Magali Lara

Posted on 4 septiembre, 2017

Manuel Centeno Bañuelos
 
 
Artista visual multidisciplinaria. Egresada de la Escuela Nacional de Artes Plástica (hoy Facultad de Artes y Diseño) UNAM, estudió a mediados de la década de 1970 pintura, dibujo y gráfica, entre otras disciplinas. En el curso de sus prácticas artísticas, la continuidad de su obra en el origen emerge en cada momento interrumpido por el movimiento deslizado en el hecho de ser-ahí un lugar intemporal. El origen, en su obra, deriva recurso notable por periodos implicados en la naturaleza orgánica en situación evidencial. En un principio, el verbo crear ya evoca la efectuación del acontecimiento metonímico y metafórico identitativo desde donde el estar insiste periclitar descentramiento del enigma constituyente en su obra.

 
 
El ser-en su obra no es ahí sino más allá de la afirmación práctica. Por pura excelencia, el origen germinado deviene errancia facultativa. Los hilos conductores corren una suerte de diversidad direccional contingente, por mero azar, no sin meta qué alcanzar. Se trata de la hilación ininterrumpida e interminable porque con razón traza bajo una lógica indeterminada, una traza de tejidos singulares. Se diría de su dibujo que es lo que está figurando las formas mutables que dan cuerpo a ciertas entidades que todavía no son. No-son sino pre-textos en sí en cuanto modos de ser-ahí siendo mutables en su propia mismidad. Fluye entonces lo mismo de otro modo. Y esta modalidad concentrada en atención del acaecer, consagra la realización de imágenes simbolizadas. El verbo encarnado escritura da cuenta, pues, de un ir y venir desde un afuera dentro de sí.
 
 
Ahí, el anhelo es firme y afirmativo, pues se confirma desde el origen germinal. El dibujo anhela crear figuraciones no del todo figurativas sino informales formas corporizadas en tanto germinales organismos bien organizados. Si todo o casi todo lo que se ha dicho es cierto, entonces se gesta, desde su obra, un en-sí junto con un fuera-de-sí. Esto se explicita en la forma de la figura porque ejerce la lícita alteridad constitutiva de su ser en la existencia feminal, si se permite tal neologismo. Así, los tiempos y los espacios no son condición de posibilidad sino posibilidad condicionada sin tiempo ni espacio. En todo caso genera la obra lo imposible privilegiado. En rigor, la cosmicidad cosmética, incomprensible, bien se comprende porque la alteridad autoriza sentir el despliegue de la supuesta unidad dispersa en la unión de diversos elementos verosímiles. Hay, en efecto, totalidad cósmica pero es no-toda.
 
 
Eros, philia y ágape están puestas en juego pues ahí está el verbo que devela el lugar desde donde se realiza su verdad, no sin sujeto, no sin predicación. La belleza no es entonces sin verdad y por cierto, hace bien no sin belleza. Eros, philia y ágape; verdad, bien y belleza versan en el discurrir de un dibujo vital siempre ahí dejándose ser lo que todavía no es sino mera existencia. Y ya se ve en la inmediatez la mediación de estas seis referencias que están ahí en obra material pero no materializada del todo. En el camino inaugurado por el verbo encarnado la escritura fragmentada, surge por insurgencia de lo dicho para estar en condición de ser dicha con alegría siempre festiva. Las palabras no se las lleva el viento, es el viento en tanto voz la que trae las palabras subversivas en la obra generada y por generar.
 
 
La consistencia del color, en la obra, fija ahí-en donde flota con tal incertidumbre lírica algo que no es un objeto ni una cosa sino un caso incorpóreo que el cuerpo hace. El color no es cualidad de algo pues algo es sin cualidad. El color, en su pintura, crea ámbitos atmosféricos de sutil calidad colorística. Otra vez, en su obra, la cosmética cobra todo su valor estético. El color y si se quiere, los colores, no colorean algo. La paleta, su paleta, en la tela o bien en el papel se efectúa como un deseo que da vida ahí donde falta, entonces hay vibración, como cuando la cuerda musical se pone en acto. La coloración no es un añadido, es en todo caso un actor determinante, que no determinado. El color da tonos y la tonalidad del color crea una sinfonía que viene de lugares arcanos, de tiempos y espacios creados. Entonces la paleta musical, insurgente siempre, sugiere oberturas sutiles y enérgicas. El color sube y baja de tono, el color sin ser materia alguna se materializa en una suerte de circunstancia consonante y disonante. El color cobra realidad por los tonos agudos y graves. Pero el color no representa, es pura presentación que resuena en la mirada. Cabe señalar que el dibujo es una suerte de pentagrama desde donde el color juega el papel de notas musicales. Las notas colorísticas en su tonalidad gradiente reclaman, claman y declaman modalidades tímbricas que hacen ecos en las miradas.
 
 
El color, ya se dijo, no es cosa ni objeto sino armonía. Ahí Phonos no habla, o mejor, para decirlo de una sola vez, canta. Y en efecto, el color canta a la vida con alegría; canta porque cuenta cuentos verosímiles. La pintura se escucha, sí, como un canto que cuenta lo que algunos escritores callan, pero no la poesía, no los poetas ni las poetas. Pues bien, a primera vista, la mirada entra en juego, aprehende lo insólito de la alteridad femenina en su singular exposición de motivos enigmáticos. La autora de sus días y sus noches se autoriza de sí desde su propiaopus. Si se quiere, no importa la cantidad ni la calidad de la opus. Lo que sí importa es la calidad de lo que ilumina su propia luz que hace sombra pero ésta es lúmen germinal, experiencia sustantiva y esencial para fundar una poética tanto visual como musical.
 
 
La multivocidad, en su obra, está fuera de sí. De otra manera no habría opus en acto. Es un hecho, sin duda, porque tal hechura genera
dinámicas desde donde el estar, en el ahí de la obra, deviene experiencia fenoménica por el quehacer pictórico y dibujístico. Entonces la obra deviene discurso visual y sinfónico, relato si se prefiere desde el comienzo en tanto operatividad necesaria pues funda la fugacidad del estar contingente. Y es que, en su obra, hay haberes pues lo que habrá sido en el primigenio principio del artificio especular, la razón sin lógica orgánica, organiza por el don que posee, una suerte de gracia mítica y casi se diría mística.
 
 
El libro y el cuaderno atraviesan con cierta gracia, los tiempos y los espacios para hacer de ellos travesías en su modalidad traviesa. En la punta de sus dedos, en el espesor de su cuerpo se sublima la pretendida o supuesta objetividad. Hay las fuentes en sus jardines de ciertas delicias interiores y exteriores. Ahí saluda el día y la noche de la vida alegre porque sin razón, la lógica abreva de la fuente imaginaria lo que en las páginas de sus libros y cuadernos develan secretos casi indiscretos. Pequeños y no tan pequeños bichos, como en sus libros y en sus cuadernos, pueblan las páginas en interminables paseos, recorridos sin fatiga. Ahí las espirales engendran encuentros y desencuentros presentes y ausentes. Color y calor en el frío escenario, la calidez se impone. El bisturí, entre sus dedos abre, no corta sino recorta huellas para hacer de ellas lazos, enlaces fortuitos y con la mejor fortuna. En fin, por ahí la poesía dará cuenta de la obra poética de Magali Lara.
 
 

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