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Fundación del Museo Rufino Tamayo, 29 de mayo de 1981. Archivo de la Promotora Cultural Fernando Gamboa, A. C.

Museo RufinoTamayo Arte Contemporáneo*

Posted on 19 julio, 2021 by cenidiap

Jorge Guadarrama Guevara

 
 
Durante los trabajos de adaptación del edificio colonial que el Gobierno del Estado de Oaxaca puso a disposición del maestro Rufino Tamayo para la creación del Museo de Arte  Prehispánico de México, escuché una conversación entre él y Fernando Gamboa en la que el maestro mencionó su intención de fundar un museo dedicado al arte contemporáneo internacional.
 
El comentario llamó fuertemente mi atención, pero no hice preguntas; preferí esperar. Poco después, tuve conocimiento de que ya se estaban realizando las gestiones para que se destinara a este fin un terreno en el Bosque de Chapultepec. El maestro Tamayo tenía confianza en el proyecto, ya que contaba con el apoyo de su amigo y paisano, el secretario de Educación Pública, Lic. Víctor Bravo Ahuja, y, por ese conducto, con el del presidente Luis Echeverría.
 
Durante el proceso de montaje del Museo de Arte Prehispánico, el maestro Tamayo y su esposa Olga decidieron pasar en Oaxaca una temporada de aproximadamente dos meses con la finalidad de presenciar los trabajos. Se hospedaron en el hotel Señorial, único que (en atención especial al maestro), los admitía con sus perros. Dado que fue ahí mismo donde me albergué por ocho meses, mientras actué como museógrafo residente, se me presentó la oportunidad de convivir con ellos; a menudo desayunábamos o comíamos juntos. Tuve mayor contacto con el maestro, quien pasaba toda la mañana en el museo, ya que ahí le adecuamos, en dos ocasiones, un espacio como estudio provisional donde pintó dos obras.
 
La cercanía con la pareja me permitió conocerlos mejor, ver la forma sencilla y espontánea en que se relacionaban con todo mundo. Amantes de las costumbres y tradiciones de su tierra, disfrutaban en especial de la comida y aprovechaban toda ocasión para probar moles, chocolate, quesos, nieve y dulces callejeros. Ya en otro espacio he comentado cómo el maestro entabló una profunda relación de amistad y afecto con don Isidro, un trabajador de origen campesino de aproximadamente sesenta años, quien ingresó como peón y fue adoptado por Tamayo como jardinero. El museo tiene un jardín pequeño en un nivel ligeramente elevado, que es creación de ambos, del maestro y de Isidro. A ese espacio dedicaban al menos una hora cada tercer día y se la pasaban muy a gusto, platicando todo el tiempo mientras arreglaban las plantas.
 
Y, bueno, las charlas sobre el Museo de Arte Contemporáneo Internacional no se hicieron esperar, sobre todo durante las visitas de Fernando Gamboa a Oaxaca. Además de ser subdirector técnico del INBA y director del Museo de Arte Moderno, Gamboa era el museógrafo responsable del Museo Prehispánico. Se hablaba de posibles obras y autores, del tamaño del inmueble, de la participación de los arquitectos Teodoro González de León y Abraham Zabludovsky. Y siempre de la posible ubicación en el Bosque de Chapultepec, pero esta no acababa de definirse. También se comentó la posibilidad de que el presidente inaugurara el museo de Oaxaca.
 
