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Rosario Cabrera y la pasión por la enseñanza

Posted on 6 septiembre, 2017

Eduardo Espinosa Campos
 
 
La primera obra que recuerdo haber visto de Rosario Cabrera (1901-1975) es el retrato al óleo de una niña, reproducido en el catálogo de la exposición homenaje al movimiento de Escuelas de Pintura al Aire Libre (EPAL) que se presentó en 1981 en el Museo del Palacio de Bellas Artes en la Ciudad de México. El cuadro representa a una niña sentada que sostiene un pedazo de papel en sus manos. La pintura se sustenta en un dibujo cuidadoso y una composición equilibrada; el cuerpo frágil abarca el lado derecho de la tela, en el sentido del ángulo inferior del cuadro, dejando el aire suficiente en el extremo opuesto para acentuar el mundo privado y el candor de la retratada. Su rostro es de facciones finas y sus alargados y melancólicos ojos miran directamente al espectador. Esta obra se quedó grabada en mi memoria, con el nombre de su autora y su vínculo con las EPAL. Sabía, entonces, que Rosario Cabrera había sido maestra de estas escuelas y nada más.
 
 
La infancia de Rosario Cabrera no fue fácil; estuvo marcada por la muerte de sus padres cuando contaba con escasos 9 y 12 años de edad. Pero la personalidad recia de su padre, decorador de oficio y con aptitudes artísticas —afición a la pintura, la talla en madera, la guitarra y el canto flamenco—, despertó en ella su vocación por el arte, que desde corta edad se reflejó en sus primeros dibujos, que dejan ver una habilidad precoz para reproducir figuras humanas y de animales, ya fueran copias o apuntes tomados del natural.
 
 
Al amparo de una tía, al quedar huérfana junto con cinco hermanos, Rosario pudo inscribirse en la Escuela Nacional de Bellas Artes, donde estudió entre 1916 y los primeros años de la década de 1920. Allí tuvo como maestros a los pintores Saturnino Herrán, Leandro Izaguirre, Germán Gedovius y al escultor Arnulfo Domínguez Bello, entre otros.
 
 
Intenso debió haber sido su trabajo, pues en 1921 realizó su primera muestra individual dentro de la escuela, donde exhibió cerca de cincuenta obras. El talento de la joven artista no tardó en ser reconocido y fue el motivo del otorgamiento de una pensión por parte del presidente de la República, Álvaro Obregón.
 
 
En una crónica de diciembre de 1920 sobre la exposición anual de la Escuela Nacional de Bellas Artes, el pintor Carlos Mérida hace el siguiente comentario sobre su producción artística: “es digno de mencionarse el envío de la señorita Rosario Cabrera, consistente en varios retratos, que acusan a un temperamento, y algunos paisajes de los cuales uno malo, el del claustro de color sucio y de pobre factura, y el otro —un apunte— bello de color y atrevida factura”. (Carlos Mérida, “La exposición anual de la Escuela Nacional de Bellas Artes, El Universal Ilustrado, núm. 188, México, 9 de diciembre de 1920, pp. 8 y 9.)
 
 
Y en efecto, dos son las predilecciones temáticas de Rosario Cabrera que permanecerán a lo largo de su vida: el paisaje y el retrato. En ellos encontró los motivos suficientes para desarrollar propuestas de expresión distintas. Frecuentó el Ex Convento de Churubusco, que en 1924 se convertiría en sede de la EPAL. Sus paisajes con el tema del Ex Convento presentan formas del realismo aprendido en la Escuela de Bellas Artes, así como obras con toque impresionista: Primavera en el valle, Arboleda e Iglesia, un poco a la manera de Claude Monet en su serie de la Catedral de Ruán.
 
 
Sus retratos evidencian una fina sensibilidad en atrapar los sentimientos y el carácter de sus modelos; le representan, en sí, la oportunidad de mirar hacia el interior del ser humano. Estas obras, además, dan testimonio de sus colegas de oficio, que ocuparon un lugar significativo en su vida y que con el paso del tiempo se revelaron como notables artistas: Fernando Leal, Julio Castellanos, Gabriel Fernández Ledezma y Nahui Ollin, o amistades como Lupe Marín o Mirella Asúnsolo, entre otros. El dibujo con que están estructurados los retratos es seguro y, al mismo tiempo, refleja el conocimiento y manejo hábil de las proporciones. Hay algunos realizados a la manera de los impresionistas, otros dan la apariencia de haber quedado inconclusos al estar hechos con el rasgo del apunte rápido, en los que ha dejado intencionalmente áreas sin pintar. Estas obras parecieran mostrar cierta despreocupación de su autora en el soporte de sus pinturas; en algunos casos, por ejemplo, utilizó simple cartón. En otro conjunto más de retratos está presente lo que a mi modo de ver representaría el estilo clásico de Rosario Cabrera: La dama de los ojos verdes, Niña pensativa y Niña con libro, óleos sobre tela en los que, además, por la forma de aplicar el material, se percibe su intención de imitar la pintura al fresco.
 
 
Por otro lado, sus esculturas reflejan un verdadero conocimiento de anatomía y del manejo de las proporciones en volumen, a través de un grupo estupendo de cabezas de hombres viejos, jóvenes y un autorretrato; todas ellas concebidas sobre el concepto del realismo. Sin duda alguna estamos frente a una gran artista, no sólo dominadora de la técnica de la línea y del color, sino también en el modelo de bulto. Al parecer, su producción escultórica se interrumpió antes de su viaje Europa (1924), ya que después de su regreso a la Ciudad de México, en 1927, no se tiene conocimiento de que la hubiera retomado.
 
