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Carlos Blas-Xochitiotzin

El lugar privilegiado de Desiderio Hernández Xochitiotzin en la historia del arte mexicano

Posted on 14 febrero, 2022 by cenidiap

Carlos-Blas Galindo

 

 

Ponencia presentada el jueves 10 de febrero de 2022, en Tlaxcala, en el coloquio organizado por el centenario del natalicio del maestro muralista.

 

 

En un gran número de casos, las condiciones existentes en un momento y en un lugar determinados hacen propicia la toma de decisiones inéditas por parte de aquellas personas que son capaces de detectar tales circunstancias, mismas que muchas veces resultan volátiles. Quienes desarrollamos nuestras actividades profesionales al interior del campo de la cultura artística tenemos, entre nuestras obligaciones, la de distinguir cuáles son los requerimientos culturales que han de ser satisfechos en nuestro tiempo y en nuestro ámbito para de inmediato ensayar satisfactores para tales necesidades hasta conseguir aquellos que las sacien, ya sea en su totalidad o al menos parcialmente. A la marca de la temporalidad se le conoce con el concepto en alemán Zeitgeist, misma que también está vinculada con lo sincrónico; esto es, con las maneras en las que las personas nos relacionamos con las que nos resultan coetáneas en cada momento específico y en cada época en particular. Por otra parte, las determinaciones de lugar son denominadas con el término en latín genius loci, las cuales están ligadas con lo diacrónico y tienen relación con aquello que ha acontecido y sucede durante el devenir; es decir, con los procesos que son propios de la historia de cada zona o de cada sitio en específico.

 

 

La trayectoria artística de Desiderio Hernández Xochitiotzin (1922-2007) resulta singular en lo que concierne al influjo que pudo haber tenido en su producción la marca del tiempo en los momentos en los que tomó decisiones como protagonista de la cultura artística en el contexto mexicano, pues no formó parte de la generación que desarrolló la vanguardia nacionalista −de la cual eligió mantenerse apartado en lo temático y en lo estilístico, si bien es cierto que de algunos nacionalismos tempranos adoptó elementos meramente formales y que en su producción abordó, aun cuando lejos de la vertiente que todavía era la predominante en los años 50 del siglo XX, la temática de lo identitario− y no obstante fue contemporáneo, entre otras personas del ámbito de las artes, de quienes han sido considerados como continuadores de los nacionalismos fundacionales o integrantes de la segunda generación nacionalista (como lo fueron quienes son conocidos como Los Fridos por haber coincidido como estudiantes en la clase de pintura que impartía Frida Kahlo (1907-1954) en la escuela de educación artística conocida como La Esmeralda), tampoco tuvo un vínculo estilístico con ese grupo ni menos todavía lo tuvo con los neovanguardistas, no obstante que nació un año después que Pedro Coronel (1921-1985) y que fue contemporáneo de otros practicantes de las neovanguardias o segundas vanguardias, como también se les conoce. Algo que ha distinguido muy marcadamente la obra de Hernández Xochitiotzin con respecto a la de sus colegas coetáneos proviene de su determinación de abordar temáticas del culto católico. Tal vez habría que investigar si, entre quienes primero cultivaron los nacionalismos y entre quienes fueron epígonos de aquellos iniciadores, hubo personas que, en lo individual, hayan tramitado sus apostasías y hayan recibido respuestas positivas a sus solicitudes. Pero lo que sí resulta innegable es que la gran mayoría de entre quienes fueron vanguardistas abjuraron de su condición de personas católicas bautizadas, fueron jacobinistas y, algunas de entre ellas, abrazaron los postulados del materialismo histórico dialéctico, lo cual permite explicar su desapego de la práctica de cualesquiera credos religiosos.