En las ocasiones en que charlé con el maestro, me manifestó su molestia porque no se aceptaba su idea de construir el museo en la primera sección del Bosque de Chapultepec. Le ofrecían otros espacios, como uno cercano al monumento a Rosario Castellanos, del otro lado del periférico, pero ninguno lo convencía. Como las conversaciones con él tocaban temas sociales –la pobreza, la falta de oportunidades de muchos mexicanos–, un día le propuse situar el museo en un espacio distinto, en una zona de la ciudad desatendida en el aspecto cultural y, más precisamente, en el museístico. Mi argumento era que la Ciudad de México tenía (y sigue teniendo) una suerte de frontera cultural formada por una línea imaginaria que va de oriente a poniente (500 metros al norte del Zócalo); que el sur es el espacio privilegiado donde se ha hecho todo: museos, teatros, salas de conciertos, galerías, centros de espectáculos, grandes comercios, etc. Mi propuesta era que su museo se construyera en el norte, en otro bosque: el Bosque de Aragón. Argumenté que su museo podría detonar el desarrollo cultural de una zona de la ciudad que lo estaba –aún lo está– pidiendo a gritos.
 
Buen disgusto le ocasioné al maestro porque mi idea le pareció absurda. Me respondió que la gente no iría allá, que los empresarios que se perfilaban como partícipes del proyecto no aceptarían. Le dije que ahí también había un zoológico muy concurrido y que, como no lo conocía, lo mejor sería visitarlo. No le pareció, por lo que cambió de tema y se retiró. No se volvió a hablar de mi propuesta. Don Fernando, a quien narré lo anterior, me dijo: “¡Cómo se te ocurrió!”. Lo cierto es que a él también le pareció absurdo y, tal vez, una tontería. Él también no quiso hablar más del asunto y comentó que, terminando en Oaxaca, comenzaríamos a atender asuntos relacionados con el otro Museo Tamayo, el de la Ciudad de México.
 
La inauguración del Museo de Oaxaca se pospuso y, ya terminado, permaneció cerrado casi un año. Al reincorporarme al Museo de Arte Moderno (MAM), efectivamente comenzamos a atender asuntos del otro Museo Tamayo, lo que implicaba recibir las obras que los Tamayo adquirían en sus viajes al extranjero. Doña Olga llamaba y verbalmente nos daba los datos de las obras. A nosotros nos correspondía hacer los trámites aduanales y el traslado al MAM, donde se adecuó un pequeño espacio como bodega. Como este pronto resultó insuficiente, decidimos llevarlas al Museo Carrillo Gil del cual, también Gamboa fungió como director fundador. Para ingresar las obras al país, se acordó hacerlo bajo la forma de importación temporal a fin de que, una vez creado el museo, se tramitara la importación definitiva de todo el acervo.
 
Fue complicado realizar aquellos trámites porque a menudo la información proporcionada por los Tamayo no estaba completa o no era del todo veraz. A doña Olga se le hacía fácil que las gestiones se realizaran sin completar los datos requeridos, pues nos decía: “Tú pídelo así”. Por otro lado, al maestro no le gustó que las obras se reunieran en el Museo Carrillo Gil –que estaba cerca de su casa– y, cierta ocasión, al ver que en su acomodo, por razones de tamaño se juntaban con las piezas del Carrillo Gil, -lo que no fue de su agrado-, se quejó con el director del INBA; sin embargo, su petición de contar con una bodega exclusiva para sus obras no fue atendida. Es probable que su inconformidad se debiera a que había tenido un conflicto con el coleccionista yucateco Alvar Carrillo Gil y por eso no le agradó el resguardo de sus piezas en ese museo.
 
Finalmente, se consiguió el terreno en el Bosque de Chapultepec, justo entre el Museo Nacional de Antropología y el Museo de Arte Moderno. El Museo Tamayo comenzó a construirse. Don Fernando se mantuvo muy cerca de los arquitectos, con quienes cultivaba una amistad de muchos años, lo que le permitió hacer recomendaciones sobre espacios y acabados con fines de funcionalidad museográfica. Luego, con el decidido impulso de los Tamayo, se convirtió en el primer director del nuevo recinto.
 
