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Marion Greenwood

Mujeres en los andamios. Logros y vicisitudes de la mujer en el arte monumental

Posted on 3 diciembre, 2018 by cenidiap

Guillermina Guadarrama Peña
 
 
En el mundo del arte, como en otros campos del conocimiento, la mujer ha tenido que enfrentar el machismo y la misoginia. En muchas ocasiones su producción ha sido invisibilizada por colegas varones, críticos y el mercado, que preferían y al parecer siguen prefiriendo la obra hecha por los hombres, a la que le adjudican mayor profesionalismo.
 
 
Los múltiples movimientos feministas y por los derechos de las mujeres en todos los rubros de la actividad humana, incluyendo los derechos civiles, han permitido leves avances en la igualdad entre los géneros, y que algunos hombres sumen a mujeres en sus clubes de Toby, aunque esto último generalmente sucede porque la integrante femenina es novia, compañera o esposa de uno de los miembros del colectivo. Los movimientos feministas, iniciados hace muchos años, también han permitido que se empiece a abandonar el papel de mujer eunuco, como califica Germaine Greer(1) a las que aún no toman su libertad y siguen sometidas, inhibidas, cargando con todo tipo de prejuicios impuestos por la sociedad patriarcal y la religión.
 
 
La primera institución que aceptó a mujeres como artistas profesionales fue la Academia de San Lucas, Francia, en 1773, aunque el número que ingresó fue mínimo. Esto duró poco tiempo, ya que se redujo su ingreso a sólo cuatro mujeres con el pretexto de que si había más se volvería un aquelarre; es decir, se calificaba a las mujeres como brujas. Paradójicamente, tras la Revolución francesa se dejaron de admitir mujeres a pesar de la activa participación femenina en el movimiento.(2) 
 
En México, y tal vez en América Latina, el proceso hacia la liberación ha sido más lento. La Escuela Nacional de Bellas Artes de México comenzó a admitir alumnas mujeres hasta finales del siglo XIX —antes acudían a estudios particulares—, pero fueron excluidas de ciertas clases como la de dibujo al desnudo aunque las modelos fueran también mujeres. Esto motivó desconocimiento de anatomía, por lo que la mayoría se dedicaba a pintar bodegones, flores, temas que se consideraban femeninos, y en ocasiones retratos o efigies vestidas.
 
 
Encima de esto, en México la actividad artística femenina quedó invisibilizada durante muchos años porque los críticos de arte eran hombres y no la consideraban profesional. Hacerlas visibles hoy es una tarea muy compleja porque en su descendencia sólo permanece el apellido paterno, que luego se pierde. Sobre muchas nunca se sabrá. De las que se pueden seguir pistas es porque usaron su apellido de casada con personajes de alcurnia como Susana Elguero Pérez Palacios de García Pimentel, o fueron esposas de artistas como Paz Eguía Liz Salt de Pina, o hermanas de un artista como Clara Arguelles Bringas, o hijas de un creador como Guadalupe Velasco.(3) Lo que sí podían hacer junto con sus compañeros era exponer en las muestras anuales de la Escuela Nacional de Bellas Artes (ENBA), como puede verse en los catálogos de la época, incluso si no estudiaban en esa escuela.
 
 
Con la llegada de Alfredo Ramos Martínez como director de la ENBA en plena Revolución se formaron grupos mixtos tanto en la escuela como en su extensión académica, la primera Escuela de Pintura al Aire Libre. No obstante, la asistencia femenina seguía siendo menor a la masculina. Esa apertura al parecer no fue del agrado de los varones —futuros conocidos y venerados artistas—, que las agredían incluso físicamente, como narraron Rosario Cabrera y María Izquierdo.(4)
 
 
Tras la Revolución la situación apenas se modificó. Las alumnas empezaron a ser contratadas como maestras de dibujo en el sistema de educación básica y en las escuelas de pintura al aire libre, algo que también sucedió con los hombres. Eso las ponía en igualdad de circunstancias, incluso Cabrera llegó a ser directora de la Escuela al Aire Libre de Cholula, aunque ninguna mujer llegó a dirigir la ENBA. Cabrera se dedicó a la enseñanza, otra parte de su tiempo la ocupaba en cuidar hijos y, tal como la sociedad requería, a “atender” al marido, lo que le dejaba poco tiempo para la creación. Izquierdo también fue maestra de dibujo en educación básica, además de dedicar tiempo para realizar su obra y cuidar a sus hijos, aunque se benefició de que el mercado del arte se estaba fortaleciendo.
 