 

 

Cabe afirmar que, como consecuencia de haber profesado la fe católica y de haber abordado en sus obras temas religiosos, el maestro Desiderio padeció los efectos de la violencia estructural que comenzó a ser ejercida dentro del ámbito de la cultura artística mexicana durante la fase vanguardista de las artes (esto es, durante la primera mitad del siglo XX, etapa que tuvo influyentes secuelas incluso en el periodo neovanguardista de la historia de nuestras artes; es decir, entre los años 50 y 70), lo cual no impidió, pero sí entorpeció levemente, el que ejerciera a plenitud su derecho humano a participar de manera libre en la vida cultural de México. Como se sabe, la violencia estructural beneficia a los sectores de las sociedades que imponen las normas que les resultan ventajosas −en este caso, a quienes fueron nacionalistas, evitaron declararse practicantes del catolicismo y ejercieron el control del medio cultural mexicano−, y afecta negativamente a personas que no forman parte de esos sectores dominantes −como por ejemplo a Federico Cantú y, en el caso presente, a Hernández Xochitiotzin, quien no abrazó los nacionalismos y, en cambio, fue católico practicante y elaboró obras con temas de la religión que profesó, así como otras alusivas al sincretismo religioso−; lo anterior, no obstante que en el texto constitucional vigente desde 1917 se establece que a nadie le pueden ser conculcados sus derechos, entre otras razones, por las de su filiación religiosa.

 

 

El maestro Desiderio no formó parte, en cuanto a lo cronológico, de una generación de artistas plásticos tlaxcaltecas puesto que su familia se trasladó a la ciudad de Puebla en 1923 y si bien él mantuvo un estrecho y continuo contacto con el medio cultural de Tlaxcala, aceptando encargos y manteniendo una inteligente presencia, radicó en Puebla hasta 1957. Por otra parte, uno de sus antecesores, el pintor (exento de cualquier elemento aurático) Erasmo Hernández González, fue mayor que él, en tanto que el hijo de éste y de Ausencia Maldonado Olvera, de nombre Rafael Hernández Maldonado (1919-2013), sí fue contemporáneo suyo. Sin embargo, hasta donde se sabe, no existió entre nuestro homenajeado y Hernández Maldonado ningún contacto profesional no obstante que el segundo fue el primer muralista tlaxcalteca del siglo XX ya que −como lo ha apuntado el historiador Rafael García Sánchez en una publicación que mucho le agradezco a mi colega Mariana Herrera Molina, también originaria de Tlaxcala, que me haya compartido[1] y a ambos les reconozco la valiosa información que me han hecho favor de proporcionarme para la elaboración de esta ponencia−, apoyó al pintor michoacano Rodolfo Ayala en la realización en 1936 de los murales de la planta alta del Palacio de Gobierno de Tlaxcala, mismos que son reproducciones de 11 folios del Lienzo de Tlaxcala, tonalámatl que data de la segunda mitad del siglo XVI.

 

 

Desiderio Hernández Xochitiotzin sí fue parte, en cambio, de la generación de artistas plásticos poblanos con la cual se formó en la Academia de Bellas Artes de Puebla y con la que participó en la conformación de la Unión de Artistas Plásticos local; empero, se distanció no solamente en lo estilístico de esos colegas suyos en la década de los 50, entre quienes proliferaba la realización de obras decorativas destinadas a adquirientes turistas, para en cambio acometer exitosamente la representación del carnaval (temática que por las mismas fechas interesó asimismo a quienes integraron el Primer Núcleo de Grabadores de Puebla, agrupación en la que descolló el artista Fernando Ramírez Osorio[2]) y consolidar las constantes de su léxico, entre las que descuellan las iconográficas. Con quien sí tuvo un estrecho contacto y con quien colaboró con frecuencia en diversos encargos en Tlaxcala durante al menos seis años fue con su coetáneo y paisano Cutberto Escalante Aburto, quien en 1969 en el periodo gubernamental del general Ignacio Bonilla (1858-1942, hijo de Adolfo Bonilla, quien anteriormente había sido gobernador del mismo estado) hubo de abandonar la entidad.

 

 

Cabe recordar al respecto de lo generacional que esta condición, como con brillantez lo afirma João Cabral de Melo (1920-1999) en la entrevista que le hiciera Antonio Carlos Secchin[3], va mucho más allá de lo biológico (como ya lo afirmara Ortega y Gasset) para ser considerada como un condicionamiento sociocultural que comparten quienes integran un grupo etario al momento de emprender sus carreras artísticas, de manera que si atendemos a esta definición que supera la idea de generación como coincidencia cronológica, tampoco encontramos a Desiderio Hernández Xochitiotzin como integrante de una generación específica de artistas, lo cual también fue motivo de que padeciera esa violencia estructural que fue ejercida desde el poder cultural contra quienes fueron disidentes del arte oficial o predominante en el México de la primera mitad del siglo pasado, índole de arte que es conocida con la palabra en inglés mainstream.