Durante las deliberaciones sobre qué artistas mexicanos se incorporarían a la colección, hubo uno que Tamayo rechazaba invariablemente a pesar de que don Fernando insistía en la importancia de incluirlo. Le decía: “Rufino, usted va a ser muy criticado si no lo incluye. Se trata de un artista destacado, reconocido, que no puede quedar fuera”. Ese artista era José Luis Cuevas. Y es que Cuevas, que era muy hábil para provocar y polemizar, había atacado al maestro Tamayo (o este así lo sintió). Larga fue la lucha, pero finalmente Gamboa logró convencerlo y, a última hora, se adquirió una obra de buen tamaño que entró a la colección. Cuando el edificio estaba prácticamente terminado, comenzó el traslado de las piezas, que fueron recibidas por personal de la Fundación Cultural de Televisa.
 
El maestro Gamboa anunció su salida del Museo de Arte Moderno y del INBA, así como su paso al Museo Tamayo como director. Por un breve tiempo, prácticamente despachaba en ambos sitios. Durante mi breve participación en el montaje, don Fernando me propuso pasar con él al nuevo museo. Le contesté que no tenía esa intención, que me quedaría en el Museo de Arte Moderno. Sorprendido, me dijo: “Oye, mano, pero ¿por qué? Hemos trabajado juntos muchos años”. “Sí, efectivamente –respondí–, pero no me atrae trabajar para la iniciativa privada.” “Pero…, tú vas a trabajar conmigo, no con la empresa”, dijo. “Sí, pero prefiero los museos públicos…”
 
El Museo Tamayo se inauguró en mayo de 1981 y, poco después, por razones que aún hoy son un misterio, Gamboa dejó de ser su director, produciéndose entre él y los Tamayo una ruptura que sorprendió a muchos. No era comprensible que ellos, amigos de toda la vida, se distanciaran de pronto y, al parecer, para siempre. Cierta ocasión, durante una ceremonia de instalación del Consejo de la Crónica de la Ciudad de México, en el edificio del Museo de la Ciudad, pude observar que, a pesar de estar cerca uno del otro en el presídium, Rufino Tamayo y Fernando Gamboa no se dirigieron  la palabra.
 
 

Fundación del Museo Rufino Tamayo, 29 de mayo de 1981. Archivo de la Promotora Cultural Fernando Gamboa, A. C.

Fundación del Museo Rufino Tamayo, 29 de mayo de 1981. Archivo de la Promotora Cultural Fernando Gamboa, A. C.


 
 
Fundac M Tamayo 2o

Fundación del Museo Rufino Tamayo, 29 de mayo de 1981. Archivo de la Promotora Cultural Fernando Gamboa, A. C.


 
 
Fue muy extraño porque don Fernando apoyó siempre al maestro, promovió su obra en México y en el exterior; actuó como gestor, curador, comisario y museógrafo de importantes obras y exposiciones; y brindó todo el apoyo institucional y personal para la creación de los dos museos Tamayo desde que surgieron como idea.
 
Inaugurado el Museo Tamayo, me desligué de él hasta cinco años después, cuando en 1986 Televisa lo entregó al INBA. Entonces fui convocado por su director general, el Lic. Javier Barros Valero, quien me encargó su pronta reinstalación, ya que su reapertura debía efectuarse en diecisiete días. Al iniciarse los trabajos, volví a entrar en contacto con los Tamayo. Al igual que el Lic. Barros, ellos me pidieron realizar un buen trabajo. El museo estaba instalado a medias y requería labores de mantenimiento: había goteras, el auditorio estaba inundado. El INBA se volcó para ponerlo al día. Las obras se pasaban de un lado a otro a fin de facilitar los trabajos de impermeabilización, pintura y limpieza. Mientras tanto, yo pensaba en la distribución de las piezas. Fueron días de total dedicación, con jornadas muy largas e intensas. Cuando tuve listo el planteamiento de montaje, antes de colgar obra, solicité la presencia del maestro Tamayo para que me diera su punto de vista. El mural La raza fue instalado en el cubo de la escalera que baja al auditorio y podía contemplarse desde el barandal superior. Lucía impactante a pesar de quedar muy justo; el espacio semejaba una capilla. También adaptamos una parte de la la bodega para incluir en la visita el Rolls Royce de Roger Welch.
 
