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ESPECULARES – tetradécima serie

Posted on 15 septiembre, 2016

Crítica ficción
 
 
Alfredo Gurza
 
 
Imágenes del invaluable acervo que resguarda el Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información de Artes Plásticas (Cenidiap) en diálogo con fabulaciones e invenciones, ejercicios de imaginación a manos libres, a manera de espejos en recíproco reflejo, que así revelan afinidades y contrastes inesperados, entrelazamientos bajo las superficies, sugerentes resonancias. Una propuesta de recirculación de este patrimonio para contribuir a la generación de nuevos públicos y al fortalecimiento del Cenidiap como referente para la comunidad nacional e internacional de investigadores, documentalistas y creadores.
 
 

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Roberto Montenegro, Fuente de la vida, Roma, 1909, Fondo Roberto Montenegro, Cenidiap/INBA.

“Ríos de deleite

Para los cinco sentidos,

Emblemas y aperos

De cuanto es noble y cuanto es vil,

Dispuestos a la sazón

De la voluntad agente.

Ríos de deleite

Para mirar ahí

Y oler, tocar, oír, gustar,

Lo que somos denudados,

Lo que hemos de abundar.

Ríos de deleite,

Desmadre tumultuoso de la vida,

Para ir haciéndonos al hábito del bien,

Para ir encarneciendo el alma

Y alivianar la crasitud.

Que todo es materia y forma, sin fisura ni excepción.

Hay dello y dello, siempre y a la vez.

Y todo es cangilón de noria eterna,

Que se hunde y emerge en sucesión

De la fuente de la vida”.
 
Benjamín Delmedigo, Parras de Sabiduría, O de cómo no confundir diez malas razones con una buena. Proposición número 426: “Fons Vitae”, Ámsterdam, 1528.
 
 


 
 
Especulares14_02

Leopoldo Méndez, portada de la revista Horizonte, julio de 1921, Fondo Leopoldo Méndez, Cenidiap/INBA.

“Celebramos, entonces, la riqueza musical de Estridentopía, este logro mayor del jalapeño Gabriel Alvarado —nuestro compositor más audaz, sin lugar a dudas—, que plasma en cada compás su denodado afán por labrar un lenguaje objetivo, reducible a la abstracción numérica, depurado de residuos emotivos y de conjugados sentimentales, en viril combate contra la dialéctica exangüe de melodía y armonía. Este singular poema sinfónico constituye una genuina degustación tímbrica para sibaritas; las células melódicas están hábilmente diseminadas por la partitura para neutralizar la tentación de ir hilando temas y forzarnos —por así decirlo— a dejarnos ir en la experiencia de la audición desnuda. Aparece aquí, muy bien aprovechada, la lección de Maples Arce: ‘la vida es sólo un método sin puertas que se llueve a intervalos’. En la magistral disposición espacial de las partículas fónicas, en la disociación de la materia sonora, resuelta en acontecimientos musicales con superimposiciones y resonancias inesperadas, se va configurando una sensualidad acústica que no podemos llamar sino trópico-industrial: tal es la lubricidad de estos conglomerados tímbrico-matéricos, que uno no puede dejar de evocar las colosales palmeras bamboleantes de hormigón armado del poema de Asdrubal Canseco, por manida que sea ya a estas alturas la alusión. Sin necesidad de un programa que oriente al escucha, se yergue cual torre de cristal y acero la analogía con el sueño prometeico de nuestros futuristas del cañaveral y de la usina, del vértigo de la urbe de hierro emplazada en la vorágine de la selva. Es patrimonio común a todos ellos esta concepción del azar como moral, no sólo como técnica constructiva; la gestualidad parsimoniosa del acto de revestir de necesidad a lo casual, al arrancarlo de su flujo cotidiano; y la figuración de cada obra como una invectiva contra el rezago, la lasitud, la inercia. En el caso de Estridentopía, todo esto se concentra en un airado bofetón a los oídos del público. ¡Enhorabuena!”.
 
David Gil-Mora, Sonoaisajes, Revista de Tinta y Uñeta, Morelia, 1931.
 
 


 
 
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Pabellón de México en la Exposición Internacional del Centenario de la Independencia de Brasil, en estilo barroco novohispano, ideado por José Vasconcelos y diseñado por Carlos Obregón Santacilia y Carlos Tarditti, Río de Janeiro, 1922, Fondo Roberto Montenegro, Cenidiap/INBA.