 

 

Además de la aproximación a la trayectoria del maestro Desiderio desde el punto de mira del llamado espíritu del tiempo o Zeitgeist y de un corte sincrónico en cuanto a lo temporal, es factible aludir a las decisiones artísticas que tomó con relación a la marca de lugar o genius loci y a lo diacrónico, entendido esto como lo histórico en cuanto a la tlaxcaltequidad, preciso concepto este último que él con tanto ahínco y éxito promoviera[4]. La relativa autonomía que se tuvo en el territorio de lo que en la actualidad es Tlaxcala, desde la alianza tlaxcalteca-hispana y la participación del ejército de Tlaxcala en la coalición que hizo posible la victoria militar sobre el imperio mexica, hasta la consumación de la independencia de México, no estuvo exenta de numerosos sinsabores. Por ejemplo: la fundación de la ciudad de Los Ángeles (la actual Puebla) tuvo, entre sus consecuencias −y, sin duda, entre sus causas−, la erosión de la importancia política de Tlaxcala durante la etapa del coloniaje español. Esta situación resultó en un abandono de Tlaxcala por parte del gobierno mexicano desde el comienzo de la etapa independiente y hasta mucho tiempo después. Lo anterior, dado que, en nuestro país, a pesar de la alternancia en el siglo XIX de varias etapas liberales y federalistas (más las invasiones extranjeras y un intento imperial extranjerizante fracasado), y de otras conservadoras y centralistas, hasta el presente subsisten en la legislación mexicana no pocas ideas reaccionarias y prevalece, en los hechos, un innegable centralismo. Recuérdese que, cuando se promulgó nuestra primera Constitución, en 1824, Tlaxcala no fue considerada como una entidad, sino como un territorio independiente en tanto no se precisara su conformación política interna. Y que, luego de que en diciembre de 1856 hubiera de reconocerse que constituía una entidad, dos meses después, en el texto constitucional de 1857 (con el que se consolida la secularización del Estado mexicano y de nuestra sociedad, y se arriba al laicismo[5]) el estado de Tlaxcala ya fue admitido como el número 22 de la República, condición de entidad federativa que le fuera confirmada 60 años después por el Congreso Constituyente de 1916-1917.

 

 

Esta revisión de las determinaciones de lugar, así como la de los procesos históricos en cuanto a lo diacrónico, permite explicar que la falta de atención para Tlaxcala respecto a la cultura artística por parte del gobierno federal (o sea, del central) durante la primera mitad del siglo XX haya evitado −por fortuna− el envío, desde el centro, de algún “muralista misionero” que se ocupara de representar su versión de la historia tlaxcalteca en el Palacio de Gobierno de la ciudad de Tlaxcala. Entre los pintores que durante la pasada centuria fueron enviados desde la capital mexicana a otras entidades federativas destaca el caso de Jorge González Camarena (1908-1980, jalisciense que vivió desde la edad de 10 años y hasta su muerte en la capital mexicana), pues le fue encomendada obra para los estados de Chihuahua, Coahuila, Hidalgo, Morelos, Nuevo León y Veracruz, así como para la capital del país, y sorprende el caso de Arturo García Bustos (1926-2017, uno de Los Fridos, nacido en el entonces denominado Distrito Federal, donde siempre tuvo su residencia), quien en los años 80 del siglo pasado realizó obras murales en el Palacio de Gobierno del Estado de Oaxaca. En contraste, existe obra mural de la autoría del maestro Desiderio no únicamente en Tlaxcala y en Puebla, sino asimismo en el estado de Tamaulipas y en la Ciudad de México.

