 6 abril, 2022 by cenidiap

Manuel Mörbius
 
 
Este texto es un fragmento del artículo “Otros horizontes de representación en la ciencia ficción. Exploraciones acústicas de las narrativas sensoriales de un sonido menor”, que próximamente se publicará en el libro Infiltración disruptiva. Aportaciones desde el Seminario Estéticas de Ciencia Ficción vol. 4, editado por el Cenidiap.
 
 
En el año 2102 los viajes no autorizados, fuera del cinturón de colonización corporativa, son de lo más común. Son viajes agitados, quizás podría decir que tienen una especie de salvajismo cósmico. Su característica es que son tan estruendosos que saturan y retumban en los oídos e imprimen espasmos acústicos en la piel. Desde el principio del viaje debes de tener tapados los oídos si no quieres sufrir un barotraumatismo provocado por la presión del aire que genera la acción de un impulsor gravitacional: un mecanismo tan complejo como una piedra y una resortera, que eyecta las naves fuera de la atmósfera mediante un vacío de puente o efecto magnético que aprovecha la Luna llena para sacarte fuera de la atmósfera. El ulular del proceso es un concierto de búhos esquizofrénicos que pelean con licuadoras y motosierras.
 
 
En una segunda parte, la nave pasa por los choques contra el cinturón de basura de la órbita terrestre. El granizo de fragmentos que chocan contra la capa reforzada del fuselaje produce el sonido de una granizada de pernos y balas. Violentamente todo en el interior se convierte en rezos anti balística; resuenan desde los tornillos ajustados con bendiciones mecánicas de santos apócrifos, hasta los motores tuneados por ingenierxs que valen su peso en Júpiter, ingeniosas piezas de arte hecho con escombros de la carrera espacial, y cuyos ensordecedores impulsores provocan dolores de cabeza con intervalos de explosiones de iones que llevan a cañonazos una lata de conservas flotante. Lejos del punto de no retorno, una vez superada la balacera de basura, es donde los pasajeros nunca nos cuestionamos si es un viaje seguro, porque solamente hay una respuesta.
 
 
En la trayectoria de esta embarcación las voces de la radio abierta se inundan con los murmullos de otros pasajeros, en diferentes idiomas, casi todos los que salimos de la plataforma en cabo Mérida migramos un par de años antes buscando una embarcación que pudiésemos costear. Escucho las voces y me reconfortan las irrepetibles mezclas de tonos, texturas y colores que se mezclan con el ruido de los compañeros zoonóticos. Ladridos, maullidos, mugidos, bramidos y algunos grillos se unen al coro. Algunxs viajan al flujo del tráfico de especies, otrxs más van a la búsqueda de un buen lugar donde el silencio esté permitido. Además del coro escucho a las pilotos gritonas que empujan las sílabas entre expectoraciones de idiomas que se mezclaron en la babilonia estelar. Ellas pelean en ruso, se aconsejan en español y se secretean en chino. Tienen que navegar en un mapa de caminos imaginarios y rutas que nos podrían dejar varada la nave en una sala de conciertos estelares a merced de un pogo de cuerpos estelares que nos harían trizas en instantes.
 
 
Mi trabajo en estas naves es girar el disco alrededor de una órbita que pincha una aguja que recorre microsurcos de tiempo. Ambiento el caos y calmo a lxs pasajerxs. La fricción de la aguja añade tonos armónicos que se unen al registro dentro del vinil que reproduce sonidos y armonías. Mientras el vinilo gire los sonidos registrados se transmiten en un ambiente que aprovecha el aire para reproducirse por unas membranas acuosas que transmiten las vibraciones. Es un dispositivo ingenioso para escuchar música fuera de órbita. Cualquier sustancia elástica sólida, liquida, gaseosa o plasma, puede transmitir el sonido porque las moléculas están tan cerca que responden a los movimientos que fluyen del disco y transmiten energía acústica. El sonido que reproduce nuestro disco viaja a 330 m/s, pero tenemos la percepción de que va más allá, más rápido, más lejos, y aquello que permanece grabado en la impresión giratoria de color negro es igual de basto que el universo que contiene y que le dio origen.
 