Cuando llegó el maestro Tamayo, acompañado de su esposa, dimos un primer recorrido y luego de conversar unos minutos cerca de la entrada, él y yo hicimos un recorrido más. Al terminar, se mostró satisfecho y dijo que le parecía bien. Fue entonces que le comenté: “Maestro… ¿vio la obra de Cuevas?”. “¿Qué?” “Sí, la obra de Cuevas”. Y es que, en días recientes, Cuevas nuevamente había dicho algo sobre Tamayo y el maestro otra vez se había molestado. Y dijo: “¡No, de ninguna manera! ¡Cuevas no entra!”. Y propuso: “A ver, vamos a verlo”. Al volver a la sala, vio la obra y reiteró su rechazo. Molesto, pidió que fuera retirada. Aunque insistí en dejar de lado los agravios, él dijo que no quería que la pieza fuera incluida. Doña Olga intercedió a favor de su inclusión, pero recibió un terminante cortón. Ese mismo día, al llegar a mi casa por la noche, sonó el teléfono. Era el maestro Tamayo. “Ya decidí que sí entre la obra de Cuevas… pero con una condición.” “Dígame, maestro”, respondí. “Pues que quede entre las mías.” “Maestro, la obra de Cuevas está entre dos obras suyas.” “¿Cómo? No me di cuenta.”
 
Días antes de la reapertura, se anunció el nombramiento del nuevo director del museo, el cual recayó en Jorge Bribiesca, empleado de larga trayectoria en el INBA y quien gozaba de la amistad del maestro. Bribiesca llegó muy contento a su oficina y me dijo que no intervendría en lo que a esas alturas ya estaba decidido. ¿Qué pasó después? De acuerdo con Tamayo, Jorge Bribiesca se adelantó y declaró ante la prensa algo que no estaba previsto; dado que esa acción no fue de su agrado, solicitó su cese inmediato. Uno o dos días después, se dio a conocer que la nueva directora sería Cristina Gálvez. El museo fue reinaugurado y aún monté ahí una o dos exposiciones temporales.
 
Algo ha llamado mi atención al paso del tiempo y es lo siguiente. Cuando estaba por inaugurarse el Museo de Arte Prehispánico de México en Oaxaca, por recomendación de Tamayo se nombró como director a un amigo y paisano suyo, el Lic. Everardo Ramírez Bohorquez. Viajé a Oaxaca para hacerle entrega formal del museo en su totalidad: colección, instalaciones, mobiliario, etc. Al poco tiempo, me encargaron volver, ahora para recibirlo de vuelta, pues el Lic. Ramírez Bohorquez había sido cesado. Según comentó el maestro, esto se debió a que hizo declaraciones indebidas o inoportunas. Así, pues, recibí el museo para entregarlo al día siguiente a su nueva directora, la señora Alicia Pesqueira de Esesarte, quien a lo largo de los trabajos preparativos había mostrado gran interés en el proyecto.
 
¿Por qué tres directores fueron substituidos en los museos Tamayo? Aunque no se puede asegurar que Fernando Gamboa haya renunciado, es indudable que los otros dos ceses ocurrieron por intervención directa del maestro Rufino Tamayo.
 
En el año de 2016, Fernando Gamboa fue objeto de un homenaje al concedérsele el Reconocimiento ICOM México 2016 In Memoriam, durante la reunión anual del organismo, celebrada en el auditorio del Museo Rufino Tamayo. A invitación del ICOM, durante el acto, pronuncié las siguientes palabras:
 
 
 

Estimados colegas y amigos:

 

Hoy es un gran día para quienes nos desempeñamos en el mundo de los museos, porque el ICOM México celebra su tercera asamblea ordinaria y hace entrega de los reconocimientos correspondientes al año en curso. Lo reciben dos profesionales de los museos: Yani Herreman, personalmente, y Fernando Gamboa por conducto de sus familiares.

