Conaculta Inba
Imagen 4. Olga Costa. Fondo Fotográfico CENIDIAP /INBAL. Biblioteca de las Artes /Fondos Especiales

Mujeres en el arte mexicano. Tres incursiones en el muralismo

Posted on 4 septiembre, 2023

Lorena Zamora

 

Introducción

 

Ser parte del movimiento muralista en las primeras décadas del siglo XX no fue una tarea fácil para las mujeres. Había que romper con la marginación social asimilada por largos años y enfrentarse a la competitividad con los pintores. Las artistas, a pesar de que ya por los años treinta y cuarenta gozaban de una conciencia social y política, no dejaron de ser consideradas seres frágiles sin suficiente capacidad intelectual, artística y física como para pretender subir a los andamios y desarrollar temas grandilocuentes como los realizados por los pintores en espacios como la Escuela Nacional Preparatoria o en los pasillos de la Secretaría de Educación Pública en la Ciudad de México.

 

La incursión de las mujeres en el terreno del arte y la cultura a principios del siglo XX surgió en circunstancias desfavorables, pues la sociedad continuaba privilegiando el desempeño masculino. No obstante, iniciaron la aventura de participar en ese espacio del que habían sido excluidas, (…) El escenario donde comenzaron a hacer acto de presencia intentaba conciliar la realización de proyectos nacionalistas en busca de una nueva identidad para el México posrevolucionario.[1]

 

Fue en el año de 1930 cuando por primera vez una mujer participó en la ejecución de un mural: Isabel Villaseñor, al lado del pintor Alfredo Zalce, que en conjunto realizaron un fresco en una escuela primaria del Estado de México. A partir de este momento, la participación de las mujeres artistas en el terreno del muralismo comenzó a ser más activa.

 

Es importante mencionar que, tanto Frida Kahlo y María Izquierdo han gozado de un reconocimiento particular como figuras femeninas destacadas en la historiografía del arte, no obstante, es interés de este texto revisar el trabajo de otras mujeres que las acompañaron en el camino y que construyeron propuestas alrededor del muralismo mexicano, a través de la denuncia social y política. [2]

 

Así, en 1933 las hermanas Grace y Marion Greenwood -de origen norteamericano y discípulas de Diego Rivera en los Estados Unidos- pintaron murales por separado en el Museo Michoacano y en la Universidad del Estado de Michoacán y, dos años más tarde, en el Mercado Abelardo Rodríguez de la Ciudad de México.[3]

 

Por su parte, en 1936 Aurora Reyes pintó un mural cargado de dramatismo con el tema Atentado a los maestros rurales en el Centro Escolar Revolucionario de la Ciudad de México, en el cual denuncia la violencia que las maestras rurales sufrieron durante esa época.

 

Imagen 2. Aurora Reyes. Fondo fotográfico CENIDIAP /INBAL. Biblioteca de las Artes /Fondos Especiales

Imagen 2. Olga Costa. Fondo fotográfico CENIDIAP /INBAL. Biblioteca de las Artes /Fondos Especiales

 

 

Otros ejemplos los encontramos en Angelina Beloff, quien elaboró dos propuestas de gran formato, una para el Hospital Infantil de México (1945) y otra para una residencia particular en la ciudad de Guadalajara, Jalisco. Así como en Violet Goodman, que incursionó en esta técnica en 1948, y plasmó su propuesta en una posada de la Ciudad de México. Rina Lazo, en 1949, pintó al temple en la Logia masónica del Valle de México y en una escuela primaria de Temixco en el Estado de Morelos, y finalmente Fanny Rabel en 1945, pintó un fresco para la Imprenta Artgraph en Coyoacán, en la Ciudad de México. Los temas que abordaron corresponden a contenido tanto social como histórico o cívico además de otros tópicos como la educación, la relación del hombre con la naturaleza, con la cultura y con la religión, a partir de lenguajes plásticos personales y distintivos que evidenciaban su evolución como artistas y el paulatino distanciamiento del esteticismo de sus maestros.