 
La ruta fue más complicada para las artistas que querían dedicarse al arte monumental, llámese mural o escultura, en la primera mitad del siglo XX. Se les consideraba trabajos demasiado rudos para el denominado sexo débil, lo mismo que sucedía con todas las profesiones que los hombres se habían reservado como exclusivas, pero en la actualidad se está demostrando que las mujeres también las pueden realizar, logros que han obtenido gracias a los movimientos por sus derechos. No obstante, no dejan de ser criticadas, vituperadas y culpabilizadas por una sociedad machista y misógina que no acaba de irse.
 
 
Las mexicanas pudieron subirse a los andamios hasta la tercera década del siglo pasado. Este retraso temporal tiene que ver, sin duda, con la educación machista que se genera y promueve desde el hogar, lo que provoca sumisión, categoriza a la mujer como objeto y señala que su único destino es casarse, tener hijos y cuidar a su familia mientras que los hombres pueden andar libres por la vida, aunque por fortuna cada vez sucede menos. La tardía subida al andamio no solamente se trataba de un asunto de género, al parecer también tenía que ver con misoginia, racismo, cuestiones ideológicas y relaciones sociales.
 
 
En la historia del muralismo mexicano el trabajo femenino ha sido pocas veces mencionado; muy pocas mujeres aparecen como autoras, otras formaron parte de un equipo de trabajo varonil que las ignoraba, y tal vez de muchas más jamás se sepa su participación. Las primeras muralistas en México que se conocen fueron dos estadunidenses (década de 1930), y también son estadunidenses las que primero pudieron subirse a los andamios en 1929 como ayudantes de Diego Rivera: Ione Robinson, Zohma Day y Maxine Albro, que llegaron a México atraídas por el gran arte.
 
 
Puede pensarse que debido al racismo y la discriminación Rivera aceptó sólo a extranjeras en su equipo, sin embargo se desconoce si alguna pintora mexicana quería o solicitó subirse a los andamios. Las futuras muralistas Aurora Reyes y María Izquierdo se dedicaban a dar clases de dibujo en las escuelas de enseñanza básica, y Elena Huerta arribó a la Ciudad de México desde su natal Saltillo hasta 1930. Así que las estadunidenses tenían el campo libre para trabajar en el arte mural. Robinson, Day y Albro se atrevieron a viajar solas a un país considerado peligroso para subirse a los andamios en Palacio Nacional. A pesar de ser desinhibidas y liberales se asumieron como ayudantes de Rivera y pintaron a la sombra de este artista, sobre todo Robinson, integrante o simpatizante del Partido Comunista de Estados Unidos, quién quedó a cargo del mural cuando Rivera se fue a la Unión Soviética para la celebración del aniversario de la revolución de octubre. No se conoce obra mural propia de Robinson. Por su condición femenina las tres fueron presas del acoso de funcionarios de Palacio Nacional y del machismo que se escandalizaba de verlas con overol de mezclilla, vestimenta propia de los obreros. De ellas, sólo Albro hizo murales propios de vuelta en su país.
 
 
En la siguiente década llegaron otras estadunidenses, quizás impulsadas por la primera ola feminista en Estados Unidos. Marion Greenwood arribó a México en 1932 en compañía de los esposos Herrman Herbst. A sugerencia de su amigo Pablo O’Higgins fue a Taxco, donde realizó su primer mural en el hotel El Taxqueño, cuyo dueño era también estadunidense(5) Se convirtió así en la primera muralista en México. Taxco estaba en el camino a Acapulco, entonces meca del turismo. Es pertinente decir que el fresco que pintó implicaba una serie de trabajos técnicos muy pesados, enseñados por O’Higgins, quien colaboró con ella, así como Ramón Alva Guadarrama.(6)
 
 
En 1933 arribó Ryah Ludins a Morelia, Michoacán, donde se encontraba Greenwood. Ambas fueron contratadas por el rector de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo para pintar murales como parte de su proyecto cultural que abarcaba varias disciplinas. Greenwood lo hizo en las instalaciones de la universidad y Ludins en el Museo Regional. Greenwood contó nuevamente con el apoyo de O’Higgins, y se desconoce si el pintor le dio el mismo apoyo a Ludins o ella tuvo otros asistentes. La hermana de Greenwood, Grace, llegó por esa época a Morelia y también pintó un mural en el museo con la técnica del fresco que le enseñó su hermana.
 