 

 

Fue en las condiciones mencionadas que Desiderio Hernández Xochitiotzin −con el entusiasta impulso de Miguel N. Lira (1905-1961)− tomó una decisión inédita al asumir el compromiso de pintar, en gran formato, la historia en imágenes de Tlaxcala en los muros del Palacio de Gobierno de la capital tlaxcalteca, labor de la que se ocuparía de 1957 a 1968, de 1987 a 1988, de 1990 a 1995, y dirigiendo a su hijo Cuahutlatohuac en 2000 y 2001, lapsos a los que se suman los largos periodos durante los cuales se dedicó a la minuciosa investigación histórica como etapa preparatoria para la realización de estas obras murales de su autoría. Algo que se sabe que el maestro Desiderio cuidó sobremanera fue su intención por conducirse con objetividad en cuanto a su interpretación de los datos históricos a los que tuvo acceso mediante fuentes documentales y bibliohemerográficas, así como su preocupación por apegarse lo más posible a la verdad histórica[6]. Por fortuna, él logró estos propósitos, como puede advertirse al apreciar su magna obra mural, no obstante que me cuento entre quienes consideramos que la objetividad y la verdad histórica son ilusorias; o, lo que es lo mismo, no pueden tener existencia. La objetividad es un anhelo que encumbró el influyente positivismo decimonónico (tendencia del pensamiento que, en la actualidad y renovada, es la postpositivista) y que, en términos reales, resulta inalcanzable para la humanidad. Empero, reconozco que Hernández Xochitiotzin consiguió desembarazarse de cualesquiera sesgos subjetivistas al momento de acometer su labor. Por otra parte, en la teoría de la historia se discute si es posible o no conocer cualquier verdad histórica[7]. Apoyo la postura referente a que, si bien es cierto que llegar a tal verdad es un propósito imposible de obtener, es loable intentar una lectura de lo que se sabe de los acontecimientos del pasado que sea desprejuiciada y desapegada de la ideología predominante, en afán de brindar a amplios sectores de la sociedad una interpretación lo más cercana posible de los sucesos. Y sostengo que esto lo alcanzó, a plenitud, el maestro Desiderio.

 

 

El lugar privilegiado con el que cuenta nuestro homenajeado en la historia del arte mexicano deriva no únicamente de su espectacular obra muralística o de la pictórica en formato de caballete, sino de su enorme e infatigable capacidad para detectar sinnúmero de requerimientos culturales que apremiaban ser satisfechos en el tiempo y en el contexto en los que desarrolló su labor profesional y que fueron específicos de la tlaxcaltequidad, ante los que de inmediato ensayó satisfactores con los cuales cubrir tales necesidades y arribó a aquellos con los que logró saciarlos a plenitud. Para conseguir sus propósitos, Hernández Xochitiotzin se aproximó al mainstream nacional desde la óptica del arte popular: de ese que es generado por alguien que forma parte de una comunidad específica y que dirige su obra, primordialmente, a las demás personas que son parte de esa misma comunidad, así como a aquellas otras que en lo futuro lo serán: de la suya, de la tlaxcalteca, sin detrimento de que también alcance a otros públicos. De ahí la gran valía cultural de su obra. Pero, además, ¿cuál otra persona de entre las heroínas y los demiurgos del panteón artístico mexicano del siglo XX emprendió con éxito tantas vetas como las que él recorrió? El maestro Desiderio, amén de la pintura mural y de caballete practicó la arquitectura, la artesanía, el diseño gráfico, la cerámica arquitectónica, el dibujo (muchas veces a tinta), la escenografía, la estampa, la ilustración, el trabajo en madera torneada, la elaboración de mantas para campañas políticas, la numismática, la heráldica, la orfebrería, el repujado y cincelado en cobre, el vestuario para las artes escénicas y el vitral. Nuestro homenajeado fue escritor, orador y conferenciante, cronista de la ciudad de Tlaxcala desde 1984; historiador, etnógrafo e investigador, practicó el periodismo, se ocupó de la organización gremial del sector de las artes plásticas, fue docente universitario, animador y promotor cultural, defensor de los bienes arqueológicos, restaurador de obras arquitectónicas patrimoniales, servidor público en tanto que representante de la delegación del Instituto Nacional de Antropología e Historia con sede en Puebla durante 20 años y director fundador de la Pinacoteca de Tlaxcala; amén de lo anterior se ocupó de la preservación de las tradiciones religiosas populares (algunas de las cuales tienen raigambres en el México antiguo), así como del resguardo y apreciación del patrimonio cultural inmueble tlaxcalteca y poblano.