 
No me decidía que discos traer al viaje; al principio no sabía si podría llevar uno o abandonar todo mi equipaje, mi escafandra, el casco, viajar a flote de piel y únicamente traer colecciones de vinilos que sonoricen el espacio exterior. Quería escuchar “[…] la lujuriante isla humana […] llena de olores y ruidos que podrían definirse […] como el soundscape característico de un grupo: un paisaje sonoro, una sonoesfera que atrae a los suyos como hacia el interior de un globo terráqueo psicoacústico”.(1)
 
 
Mientras el disco gira bosquejo los planos de un proyecto más ambicioso, a mayor escala de lo que quizás pueda llegar a ver en vida: un arca de sonidos, una nave donde viajen los flujos de conocimientos desterritorializados para las sensibilidades auditivas. Mapas no trazados de mundos que únicamente están disponibles por medio del sonido.
 
 
Lo que me llama la atención de lo sonoro son sus capacidades e intensidades posibles. Un ejercicio de curvar el espectro audible(2) mediante una nave donde se mezclan los sonidos de los animales, de los insectos y de las plantas, de las máquinas, una acústica que explora el futuro por medio de la hibridación de técnicas de intersubjetividad. La idea es crear un arca para sonidos no identificados, como la secta de jazzistas flotantes en las órbitas de saturno, que llevan cien años tocando mientras orbitan el planeta, sin que nadie entienda cómo es que siguen renaciendo entre membranas de timbres. Eso es algo que merece ser escuchado.
 
 
Alguien me preguntó antes de embarcarme en este viaje: si te tuvieras que llevar una única grabación fuera de nuestro planeta de origen, ¿qué llevarías?
 
 
No lo supe hasta la mañana siguiente cuando escuché el aire, el eslabón de la cadena de la cóclea sonaba distinto, mucho más exacto, mucho más preciso y sensible. El caracol de mi oído normalmente sería una estructura llena de líquido y la vibración exterior haría que el fluido del sonido viajara por toda la espiral hasta el vértice. Pero el líquido hizo el recorrido inverso, iniciando el proceso de la escucha y en lugar de chocar con la ventana oval, lo hizo contra un par de gemelos viscosos que habían dejado una ventana redonda e hicieron que la vibración de la onda sonora fuera lo suficientemente fuerte como para mover estructuras auditivas que nunca había experimentado antes. De pronto podía escuchar bailar a las arañas y el caer polvo como si fuera una lluvia en verano. Gracias a mi nueva experiencia se creó un rizoma que se extendería invisiblemente dentro del oído que “[n]o tiene principio ni fin, siempre tiene un medio por el que crece y desborda los sonidos que dotan de identidad corpórea al pensamiento e imaginación […]”(3) y ahora sirve de hogar simbiótico.
 
 
Estos dos nómadas extraños se instalaron y ahora hacen posible una escucha distinta, con una relación de acontecimientos acústicos que comenzaron a alterar mi percepción del mundo. Para entender lo que me sucede comencé a buscar dentro de eso que antes llamaban ciencia ficción, una maquinaria de producción de sentido que estaba en el límite de la experiencia
 
 
¿Hay algo que pueda ser imposible de imaginar? ¿hay algo que sea imposible de ser dicho? Sentir lo que sólo puede ser circunstancias y sus seres; no había otra forma de explicar esta particular extrañeza de sensibilidades especulativas, es como para embarcarse en los viajes al exterior en este es el punto de fuga: lo sonoro.
 
 
Hay cantidad de curiosidades “fantásticas” que forman la idea de “realidad”. Los sonidos podemos pensarlos como una serie de identidades y entidades que se desplazan y fluyen. Pero ¿qué es lo que le da identidad a un sonido? ¿De dónde proviene, en que contexto lo escuchamos, la espacialidad, el momento de la escucha?
 
 
 
 
Notas
 


[1] Peter Sloterdijk, En el mismo barco: ensayo sobre la hiperpolítica. Vol. 2, España, Siruela, 1994, p. 50.

 

[2] En esta nave, en este viaje los elementos de cognición indisociables del autor, cosa con la que estaría discutiendo al interior de este rizoma con Darko Suvin, para quien “La CF es, entonces, un género literario cuyas condiciones necesarias y suficientes son la presencia e interacción del extrañamiento y la cognición, y cuyo principal recurso formal es una estructura imaginativa alternativa al ambiente empírico del autor”. Roy Alfaro, “Una poética sociológica de la ciencia ficción”, Telos: Revista de Estudios Interdisciplinarios en Ciencias Sociales, vol. 22, núm. 1, 2020, pp. 224-234.

 

[3] Ricardo Espinoza-Lolas y Alvarado Boris, «Pierre Boulez-Gilles Deleuze: ideas para una lógica de la sensación sonora», Kriterion: Revista de Filosofía, núm. 58, 2017, pp. 413-428.

 
 
 
 
 

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