 

A partir de los años cincuenta pintoras como Olga Costa, Esther Luz Guzmán, María Elena Delgado, Giulia Cardinali, Kitzia Hofmann, Elena Huerta, María Teresa Méndez, Elvira Gascón, Sara Jiménez y Mariana Yampolsky, entre muchas otras, incursionaron también en el terreno de la obra monumental. Muchas de ellas realizaron más de una obra y los espacios a los que tuvieron acceso -tanto en provincia como en la Ciudad de México y algunas hasta en el extranjero- fueron escuelas, residencias particulares, iglesias, pabellones culturales, hospitales y centros recreativos.[4] Poco a poco se les asignaros lugares de mayor relevancia como universidades, museos e instituciones oficiales como el Museo Nacional de Antropología o el Registro Público de la Propiedad y el Comercio, entre otros. Cabe hacer notar que estas mujeres no solo se enfocaron a la ejecución de murales; también realizaron obras de caballete, grabado, escultura o fotografía, disciplinas con las que lograron destacar y forjar trayectorias sólidas con gran reconocimiento.

 

Como podemos apreciar, el muralismo no ha sido un campo privilegiado para los pintores; el hecho es que la obra de éstos ha sido estudiada con mayor detenimiento. Por ello, se puede afirmar que en las enciclopedias del Arte Mexicano existe un vacío que debería subsanarse al incluir un capítulo dedicado también a la producción mural femenina para que esa historia esté completa.

 

En este sentido, en las siguientes líneas se aborda y reflexiona sobre la trayectoria de tres artistas cuyas propuestas son fundamentales para construir nuevas lecturas dentro de la historiografía del arte mexicano. Asimismo, se recupera material fotográfico de los acervos que resguarda el CENIDIAP, fundamentales para la investigación de las mujeres artistas en este campo.

 

 

Aurora Reyes

 

Aurora Reyes es reconocida como la primera muralista mexicana por el fresco que pintó en 1936. Reyes tuvo la peculiaridad de no haber participado ni como alumna ni como ayudante en algún equipo de muralistas. Atentado a los maestros, es el título de la obra donde abordó el tema de la persecución de los maestros rurales por los enemigos de la educación socialista, un reflejo de los acontecimientos de aquellos años, ya que denunciaba las consecuencias trágicas que ocurrieron después de la reforma hecha en 1934 al artículo 3º Constitucional, en la cual se decretaba que la educación impartida por el Estado Mexicano sería socialista y además excluía la imposición de cualquier doctrina religiosa, reformas acordes a la política cardenista que pretendía reivindicar la ideología revolucionaria.

 

Aurora Reyes, además de pintora, destacó como poetisa entre el gremio femenino. Su trayectoria abarcó una intensa participación en asociaciones de artistas y sindicales y, sobre todo, en organizaciones feministas que comenzaban a manifestarse en su lucha por la reivindicación de los derechos de las mujeres.

 

Fanny Rabel

 

Nacida en Polonia en 1922, creció al abrigo de padres y abuelos actores errantes pioneros del teatro judío en Europa. El escenario familiar de su niñez se mezcló con los escenarios teatrales fundiendo su fantasía infantil con las fantasías teatrales en una sola. En el año de 1937, la familia se trasladó a la Ciudad de México. Fanny llegó a un México invadido por el espíritu reivindicativo de un pueblo sojuzgado, en el que artistas e intelectuales se sentían unidos al pueblo, a sus costumbres, a sus colores, olores y sabores; se hacían escuchar ecos de un arte nacionalista, como tribuna pública y al servicio del pueblo.

 

El ambiente cultural y social en que se encontraba nuestro país fue la tierra fecunda que hizo germinar la vocación de esta artista. En el año de 1939 ingresó a la Escuela Nocturna de Arte núm. 1 para Trabajadores, donde tomó clases de dibujo. Para entonces, el muralismo mexicano era ya un movimiento artístico reconocido internacionalmente. Su interés por entenderlo y aprenderlo la llevó a integrarse como aprendiz del pintor David Alfaro Siqueiros.