 

 

La contribución que nuestro homenajeado hiciera al impulso de la cultura artística mexicana es, por lo antes mencionado, muy elevada; empero, hasta el presente ésta ha sido inversamente proporcional al reconocimiento que se le hace, en los hechos, en las esferas del ámbito nacional. Sin que sea mi intención la de victimizarlo ni, menos todavía la de revictimizarlo, es innegable que esta realidad deriva, en parte, de los remanentes de la violencia estructural que padeció durante la época en la que tuvieron vigencia los nacionalismos mexicanos y que, ya para la segunda mitad del siglo pasado y pese a sus secuelas, él consiguió esquivar con gran éxito. Pero también procede de cierta intolerancia a la unicidad; a la singularidad, misma que está extendida en la sociedad mexicana y que, aunque resulte paradójico, permea asimismo al medio cultural de nuestro país no obstante que el desarrollo de la cultura artística únicamente es posible cuando se rompen reglas predominantes y se plantean nuevas, en tanto que ese desarrollo jamás podrá conseguirse mientras se acate la canónica preexistente. Y Hernández Xochitiotzin fue un profesional de las artes, las artesanías y los diseños impar que se apartó de aquellas normas que obstaculizaban su labor e implantó otras que no le resultaran perniciosas. Ante esta realidad alusiva a la puesta en valor de su trascendental aporte a la cultura artística de México, que a todas luces constituye un requerimiento cultural que ha de ser satisfecho en nuestro tiempo y en nuestro ámbito de acción, vislumbro dos vías que considero convergentes.

 

 

La primera, siguiendo los planteamientos de Luis González y González respecto a la microhistoria y a la historia matria[8], es la de realizar y publicar historias de las artes locales o zonales, e incluso de alguna ciudad, población o área en específico, pues la tendencia centrista de escribir una sola historia de todas las artes mexicanas generalmente conduce a elaborar una historia del arte de la Ciudad de México, con algunas esporádicas menciones de lo acontecido en otras entidades federativas, y esto solamente cuando conviene al apuntalamiento del mainstream nacional. Este ejercicio es urgente y fundamental, pues brindaría elementos irrefutables para reescribir esa historia de las artes mexicanas en la que se evidenciarían la riqueza y la diversidad de la producción y la distribución culturales en México. El proyecto editorial que impulsa la Fundación Desiderio Hernández Xochitiotzin contribuye en gran medida a conseguir este propósito de historiar desde Tlaxcala. La otra vía que distingo es la de incidir en la definición de las políticas públicas en materia de cultura artística de la federación (o sea del centro) hasta conseguir la atención a los múltiples casos de artistas que, como el maestro Desiderio, no se formaron profesionalmente en la capital del país y, aun cuando sí expusieron obras suyas en la Ciudad de México en varias ocasiones, no fueron integrantes de los cenáculos artísticos capitalinos −pese a que él fue miembro del Salón de la Plástica Mexicana, donde se conservan algunas impresiones gráficas de su autoría− ni sus obras forman parte de las colecciones más representativas del Estado mexicano no obstante que, amén de sus amplias contribuciones al desarrollo cultural de México ya mencionadas, sí se le enarbola como integrante de la segunda generación mexicana de muralistas al fresco.

 

 