 
La hostilidad y acoso hacia las tres fue mayor que la que sufrieron Robinson y compañeras en Palacio Nacional, tal vez porque la sociedad michoacana es más conservadora que la sociedad capitalina, y no soportaban mujeres vestidas de overol, subiendo y bajando andamios y haciendo trabajo que desde su visión sólo era para hombres.
 
 
Las Greenwood continuaron su producción mural en la Ciudad de México, no como asistentes, sino haciendo su propio mural en el Mercado Abelardo L. Rodriguez. Para Marion se trataba de su tercer mural en México, para Grace el segundo. Ser amigas de Pablo O’Higgins, un muralista conocido que las acompañó en esta aventura, sobre todo a Marion, fue una ventaja que tuvieron en un país racista y sexista; su postura liberal también las ayudó, además de que eran forasteras y guapas, algo que Grace consideraba tanto un estorbo como una fuerza liberadora.
 
 
Los temas abordados en el Mercado versaron sobre la explotación y las luchas de obreros y campesinos, lógicos en una época en que se impartía la “educación socialista”, aunque un tanto ajenas para ellas supieron abordarlas. Marion y Ryah Lundis continuaron pintando murales en su país dentro del programa de la Federal Art Proyect.
 
 
¿Y las mexicanas cuándo subieron a los andamios? Como se ha visto, la sociedad patriarcal, machista y conservadora hacía poco posible que fueran aceptadas. Isabel Villaseñor fue la primera, pero sólo cómo colaboradora de Alfredo Zalce en un mural que realizaron durante las misiones culturales. La segunda, más liberal y desinhibida, fue Aurora Reyes, quien pintó en el Centro Escolar Revolución y de esta forma se convirtió en la primera muralista mexicana. No fue fácil, pero su carácter rebelde ayudó. Desde que ingresó a la Escuela Nacional de Bellas Artes en 1922 se diferenciaba de sus compañeras, que eran calificadas como “señoritas decentes” y academicistas.(7) Era miembro del Partido Comunista Mexicano (PCM), de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR) y profesora de dibujo en las escuelas de educación básica desde 1927, por lo que conoció la convocatoria que lanzó esta organización para realizar murales en el Centro Escolar Revolución.
 
 
El tema que abordó no podía ser otro que la persecución y ataque a los maestras rurales por impartir la llamada educación socialista que el artículo 3 de la Constitución decía: “La educación que imparta el Estado será socialista, y además de excluir toda doctrina religiosa combatirá el fanatismo y los prejuicios”. El tema era importante, y no se trató de algo decorativo, sino de denuncia. A pesar de todo esto tuvieron que pasar casi veinte años para que pudiera llevar a cabo su segunda obra monumental.
 
 
No todas las militantes del PCM tenían esa oportunidad. Elena Huerta, que era de la misma edad de Aurora, también profesora, activista y concuña de Siqueiros, pintó su primer mural hasta la década de 1950. Tal vez no lo buscó, ni lo peleó en los años treinta como sí lo hizo Aurora Reyes. Huerta fue más sumisa a pesar de todo su activismo político: se dedicó al teatro guiñol, la crianza de sus tres hijos y la atención a un marido desobligado.
 