“Un pequeño cartapacio rescatado de entre los papeles del ilustre polígrafo Don Luis Gálvez y Unzueta, en 1841, desató una de las más enconadas disputas bibliográficas que haya habido en México y, sin duda, una de las menos recordadas. El furor de las invectivas cruzadas por los polemistas asombra a quienes hoy consultan los artículos y las cartas que documentan el debate. Las hojas amarillentas conservan el tufillo del azufre vertido en ellas por los airados eruditos hace ya un siglo. A la muerte de Don Luis, ahogado mientras pintaba acuarelas botánicas en la Candelaria de los Patos, su sobrina Josefina Ituarte, dama ilustrada, se topó con el manuscrito intitulado ‘Breve relación del arte de la piedra o De la piel de la ciudad’, firmado por Don Íñigo Urióstegui ‘atento estudiante de esta materia’ y fechado en la ciudad de México en 1676. Cuenta Doña Josefina, de pasada en una carta a su entenada Merceditas de la O, que leyó ‘un relato de disparates’ y que se lo mostró a su confesor, fray Juan Toribio, quien decidió llevárselo ‘para prescribir la penitencia adecuada’. Cuál haya sido ésta no lo sabemos, pero no sirvió para borrar las imágenes que desde entonces acosaron a la lectora temeraria, que reveló más adelante a su corresponsal que ya no podía recorrer las calles de la ciudad sin sentir ‘que los muros me asedian y que de ellos emanan efluvios impuros que me turban y sofocan’. Ni siquiera los templos le daban sosiego, pues las piedras de atrio, fachada y nave le provocaban ‘vahídos y palpitaciones’. No era para menos. ‘De la piel de la ciudad’ ocultaba, tras un pretendido catálogo ornamental, fogosas reflexiones sobre la sexualidad incontinente de los materiales de que estaba hecha la metrópolis, más propias de Sade que de Vitruvio. El texto habla de la ‘lúbrica, mineral apetencia de la piedra’ y describe en un estilo desbordado ‘el comercio carnal del mármol y el granito, en cuanto la noche alienta la pasión que de día languidece bajo el sol y las miradas de censura de los paseantes’. Doña Josefina no podía menos que turbarse al imaginar ‘esta piel de piedra que nos envuelve con humores y sudores del fornicio inadvertido’. Fray Juan Toribio, sobresaltado e intrigado, mostró el libro en la tertulia del general Tamayo, a la que acudía la flor de las letras liberales. Enseguida se encendió el debate sobre su autoría; todos coincidían en que era apócrifo, posterior por necesidad al siglo XVII. Muy posterior. Los convidados comenzaron a verse con recelo. ¿Podría estar entre ellos el autor? Don José María Guardia describió años después, en sus ‘Hojas de ayer’, el tenso final de la velada, con acusaciones entre chanzas y veras, y la despedida sellada por la suspicacia. El libro cundió como fuego en un pajar. Las copias manuscritas se multiplicaron, así como las notas en los diarios y las gacetillas, primero con alusiones de soslayo y pronto con revelaciones tan escandalosas como infundadas. ‘De la piel de la ciudad’ le fue endilgada no sólo a todos los escritores de renombre de la época, sino a algunos noveles cuyas carreras fueron así truncadas. El índice flamígero señaló también a tres obispos, cuatro generales y dos ex presidentes de la República. Hubo duelos, suicidios y exilios. Fue quizá Don Álvaro Falfán quien adelantó la hipótesis menos improbable: Gálvez y Unzueta lo escribió presa del delirio que lo orilló a huir de la urbe insaciable y buscar la muerte en el agua, muy lejos de las piedras”.
 
Alonso Tresguerras, Beneficio de cangallero, Prospecto Editores, Mixcoac, 1944.
 
 


 
 
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Roberto Montenegro rodeado por el equipo encargado de los murales al interior del pabellón mexicano en la Exposición Internacional de Brasil. Gabriel Fernández Ledesma aparece sentado bajo el arco. Río de Janeiro, 1922, Fondo Roberto Montenegro, Cenidiap/INBA.

“Este horror metafísico a la historia, entendida no sólo en el sentido banal de hacer el saldo constante de lo ocurrido hasta ahora para insertarse en el cauce y tomar providencias, sino en el de hacerse consciente de los procesos siempre presentes, actualizados, que cifran la producción de la vida humana con todas sus determinaciones contradictorias, da pie en las artes a la penosa circulación de ese cuajo indigesto de supercherías ideológicas (la creación inefable, el genio en su Sinaí particular, la voluntad expresiva de sustancias metahistóricas, y tantas otras necedades), regurgitado con precisión mercadológica en exposiciones, bienales, subastas, catálogos, artículos, ensayos y cátedras. Todo ocurre, además, como si todos fuésemos europeos (o candidatos a europeos) y fuese inescapable aquel horizonte discursivo, con su tedioso artecentrismo, su amnesia cultural, su deliberada ignorancia de la dimensión mundial del imperialismo y de sus significantes. Precisamente por ser radicalmente anti histórico, es un modo inmortal de discurrir sobre la produción de signos; reverdecen sus formas bajo toda clase de atavíos retóricos, tales como la impostura posmoderna del apartamiento y la lúdica deslectura: bajo todo descomprometido irónico se oculta un romántico inconfeso, atenazado por el malestar en la estética, ávido de novedades y de audiencias. Se reiteran procedimientos agotados; se exaltan las soluciones tecnológicas fetichizadas; se codifican los recursos y las técnicas, conformando monolitos de significación desentendidos de la dialéctica; se reduce la crítica a una abstrusa combinatoria de léxicos; en fin, se procura la reproducción ampliada de las taras que nos pasman. No es de extrañar que estos productores de mercancías, de grado o no, inoculados de irreflexibilidad, decreten a cada tanto la ‘ruptura’ con los movimientos artísticos tendencialmente revolucionarios, la superación de su ingenuo horizonte discursivo, en favor de alguna novísima escuela, la más reciente configuración de la misma inercia avasallante. Sin embargo, en rigor y a despecho de ellos, la única ruptura genuina en las artes es la ruptura con el orden esclavizante en la dimensión estética, es decir, por el pleno despliegue de la imaginación y la sensibilidad humanas”.
 