En el centenario del nacimiento de Desiderio Hernández Xochitiotzin resulta primordial exhibir ampliamente su obra, así como incorporar ejemplos de su producción a los acervos de más instituciones museales mexicanas, como lo es el Museo Nacional de Arte (Munal) que, como casi todo lo que es denominado “nacional”, se encuentra en la Ciudad de México, pues obras de su autoría forman parte de las colecciones mexicanas del Museo Amparo (que es privado), del Museo Andrés Blaisten (que también es privado y no cuenta con una sede física, que sí tuvo), del Museo Nacional de la Muerte (que tiene su sede en la ciudad de Aguascalientes, depende de la Universidad Autónoma de ese estado y alberga la colección temática que reunió el grabador michoacano Octavio Bajonero (1940-2019), la cual está integrada por más de 2 mil piezas), de la Pinacoteca del Estado de Tlaxcala, que lleva su nombre, y (como ya lo mencioné) del Salón de la Plástica Mexicana; en tanto que fuera de México, se encuentran dentro de los acervos de los Museos Vaticanos, del Museo de Arte Moderno de la ciudad de Nueva York, así como del museo eclesial de Munébrega, España, pero no todavía del Munal o del Museo de Arte Moderno de nuestro país. Es por esta razón que celebro grandemente y suscribo con pleno convencimiento (como ya lo han hecho otras personas) la solicitud que el artista plástico Leopoldo Morales Praxedis hiciera por escrito en abril de 2021 a la Secretaría de Cultura del Gobierno de México y al Gobierno del Estado de Tlaxcala para que, con motivo de los cien años del nacimiento de Hernández Xochitiotzin se presente una exposición retrospectiva de su obra en la Sala Nacional del Museo del Palacio de Bellas Artes, misma que −apunto yo− con posterioridad debiera tener una itinerancia en sedes de otras entidades federativas y de otros países, y que habría de contar con un extenso catálogo editado ex profeso. La única manera como se consigue la justipreciación de las obras artísticas es la de ubicarlas al alcance de los públicos. No existe otra posibilidad. Por otra parte, para la museología actual, la definición de museos nacionales (como lo es el Munal) es la de “aquellas instituciones museísticas que exponen colecciones y contenidos que reivindican, articulan y representan valores, mitos, saberes y realidades dominantes en el plano nacional”[9]; es decir, en el caso de las artes mexicanas, de nuestro mainstream, del cual no formó ni forma parte la obra del maestro Desiderio. Pero esto no ha de constituir una fatalidad inmutable pues, por fortuna, para la museología contemporánea el futuro de estos museos nacionales “debe hacerse a partir del respeto fundamental por la diversidad cultural”[10]. La oportunidad que presenta la circunstancia del centenario de Hernández Xochitiotzin es invaluable para que se adquiera obra suya que pase a formar parte del acervo del Munal y que se exponga en sus salas. Es tiempo de hacerlo y es tiempo de reconocer, a la vez que es momento de celebrar, el lugar privilegiado que Desiderio Hernández Xochitiotzin alcanzó con su obra en la historia del arte mexicano.

 

 

 

 

[1] Rafael García Sánchez, “’El Lienzo de Tlaxcala’ epopeya pincelada de nobleza y lealtad. La obra pictorgáfica de un muralista: Rafael Hernández Maldonado”, revista cultural Maxixcatzin, año V, número 27, Tlaxcala de Xicohténcatl, mayo-junio, 2006, pp. 1 y 109-113.

[2] Colectivo en el que, amén de Ramírez Osorio, participaron Rosa Álvarez, Manuel Escobar, Elías Juárez y Ramón Pablo Loreto.

[3] “Entrevista a João Cabral de Melo Neto (Brasil)”, revista literaria Taller Ígitur, 10 de octubre, 2021, <Entrevista a João Cabral de Melo Neto (Brasil). Por Antonio Carlos Secchin (Río de Janeiro) – Taller Igitur>.

[4] Véase al respecto la conferencia magistral que el maestro Desiderio Hernández Xochitiotzin dictara durante las XIII Jornadas sobre la identidad del noroeste en la capital del estado de Nuevo León el 8 de agosto de 1997. “Conferencia Magistral del Cronista Desiderio Hernández Xochitiotzin ‘La emigración de los tlaxcaltecas, simiente de la colonización de Aridamérica’”, La Tlaxcaltequidad: XIII Jornadas sobre la identidad del noreste, México, gobierno del estado de Tlaxcala, 1998, pp. 21-26.

[5] Véase Patricia Galeana, coord., Secularización del Estado y la sociedad, México, Siglo XXI-Senado de la República, 2010.

[6] En la ya citada conferencia magistral que Hernández Xochitiotzin dictara como parte de las XIII Jornadas sobre la identidad del noroeste, en la ciudad de Monterrey en 1997, se refiere a ese afán suyo por alcanzar la verdad histórica.

[7] Adam Schaff, Historia y verdad, México, Grijalbo, 1974.

[8] Luis González y González, Invitación a la microhistoria, México, Fondo de Cultura Económica, 1986.

[9] “Qué es un Museo Nacional”, EVE Museos+Innovación, 6 de enero de 2022, <Qué es un Museo Nacional – EVE Museos+Innovación (evemuseografia.com)>.

[10] Ibidem.

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