 
Desde sus tiempos de estudiante, Rosario Cabrera había tenido contacto cercano con el pintor Alfredo Ramos Martínez, el impulsor original de las Escuelas de Pintura al Aire Libre. Aunque en un principio no se vinculó directamente con estas escuelas, su amistad con los pintores que trabajaban en torno de Ramos Martínez —algunos de los cuales se convertirían después, como ella misma, en maestros de las diferentes EPAL— la motivaría a practicar el grabado en madera, como podemos comprobarlo en sus obrasCabeza de Cristo (ca.1923),Cabeza de hombre indígena (ca. 1924) y Niños en el salón de clases (s/f). Si consideramos las fechas tempranas, esto la convertiría en una de las primeras mujeres (sino es que la primera) grabadoras en madera de nuestro país en el siglo XX.
 
 
De noviembre de 1924 a enero de 1927, Rosario vivió en Europa, gracias a una pensión otorgada por la Secretaría de Educación Pública “con el fin de recorrer los centros más importantes del arte europeo y así estimular su capacidad creadora, ya que se le considera como una promesa de la pintura mexicana.” (Carla Zurián, “Cronología”, en Rosario Cabrera: la creación entre la impaciencia y el olvido, catálogo de la exposición en el Museo Casa Estudio Diego Rivera y Frida Kahlo/Museo Mural Diego Rivera, Ciudad de México, 20 de enero-29 de marzo de 1998, p. 104.) En este viaje se vio principalmente atraída por la arquitectura de las iglesias góticas, las ciudades, puentes y los poblados de calles estrechas, según podemos apreciar en diversos dibujos, pinturas y grabados. En la obra de este periodo, sin embargo, no se perciben mayores pretensiones pictóricas ni se advierte el anhelo, como, por ejemplo, en Diego Rivera, de identificarse con las corrientes pictóricas de aquel momento. Su interés se centraba en México, como podemos comprobarlo en el vínculo entrañable que sostuvo a su regreso, durante 1928 y 1931, con las Escuelas de Pintura al Aire Libre.
 
 
A finales de la década de 1920, estas escuelas, si bien habían tenido momentos de auge y prestigio, sufrieron una crítica cada vez más intensa por parte de artistas e intelectuales, quienes ponían en tela de juicio sus propósitos y su vigencia. Rosario Cabrera se sumó a su defensa desde una postura muy particular. Para ella significó, por un lado, su definitiva entrega a la enseñanza artística, convirtiéndose en la primera —y única— pintora en México que dirigió dos EPAL: la de Los Reyes, en Coyoacán, y la de Cholula, en el estado de Puebla; por otro lado, en relación con su producción artística, fue un momento de cambio significativo en su lenguaje plástico. Durante este periodo realizó una serie de obras que reflejan el espíritu y la expresión espontánea, algunas veces ingenua, de los trabajos de sus alumnos. Son pinturas que recogen paisajes cercanos a la escuela de Coyoacán, en los que importa más la primera impresión de la naturaleza en los ojos del pintor. En El niño pintor se sintetiza plena y cariñosamente esta etapa de la artista: un niño vestido con overol permanece sentado sobre un petate (los dibujos del cuerpo del niño y del petate son impecables); se le ve ensimismado mientras pinta en un pedazo de papel una casa rural rodeada de árboles y un cielo azul. A sus espaldas asoma un fragmento de una pintura, que puede ser obra del mismo niño, pero que también nos remite al trabajo de Rosario Cabrera de aquellos años:El burrito amarrado, Establo, La nopalera y Casa de Los Reyes, Coyoacán.
 
 
Algo que me llama especial y gratamente la atención es el hecho de que una joven proveniente de una clase social acomodada se vinculara tan estrechamente a la vida de sus alumnos. En algunas de las fotos podemos verla con un vestido modesto y peinada de largas trenzas, mientras da instrucciones a algunas de sus alumnas, bajo la luz brillante del sol.
 
 
Tras su experiencia en las Escuelas de Pintura al Aire Libre, Rosario Cabrera se concentró en la enseñanza de pintura y dibujo en escuelas primarias. Algunas veces se hizo merecedora de reconocimientos por la participación de alumnos suyos en exposiciones realizadas en el Museo del Palacio de Bellas Artes.
 
 
Rosario Cabrera se sabía poseedora de un especial talento para las artes plásticas, mismo que le habría otorgado un lugar sobresaliente entre otros artistas contemporáneos. Su vida, sin embargo, se vio alejada de vanaglorias o actitudes egoístas, traduciéndose en entrega y dedicación para la formación de futuros artistas.
 
 
¿Tuvo el tiempo suficiente para desarrollar un estilo propio? Todo parece indicar que no, pero faltaría considerar mayor número de obra que estará dispersa en colecciones particulares. Lo que no podemos negar es que, en diferentes momentos, consiguió realizar verdaderas obras magistrales.
 
 
(El presente texto es un extracto de la reseña publicada originalmente en El Gallo Ilustrado, suplemento del periódico El Día, México, domingo 5 de abril de 1998.)
 
 
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