Domingo Buezo, postfacio a Batallón de zapadores. Muralistas catrachos del siglo XX, Biblioteca del Universitario, San Pedro Sula, 2009.
 
 


 
 
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Portada de Leopoldo Méndez para Ansina María, de Berta Domínguez, México, D. F., 1945, Fondo Leopoldo Méndez, Cenidiap/INBA.

“Felizmente ocurre también a veces que la obra gráfica desborda los límites del texto por ilustrar, negándose el artista a ser deudor solidario de las estrecheces del género o de la imaginación del escritor. No curándose de los buenos modos implícitos en la relación editorial que lo subordina por partida doble, en tanto que ilustrador respecto del creador y en tanto posterior en el proceso de realización respecto del originador de la obra, propone imágenes con peso propio, que no sólo pueden existir desprendidas de la narración o del poema que nominalmente las inspiran, sino que de hecho se benefician enormemente de prescindir del correlato. Tal es el caso de la deliciosa serie de xilografías que tenemos a la vista, compuesta hace quince años para acompañar los versitos costumbristas del Vate Vacilador (Don Jesús Antonio Valderrama). Que le hayan hecho la comisión a Xander Reus es cosa afortunadísima, atribuible a la juventud y la consecuente disponibilidad animosa y económica del grabador, que no a las dotes de premonición estética de Don Severino Artigas, a cuya ‘Impulsora de Impresos’ debemos la primera  edición y a quien nadie acusó nunca de tener el menor refinamiento artístico. Y ese es justamente el punto que queremos resaltar en esta nota: las sátiras del Vate, siempre comedidas; sus enternecidos bocetos pueblerinos; sus evocaciones de una provincia ficticia, colorida y pintoresca, más arraigada en el imaginario colectivo que en la historia; sus personajes típicos en situaciones típicas que se disuelven sin falta en el giro supuestamente inesperado y en la sabrosa sucesión de ocurrencias y gracejadas; toda esta chispeante espuma de letras tiene su lugar y su valor, sin duda, pero haberla situado en forzada contigüidad con la gráfica de Xander resulta casi perverso. Son frutos de climas muy dispares, de modo que su injerto resulta desabrido y hasta chocante. Ahora que mediante generosa suscripción los amigos del malogrado artista ponemos a consideración del público las xilografías, desayuntadas de los textos del Vate, podemos maravillarnos de su inventiva y de su audacia sin el estorbo de aquella discrepancia manifiesta en su primera encarnación”.
 
Orlando Oquendo, prefacio al álbum Entomológica proposicional, de Xander Reus. Amigos de Xander, A.C. Iztacalco, 1978.
 
 


 
 
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Gabriela Mistral homenajeada en México por José Vasconcelos, Antonio Caso, Roberto Montenegro, Carlos Pellicer, Julio Torri, Manuel Gómez Morín, entre otros, México, D. F., 1922, Fondo Roberto Montenegro, Cenidiap/INBA.

“Me intrusé

(Así lo sentí siempre)

El aval de picaporte

Del cenáculo de los sabios y los buenos.

No por demérito,

Entiende,

Sino por desinterés.

Anduve largo tiempo

Peregrina en lengua ajena,

Por landas calcinadas

Donde nunca cesa el sol.

Añoraba las lunas de mis montes,

Tus ojos que ya prefiguraba,

Y el libro en el estante.

Tenía yo el moño virado,

El alma ahíta, grávida,

De aquel cielo enfurruñado,

De ver tanto meteoro

De fatal premonición,

De tanto tener que dar rodeos

Para decir de qué se va.

Pero todo el tiempo me mahería

Solícito el mar:

‘¡Vuelve, hija! ¡Vuelve ya!

Que las sales y las algas

y la espuma

trazan ya tu senda real’.

Y así fue que se llegó la hora,

El minuto y el segundo,

En que aclamada por mis pares

Hete aquí que di contigo,

Mi preciosa singular.

Y ahora sí das rienda suelta

A mi lengua hipocorística.

Y ahora sí doy lengua suelta

A mi alma cursi y bella”.

Gabriel Alvarado, Ondina andina, ópera en un acto con libreto de David Gil-Mora. Aria del reconocimiento. Ediciones Jarana, Xalapa, 1933.
 
 
 
 

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