Ouali Samir Belkacemi Estrada
Desde 2016, la administración Make America Great Again impulsó políticas extractivistas, antiinmigración y antiderechos humanos, retomó el macartismo y la doctrina Monroe en clave neocolonial y abiertamente necrocapitalista. Estas posturas, convertidas en bandera discursiva, han hallado eco en amplios sectores de la sociedad estadunidense, con el riesgo de generar una crisis humanitaria y una huella global irreversible.
En este contexto, Texas, estado con la mayor población de detenidos por el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés), se ha mostrado como territorio de resistencia cultural. Desde la Escuela de Arte de Texas Tech surgió la recientemente clausurada exposición Horizonte interrumpido: gestos humanos (22 de enero-15 de febrero de 2026) en la Galería Central del Centro Nacional de las Artes, en la Ciudad de México. Veintidós estudiantes desplegaron imaginarios fronterizos, identidades híbridas y búsquedas corporales y matéricas que cuestionaron el antropocentrismo. La muestra, diversa en disciplinas, se articuló en tres líneas de trabajo: gráfica, pintura contemporánea y nuevo materialismo, presentadas sin rigidez categorial y con un tránsito libre que generó entramados complejos.
El eje gráfico, compuesto por carteles infográficos, situó temporal y políticamente al resto de las piezas mediante datos sobre censura a minorías, detenciones de ICE, consumo de agua por la industria de la inteligencia artificial y la hibridación sociocultural entre Texas y México.
La pintura contemporánea trasladó ese contexto hacia lo simbólico y sensorial. Katrina E. Macias, con piezas de gran formato, construyó el personaje Showpony, una joven de rasgos latinos que encarna la cultura pocha. A través de esta figura ironizó sobre el consumo desmesurado y la aparente abundancia, lo que reveló una tensión entre la representación de lo latino y la lógica neoliberal del derroche.
Daniel Mensah cuestionó la identidad racial mediante un autorretrato neoexpresionista y una serie de retratos que entrelazan la historia de Ghana con la del hip-hop. Su práctica indaga la reducción de la individualidad bajo la estigmatización y la explotación cultural y física atravesada por lo económico.
Finalmente, Anahita Salarian, más cercano a la abstracción, mostró la inversión del cuerpo del interior al exterior, de la piel a las entrañas.
El eje más nutrido fue el del nuevo materialismo, corriente que entiende la materia como fuerza dinámica capaz de agenciar y configurar relaciones sociales, políticas y estéticas. Esta línea propone un arte donde lo humano, lo no humano y lo material se entrelazan, cuestionando jerarquías y desestabilizando la centralidad del sujeto a partir del agenciamiento (y del pensamiento) de la propia materia. Dentro de esta línea de trabajo, algunos ejemplos destacados fueron los siguientes.
Izabella Johnson, con Las últimas tres letras son A.T.E., tensionó el lienzo como soporte y evento central de la creación para evocar procesos críticos como los de Eva Hesse en Hang up (1966). La superficie textil y sus dobleces generan esculturas sensibles que interrogan la noción de frontera: lo que queda dentro, lo que se expulsa afuera y el modo en que ambos espacios se entrelazan. Johnson convirtió el bastidor en un dispositivo conceptual que reveló la fragilidad de las categorías y la emotividad que sobrevive a la misma.
Courtney Juen, en En mi Propio, expuso el resultado matérico de una performance en la que saltó la cuerda sobre arcilla húmeda. El progresivo espesamiento complicó la repetición y produjo acumulaciones de barro exhibidas como cuerpos a medio nacer. La obra sugiere el origen de seres que encarnan el gesto repetitivo y el desgaste físico.
Kahsandra Williams presentó Restos encarnados de oro blanco, un corsé de alambres de acero metamorfoseado en gusano constreñido. La pieza dialogó con el feminismo interseccional y articuló el dolor social heredado del esclavismo y la condición del cuerpo femenino como contenedor sofocante.
Kirstyn Wright, en Objetos específicos, encapsuló juguetes y objetos cotidianos dentro de cajas transparentes, apretados hasta la saturación. La obra abrió múltiples lecturas que vinculan nociones como memoria y compresión, nostalgia y constricción, y hermetismo y afectividad. En su dimensión política, sugiere un paisaje de hipervigilancia estatal donde los acontecimientos sociales y las vidas se encapsulan en moldes rígidos, generando sociedades asfixiadas y progresivamente esterilizadas.
Finalmente, Joshua Mokry llevó los cuestionamientos al nivel panorámico. En Torre de estudio y Muestra, estantes metálicos exhibieron rocas y objetos descontextualizados, convertidos en absurdos al ser sometidos a la lógica positivista. Un proyector de imágenes de cuevas reforzó la ironía: lo que sería conocimiento se revela como simulacro y categorización instrumental. Mokry desplazó la crítica hacia la humanidad misma, con lo que subrayó la fragilidad de nuestras estructuras de legitimación, obligándonos a reconsiderar la relación entre saber y poder.

La revisión de los tres ejes de Horizonte interrumpido: gestos humanos revela que, lejos de ser una selección dispersa, la exposición se articuló en torno a un hilo conductor: la experiencia humana como contenedor o, mejor dicho, como un conjunto de contenedores que delimitan nuestras sensibilidades. En el eje gráfico, el contexto político se mostró como primer contenedor; en la pintura contemporánea, el cuerpo y la identidad racial, y en el nuevo materialismo, la acción, la corpo-política, el recuerdo, las categorías y el antropocentrismo. Cada artista indagó en los límites de estos contenedores, no necesariamente para ir más allá, sino para comprender aquello que está delimitado por sus bordes. El resultado fue un documento cultural atravesado por la emotividad de una juventud combativa, consciente de su temporalidad y territorialidad. En sus exploraciones compulsivas, la muestra misma puso en acto e hizo materia aquello que Walter Benjamin señaló: todo documento cultural porta inevitablemente la marca de la barbarie.
La exposición hizo hincapié en la horizontalidad frente a la verticalidad colonial y patriarcal, y situó el horizonte como contrapunto del contenedor: ambos son formas de límite, uno material y otro perceptual. El contenedor fija y estabiliza; el horizonte desplaza y desestabiliza. Ontológicamente, el ser se vive desde múltiples contenedores, pero orientado hacia horizontes; epistemológicamente, el conocimiento se acumula en los contenedores de la vida social, las hegemonías y sus procesos de legitimación y exclusión, pero se expande en la memoria viva y presente de la alteridad marginalizada; políticamente, los contenedores existen como nuestros cuerpos, y los horizontes, en las prácticas colectivas y su emancipación encarnada. El contenedor, en fin, encierra lo que el horizonte abre. Y de este modo, hallamos en el arte contemporáneo el despliegue de un horizonte corpóreo y comunitario ante el contenedor de la propia experiencia.



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