 

Ingresó a la Escuela de Pintura y Escultura La Esmeralda, donde realizó estudios formales de pintura de 1940 a 1945; entre sus maestros se encontraban Frida Kahlo y Diego Rivera y otros reconocidos artistas. Kahlo fue quien la inició en la pintura mural ya que, como parte de las actividades académicas en colaboración con otros compañeros y bajo la dirección de la maestra, en 1943 pintaron un pequeño mural en una pulquería conocida como “La Rosita” en el barrio de Coyoacán, actualmente desaparecida. Posteriormente, Fanny pintó de manera individual varios murales de pequeño, mediano y gran formato.

 

Imagen 3. De derecha a izquierda: Fanny Rabel y Leopoldo Méndez López tomando apuntes FONDO LEOPOLDO MENDEZ CENIDIAP / INBAL

Imagen 3. De derecha a izquierda: Fanny Rabel y Leopoldo Méndez López tomando apuntes FONDO LEOPOLDO MENDEZ CENIDIAP / INBAL

 

 

En el año de 1956 se sumó a la labor de numerosos artistas que fueron designados para pintar murales con diversos temas en el Museo Nacional de Antropología e Historia.  Ronda en el tiempo, es el título de su obra. En ésta, representa el mestizaje, a través de diferentes personajes infantiles tomados de las manos. La riqueza del colorido, el logro compositivo y la buena factura de su realización destacan a la vista. [5]

 

Rabel también se identificó con los principio solidarios, humanos y revolucionarios de la actividad gráfica y combativa del Taller de Gráfica Popular. En 1950 se unió a las filas del Taller y desarrolló una amplia producción gráfica a lo largo de 15 años. La ternura invadió sus cuadros, las atmósferas nostálgicas y a veces tristes de sus primeras obras captaron con fidelidad la calidez del espíritu profundo y silencioso de los hombres humildes, de la gente común. Frida Kahlo escribió sobre sus primeras obras:

 

“Fanny Rabel pinta como vive, con un enorme valor, inteligencia y sensibilidad agudas, con todo el amor y la alegría que le dan sus veinte años. Pero lo que yo juzgo más interesante en su pintura es la raíz profunda que la liga a la tradición y a la fuerza de su pueblo. No es una pintura personalista sino social. La preocupan fundamentalmente los problemas de clase, y ha observado con una madurez excepcional, el carácter y el estilo de sus modelos, dándoles siempre una viva emoción. Todo esto, sin pretensiones, y llena de feminidad y finura, que la hacen tan completa”.[6]

 

Sus exposiciones eran fruto de reflexiones muy particulares e intimas, aspecto que se puede notar desde los títulos de las mismas: La soledad, Las prisiones del hombre, Los atrapados, Los sociales, Del tiempo, Réquiem por una ciudad, Del teatro, La imagen y el sentimiento… En ellas buscó acercarse a un tiempo más contemporáneo experimentando con el espacio, la composición, los materiales y las formas.

 

A propósito de la exposición La soledad (1962) José de Santiago Silva acudió a un escrito de la propia artista:

 

“Muchos dioses se derrumban en el curso de una vida: los padres que van haciéndose pequeñitos mientras uno crece; las convicciones que son de roca primero y que se nos hacen de polvo después, entre las manos; los amores que se agotan, los odios que se apagan, los hijos que se van… toda nuestra vida luchamos contra la soledad. A veces logramos vencerla verdaderamente: cuando nos perdemos a nosotros mismos en el fuego de las grandes causas, entre las multitudes poseídas de un mismo impulso, o en la solidaridad fraternal, frente a los grandes peligros. En la amistad, en el amor… existen, sí, los momentos de creación cuando de la soledad surge la plenitud. Y aquellos otros en que la comunión con otro ser es tan completa que naufragamos en un mar alucinante donde no hay soledad. Y la hora en que creamos una nueva vida y sentimos que nunca, jamás volveremos a estar solos. Pero son momentos tan sólo fugaces, en una vida donde los seres humanos se buscan a tientas, ansiándose y destruyéndose a un tiempo; donde murallas nos alejan a unos de otros, y en esa lucha queda únicamente, al final del camino, una compañera: la soledad”. [7]

 

A lo largo de su trayectoria, Fanny Rabel formó parte de importantes agrupaciones artísticas como el Taller de Gráfica Popular (TGP) y Miembro fundador de la Sociedad para el Impulso de las Artes Plásticas (SIAP), del Salón de la Plástica Mexicana (SPM-INBA) y del Frente Nacional de Artes Plásticas (FNAP). Su producción ha sido ampliamente reconocida. Existen obras de esta artista en colecciones de Museos y Bibliotecas en México, Estados Unidos, Centroamérica, Asia, Europa y el Cercano Oriente.