 

Felicito a Yani Herreman por esta merecida distinción y me ocuparé de ofrecer un recuerdo del quehacer de Fernando Gamboa, a quien tuve la oportunidad de conocer y con quien colaboré estrechamente de 1960 a 1966 y de 1972 a 1981.

 

Fernando Gamboa fue un hombre tremendamente trabajador, incansable, comprometido con su profesión y las instituciones culturales de nuestro país. Conocedor y amante del arte, museógrafo impar, promotor e impulsor del arte y los artistas mexicanos. Gran conversador, hombre galante –como escribió Tere del Conde– y poseedor de, “la inteligencia de los sentidos”, como lo definió Guillermo Tovar y de Teresa.

 

Todo eso me consta y sin pero lo doy por cierto, pero hoy quiero referirme a la feliz coincidencia de que don Fernando sea distinguido con el Reconocimiento ICOM México 2016 In Memoriam y que este sea entregado precisamente aquí, en el Museo Rufino Tamayo…

 

Me explico:

 

Antes de la inauguración, en la ciudad de Oaxaca, del Museo de Arte Prehispánico de México Rufino Tamayo, el maestro Tamayo y Gamboa ya hablaban de una colección de arte contemporáneo internacional que el maestro pintor había comenzado a formar con el fin de crear un museo que, ambos estaban convencidos, debía existir en México. 

 

Terminado el museo en Oaxaca, los Tamayo (así nos referíamos al maestro y su esposa Olga) aceleraron la compra de obras en cuanto viaje hacían al exterior. El Museo de Arte Moderno, del cual don Fernando era director, se convirtió en receptor, gestor aduanal y centro de acopio y resguardo de obras (utilizándose también espacios del Museo Carrillo Gil), de gran parte de lo que hoy podemos disfrutar en este edificio.

 

Influyó en la inclusión de algunas obras y discutió mucho con don Rufino por incorporar una obra de José Luis Cuevas. El maestro Tamayo se negaba porque Cuevas lo había atacado y el maestro Gamboa replicaba: “Rufino, no puede usted negar el sitio que ocupa Cuevas en el arte mexicano; si lo omite, recibirá severas críticas”. Por esas fechas tuvo lugar un evento en que don Fernando logró sentarse a la mesa con Tamayo y Cuevas, quienes, al menos por corto tiempo, superaron sus diferencias, sumándose así una obra de Cuevas a la colección.

 

Fernando Gamboa interactuó con los arquitectos Teodoro González de León y Abraham Zabludovsky en algunos aspectos relacionados con los espacios y acabados del museo. Sobre estos últimos se manifestaba insatisfecho porque, por ejemplo; el museo tiene un techo de cemento con triángulos y el piso lo hicieron con módulos cuadrados de maderas de diversas tonalidades, muy contrastantes, que producían una vibración desagradable. Las paredes que pedía tuvieran recubrimiento de madera fueron de concreto, tan duro que las brocas no entraban. Se inconformaba diciendo: “¡Estamos salados!”, porque en el Museo Carrillo Gil había sucedido a la inversa; pese a su insistente solicitud, no pusieron madera sino tabla roca y se batallaba mucho para colgar obra pesada, como la de Siqueiros.

 

No le faltaron tropiezos al maestro Gamboa durante el montaje; particularmente uno que le molestó sobremanera fue que alguien lo acusó de llevarse el mobiliario del Museo de Arte Moderno al Museo Tamayo que, como recordarán, era administrado por la iniciativa privada. Y es que un museógrafo permanece mucho tiempo de pie y él ya se cansaba. Había agarrado la costumbre de utilizar en salas la silla rodante de su oficina, desplazándose con el impulso de sus pies, y se le hizo fácil traerla para acá, lo que el acusador consideró un abuso. 