 
María Izquierdo hubiera sido la tercera muralista pero no la dejaron. En 1945 firmó un contrato con el jefe del Departamento del Distrito Federal (DDF) para pintar en el edificio de la dependencia, la cual pidió a Siqueiros y Rivera una dictaminación sobre la pintora; los dos muralistas concluyeron que María no sabía pintar arte monumental, por lo que le fue revocado el contrato. Ella, una mujer fuerte, peleó contra esa decisión, pero el veredicto era inapelable. No cejó en su empeño y logró realizar su obra en la Basílica de la Virgen de San Juan de los Lagos, Jalisco.(8)
 
 
Aurora Reyes nunca mencionó acoso cuando se subió al andamio, al menos nunca lo dijo, pero en el caso de Izquierdo sí hubo discriminación y misoginia a pesar de su espíritu indomable y de conciencia. Eran feministas, como se muestra su participación en la Primera exposición colectiva de carteles y fotomontajes en 1935, en la ex iglesia de Corpus Christi, importante para el discurso femenino político.(9)
 
 
La escasez de mujeres en el muralismo en esa época se debe, además de las razones que se han mencionado, a que la mayoría se asumió como mujeres eunuco: no asumían su libertad de ser con la pasión, dignidad e integridad que constituye la condición de persona. Pesaba también que el arte de los muros se consideraba asunto de hombres ya que la mujer era catalogada como el sexo débil, debido a su poca fuerza física para emprender esas tareas preferían quedarse en la pequeña escala, como dice Greer en su análisis de la producción artística femenina.(10)
 
 
En la actualidad, las nuevas generaciones van rompiendo más rápido los cartabones impuestos por la sociedad y las mujeres defienden más sus derechos. Sin embargo, igual cómo sucedió con las mujeres en el muralismo, algunas limitaciones se repitieron en los inicios del grafiti.
 
 
Es obvio que ninguna pudo participar en el movimiento grafitero cuando era una práctica ilegal, o tal vez sí, por rebeldes. En la new school, en que las obras ya no son tag o letra de bomba sino nuevos imaginarios, las chicas empezaron a formar parte, pero generalmente porque eran novias de alguno de los integrantes del crew. Poco a poco la situación ha cambiado gracias al empoderamiento, insubordinación y fuerza de las mujeres. Cada vez se forman más colectivos mixtos, en los que se trabaja en igualdad de responsabilidades entre hombres y mujeres. También aparecen colectivos constituidos sólo por mujeres. Tal vez ya no sufren tanto acoso como las que se subieron por primera vez a un andamio en México, pero en ocasiones siguen siendo agredidas.
 
 
A pesar de todo esto, muchas mujeres se siguen autoexcluyendo debido a la educación recibida en casa, que las inhibe; siguen siendo mujeres eunuco, porque a pesar de que se han ido ganando derechos la situación femenina en general apenas se modifica.
 
 
 
(Adelanto de un capítulo sobre mujeres en el arte mural que forma parte de una investigación más amplia.)
 
 
 
 
Notas
 


[1] Germaine Greer, La mujer eunuco, Barcelona, Editorial Kairós, 2004.

 

 

[3] Esposa de José Salomé Pina, hermana de Gonzalo Arguelles Bringas e hija de José María Velasco, respectivamente.

 

[4] Véase Tomás Zurián, Rosario Cabrera. La creación entre la impaciencia y el olvido, Museo Estudio Diego Rivera, INBA, 1998, y Elena Poniatowska, “María Izquierdo al derecho y al revés”, en Las siete cabritas, México, Ediciones Era, 2000.

 

[5] Michael K. Schuessler, “Marion Greenwood: la primera muralista extranjera del México posrevolucionario”, <https://cultura.nexos.com.mx/?p=12461>. Consulta: 27 de noviembre, 2018.

 

[6] Idem.

 

[7] Ignacio Márquez Rodiles, “Retrato informal de Aurora Reyes”, Todo, núm. 898, 23 de noviembre de 1950, p. 34, citado en Margarita Aguilar Urbán, Aurora Reyes, alma de montaña, México, Instituto Chihuahuense de Cultura, 2010, p. 32.

 

[8] Actualmente se encuentra en la Facultad de Derecho de la UNAM.

 

[9] En la exposición participaron Lola Álvarez Bravo, Cordelia Urueta, Esperanza Muñoz Hoffman, Regina Pardo, Elena Huerta, Francisca Sánchez, Aurora Reyes, Celia Terrés, María Izquierdo y Celia Arredondo.

 

[10] Germaine Greer, La mujer eunuco, op. cit.

 
 
 
 
 

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