 

Olga Costa

 

De origen alemán, Olga Kostakowsky Fabricant llegó a México a mediados de los años veinte del siglo pasado y adoptó el nombre de Olga Costa. Inició estudios de canto y piano, durante su adolescencia, mismos que abandonó al poco tiempo cuando se despertó en ella un gusto especial por la pintura. Así, en 1933, ingresó a la Academia de San Carlos sin tener conocimiento alguno sobre la materia y en el corto lapso de su permanencia tuvo como maestro de pintura a Carlos Mérida y aprendió la técnica de litografía con el grabador Emilio Armero.

 

Su trayectoria artística la inició al lado de su esposo y compañero de toda la vida, el también pintor José Chávez Morado. La convivencia profesional entre ambos, basada primordialmente en el respeto y apoyo mutuos, permitió y generó la proyección individual de sus propias expectativas y particulares senderos plásticos. Chávez Morado, se expresó de ella con estas palabras: “… era una mujer espontánea a la que a veces le sugería cuando algo se le atoraba […] nunca nos hemos invadido, nunca hemos sentido la competencia profesional […] yo creo que nos hemos servido mucho el uno al otro, yo no sería lo que soy sin Olga.”[8]

 

 

Imagen 4. Olga Costa. Fondo Fotográfico CENIDIAP /INBAL. Biblioteca de las Artes /Fondos Especiales

Imagen 4. Olga Costa. Fondo Fotográfico CENIDIAP /INBAL. Biblioteca de las Artes /Fondos Especiales

 

 

En un viaje que ambos hicieron a Xalapa en 1936, en compañía de los artistas Francisco Gutiérrez y Feliciano Peña, Olga comenzó a pintar sin pretensión alguna y durante el tiempo que duró su estancia realizó principalmente pequeños gouaches.

 

A su regreso a la Ciudad de México realizó su primer óleo titulado Bañistas, una composición sencilla, a partir de un dibujo de figuras humanas y elementos formales con un trazo ingenuo utilizando colores muy elementales. En sus primeras obras puede apreciarse la constante de un dibujo sin exigencias rigurosas y la libertad del uso del color, así como un claro distanciamiento frente a las tendencias artísticas de esa época. Los objetos, elementos vegetales y figuras humanas son reconocibles sin intenciones de reproducir con estricto realismo.

 

La espontaneidad que concedía a su labor, sobre todo en la aplicación del color, con el tiempo fue evolucionando hasta alcanzar la riqueza cromática con la que recreó ambientes festivos, nostálgicos y poéticos. En esta época comenzó a utilizar como modelos a la gente del pueblo, y a realizar desnudos, también se dieron sus primeros acercamientos con las naturalezas muertas, bodegones y al paisaje, además de que el manejo pictórico fue adquiriendo matices y las composiciones se iban transformado con la inclusión de más elementos.

Algunas obras, como La chimenea, de 1941, el dibujo, aunque un tanto elemental, es más preciso en la definición de las formas. Se trata de un paisaje donde la aplicación del color en las montañas las hace ver aún un poco planas a diferencia de los elementos del primer plano en los que ya aparecen tonalidades que recrean sensación de volumen.

 

A pesar de que la artista no mostró interés por seguir las tendencias de la época, hay opiniones sobre algunas obras que parecen denotar formas expresivas asociadas a la vertiente figurativa del realismo mexicano de la Escuela Mexicana de Pintura; tal es el caso de cuadros como La novia, de 1941, La niña del gato, de 1943 y aún de años posteriores como en Hermanitos, de 1950, Peregrinos, de 1958 y Danzante, de 1963, entre otros.