 

En fin, fue gestor junto con el propio maestro y otras personas ante el Gobierno Federal y el entonces Departamento del Distrito Federal para lograr la ubicación del Museo en el Bosque de Chapultepec; fue su primer director y quien realizó la museografía inicial.

 

Su frecuente ir y venir por el hermoso corredor que hay entre el Museo de Arte Moderno y el Museo Tamayo dejó tan honda huella, que nos llevó a gestionar la colocación en él de un busto del maestro, que ya existía por ahí escondido en el bosque, mismo que, por cierto, fue robado recientemente, y que ya nos proponemos restituir.

 

Don Fernando y los Tamayo fueron amigos de toda la vida. El maestro Gamboa apoyó al maestro Tamayo en múltiples ocasiones: al llevar su obra a las Bienales de Venecia y Sao Paulo, a museos de Japón, Europa y los Estados Unidos, y tuvo participación en el encargo de tres murales del maestro en el Palacio de Bellas Artes y en uno para el Pabellón de México en la feria de San Antonio, que hoy se puede ver (si se los permite la férrea y desagradable seguridad) en el edificio de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Asimismo, participó en la creación de los museos que llevan el nombre de Rufino Tamayo.

 

Por toda esa relación de amistad y estrecho entendimiento y colaboración, sorprendió a todos que, muy pronto, el maestro Gamboa dejara la dirección de este museo.

 

Algo –incomprensible para quienes teníamos cierta cercanía con esa relación– pasó entre ellos, provocando un distanciamiento tan definitivo que afectó profundamente a don Fernando.

 

Al parecer, poco antes de su partida hubo un reencuentro… Ojalá así haya sido.

 

En fin, estimados amigos, la merecida entrega del Reconocimiento ICOM México 2016 In Memoriam al maestro Fernando Gamboa, en este recinto, testigo de sus mejores esfuerzos, me ha llevado al recuerdo de una sola de sus intervenciones en el mundo de los museos.

 

Gracias a la mesa directiva del ICOM México, gracias a su presidenta, Arq. Maya Dávalos, y gracias a la Comisión Dictaminadora del Reconocimiento ICOM México 2016 In Memoriam y, gracias a todos.

 

Pero… ¡disculpen!

 

¡Hay algo más que quiero comentar!

 

Arriba, antes de bajar a este auditorio, hay una placa muy grande a manera de directorio con muchos nombres. Entre los fundadores no está Fernando Gamboa. ¿Por qué? ¿Cómo es esto posible?

 

¡Muchas gracias!

 

Hasta aquí la intervención en la reunión del ICOM.
 
Mi reflexión acerca de la omisión del nombre de Fernando Gamboa como cofundador del Museo Tamayo Arte Contemporáneo es que el resentimiento ha contaminado, alterado y dañado la historia verdadera de ese museo.
 
Cuando en la historia oficial del Museo Tamayo se abordan sus momentos fundacionales, acertadamente se menciona a los arquitectos Teodoro González de León y Abraham Zabludovsky, pues lograron crear un soberbio y bello edificio. Sin embargo, lo justo es que Fernando Gamboa los anteceda, pues él entró al proyecto muchos años antes; él está en sus cimientos y es pilar de lo que hoy es el museo. No hay que olvidar que la amistad de los Tamayo y él se remonta a la juventud y que Gamboa durante ese largo tiempo actuó como amigo y asesor –sin cargo– de múltiples proyectos del maestro Rufino Tamayo.
 
Mi conclusión es que nunca es tarde para rectificar. Ahora, al cumplirse cuarenta años de la fundación del Museo Rufino Tamayo Arte Contemporáneo, las autoridades del Instituto Nacional de Bellas Artes y del propio Museo tienen esa oportunidad.
 
2014-2021
 
 
*Apuntes para un anecdotario

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