 

Olga Costa también incursionó en la ejecución del retrato, mayormente con modelos femeninos. El Retrato de doña Luz Morado, de 1941, muestra la evolución de su técnica dibujística, así como en la aplicación del color, un realismo derivado del trabajo meticuloso y de la atención al detalle que dio como resultado la verosimilitud del personaje.

 

El paisaje, las flores, los jardines, y las naturalezas muertas son quizá los temas más conocidos y representativos de la obra de Olga Costa. El paisaje aparece desde sus obras tempranas con la sencillez, inocencia y espontaneidad que entonces le caracterizaban. Con el tiempo comenzó a estructurar los espacios y a definir el colorido con una percepción diferente como se puede apreciar en el cuadro La valenciana, de 1955, en el que resolvió la arquitectura con volúmenes geométricos y colores ocres en diferentes tonalidades. Al paso de los años los paisajes se iluminarían con una enorme riqueza pictórica siempre vibrante y contrastante sumada a la armonía que lograba en la estructura de sus composiciones.

 

Las flores, las frutas, los jardines o las plantas silvestres que aparecen como tema principal o como recurso decorativo para enaltecer a los personajes de muchos retratos, son trabajados con tal minuciosidad en los detalles y delicadeza en el manejo del pincel para lograr una armonía cromática que consigue transmitir en cada imagen emociones festivas o nostálgicas gracias a la sensibilidad que la artista dejó plasmada en cada trazo y pincelada de sus creaciones.

 

En 2013 se cumplieron veinte años del fallecimiento de Olga Costa, motivo por el cual el Museo del Palacio de Bellas Artes presentó una exposición homenaje que se tituló: Olga Costa Apuntes de Naturaleza Muerta, la cuál reunió gran parte de su trabajo. Sin duda, representó un gran paso en el estudio de su obra. Sin embargo, sigue quedando la tarea pendiente de profundizar en el estudio de sus ideas y propuesta estética en el terreno del arte mexicano.

 

“Restituir a las mujeres su propia historia, desde una óptica que evalúe su presencia, su importancia y significado en una sociedad y en un momento determinado”, ha sido una de las vertientes que se ha generado en el siglo XX a partir de la revisión de los acontecimientos históricos de la humanidad. Esto ha suscitado una nueva apreciación de la participación femenina dentro del discurso conocido, otorgándole una perspectiva como sujeto histórico, como actor social y participativo. Dentro de los parámetros de las “artes cultas” o “bellas artes” del escenario mexicano, en lo que respecta al ejercicio expresivo del género femenino, se ha comenzado a redactar una crónica en la que poco a poco han ido emergiendo personajes de trascendencia particular, como los que se presentan en esta entrega.

 

 

 

[1] Lorena Zamora, El desnudo femenino. Una visión de lo propio. México. CONACULTA/INBA/CENIDIAP, 2000, P. 25.

[2] Rev. Lorena Zamora, Op. cit. p. 27

[3] Al observar las obras de las hermanas Greenwood se hace evidente una fuerte influencia del lenguaje formal y de la estructura compositiva de Diego Rivera que mantuvieron durante muchos años.

[4] Sin embargo, no hay un registro visual de la totalidad de estas obras porque un número considerable de ellas han desaparecido

[5] En 1957 también realizó otro mural, que es el de mayores dimensiones, y data de 1957 para el Centro Deportivo Israelita: Sobrevivencia de un pueblo en el que representa una historia antológica del pueblo judío

[6] Frida Kahlo. Catálogo: Exposición de pinturas y dibujos de Fanny Rabinovich, Liga Popular Israelita, México, D.F., agosto de 1945.

 

[7] José de Santiago Silva. Catálogo de exposición Fanny Rabel. 50 años de producción artística. Exposición retrospectiva, Museo del Palacio de Bellas Artes, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Instituto Nacional de Bellas Artes, México, D.F., octubre, 1993.

 

[8] Margo Glantz. “Los cuadros en el portal, recuerdos de juventud”, en México en el arte, núm. 1, nueva época, verano de 1983, INBA, Cultura, SEP, p. 12.

 

 

 

Escribe el primer comentario

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *