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Concursos y bienales de escultura del INBA 1950-1970

Posted on 7 noviembre, 2016

Carlos Guevara Meza
 
 

Quiero comenzar por agradecer a la Dra. María Teresa Favela su amable invitación a leer y presentar este libro que me parece de enorme interés e importancia.[1] También a las autoridades del Museo de Arte Moderno por acoger este evento. Sin duda es uno de los mejores lugares para dar a conocer este texto, de cuyo contenido el propio Museo fue testigo y en muchos aspectos protagonista.

De entre las muchas virtudes que esta obra tiene, quiero destacar la que a mi juicio es la más importante: la minuciosa investigación de Teresa Favela quien no dejó, realmente, ningún archivo sin revisar. Cada obra, cada palabra, cada imagen que se produjo al respecto de los concursos y bienales de escultura entre los años de 1950 y 1970 fue exhaustivamente revisada y se encuentra consignada en estas páginas: declaraciones de los funcionarios en turno y de artistas, notas de periódicos, por supuesto los textos de crítica de arte publicados en aquellos momentos y todos los catálogos y memorias relacionadas, además de referencias a múltiples exposiciones de pintura, que vienen al caso en tanto que permiten extender la perspectiva de análisis y entender mejor el contexto de los debates estético-ideológicos, en cuyo marco se desarrollaban las políticas de exhibición del entonces aún joven Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA).

En este sentido, el libro es valiosísimo como una guía de fuentes documentales para el estudio de este periodo histórico, que hace falta volver a ver, sobre todo con nuevas claves de lectura, protagonizado por muchas personas, a algunas de las cuales no se les recuerda lo suficiente. Esta guía de fuentes es importante no sólo para el estudio, como en este caso, del desarrollo de la escultura en nuestro país. La investigación de Favela nos arroja, por ejemplo, una lista muy completa de críticos de arte que fueron fundamentales en esos momentos (por su influencia en artistas, instituciones, funcionarios y espectadores), y lo siguieron siendo mucho tiempo, algunos al grado de convertirse en verdaderos clásicos. Otros, aunque siguieron trabajando, se les recuerda poco, quizá por los cambios propuestos por subsiguientes generaciones de críticos que utilizaban otros referentes estéticos y políticos, también literarios, y que buscaron distanciarse de las posturas y formas de escribir de estos antecesores inmediatos, que no por ello carecen de importancia histórica, por el peso que tuvieron, y sin duda pueden ser una fuente de enorme riqueza para explorar incluso un periodo más amplio que el tratado aquí.

En una situación similar se encuentran los propios artistas. La exhaustiva lista de Favela de los participantes y ganadores de los concursos y bienales, nos arroja nombres muy reconocibles para cualquiera mínimamente interesado en las artes visuales de nuestro país, pero también de otros artistas con menos presencia en las últimas décadas, a pesar de la obvia importancia que tuvieron en los tiempos objeto del libro y que valdría la pena revisar para una comprensión mayor de nuestra historia del arte, e incluso para hacer exposiciones y no solamente de escultura, pues muchos de estos artistas cultivaron también la pintura, la gráfica y hasta la interdisciplina. Por supuesto, la lista de publicaciones periódicas consultadas por la autora resulta una guía indispensable, sobre todo para los investigadores que se inician en el estudio de la época. Y hay que hacer un reconocimiento a la autora y los editores, por el enorme esfuerzo que implicó, en términos de investigación, técnicos e incluso jurídicos, la gran cantidad de imágenes que se incluyeron de las obras sobre las que trata, lo que me parece valiosísimo, considerando que algunas (o muchas de ellas) hace tiempo que no se ven.

La intensidad de los debates de los que da cuenta el libro, habla, y muy bien, de una comunidad artística e intelectual activa y dispuesta a entrar en polémicas, de donde puede uno imaginar las dificultades que tuvieron sucesivos funcionarios del INBA, todos ellos gente muy preparada y con carreras propias en el arte o en la academia desarrolladas con independencia del servicio público cultural, para construir una política que tuviera consistencia y que dejara más o menos satisfechos a todos (un “todos” que incluía no sólo a los artistas, intelectuales y académicos, sino también a los políticos, a los reporteros, diplomáticos, coleccionistas), y esto último no por cuestiones de supervivencia política personal, sino por una auténtica y profunda convicción en la importancia del arte para el desarrollo del país. Algo, y hay que decirlo, que muchos actores políticos (pertenecientes a todas las clases y grupos de la sociedad) no compartían. Además, claro, con el riesgo que siempre se corre cuando se quiere satisfacer a todos: no dejar contento a nadie.

Creo, sin embargo, que sí hubo una consistencia muy sólida relacionada con esa convicción, anclada más en principios generales que en estrategias y tácticas concretas, que se dejaban en un segundo plano y que de hecho se modificaban tan rápido como era posible, si la respuesta social no era la esperada (modificación que a veces incluía la cabeza del funcionario). Estos principios generales eran, si no es que lo siguen siendo, ampliar sostenida y sistemáticamente el acceso de la sociedad a la cultura y apoyar lo más posible y en todas sus formas la creación artística. De modo que cuando algún funcionario hablaba de que el arte y el pueblo entraran en contacto, cosa que hacía con el lenguaje grandilocuente y rimbombante que se acostumbraba en la época, no era, al menos creo que no en todos los casos, simple demagogia. Detrás de ello había, por un lado, la firme creencia de que el gran arte, las verdaderas obras maestras, eran capaces de “llegarle” a la gente por su propia fuerza y virtudes, sin más mediaciones (lo que ya sabemos que no es tan fácil), y por otro, importantes esfuerzos institucionales. Baste recordar, por hablar sólo de las dos décadas de las que trata el texto, de la fundación (y luego abandono) de las galerías populares, como la José maría Velasco que fue la única sobreviviente; del surgimiento de la Unidad Cultural del Bosque o de la construcción de importantes museos nuevos, como éste mismo. Y, por supuesto, de los mecanismos para aportar recursos a los artistas, como los concursos que buscaban ser más transparentes y más abiertos que los encargos directos, y también quizá más eficaces para dinamizar la producción que la contratación como funcionarios o profesores, que si bien resolvía el problema de la supervivencia económica, más de una vez alejó al artista de su obra.

Hay que recordar que el conflicto entre nacionalismo y universalismo (o cualesquiera otras dicotomías en que se haya planteado en la época o lo podamos caracterizar ahora), no era exclusivo de las artes visuales o de México en ese momento. Debates similares, y con igual virulencia, se plantearon en toda América Latina e incluso en Estados Unidos al mismo tiempo, en el contexto muy polarizante y fuertemente ideologizado de la Guerra Fría, a tal grado que prácticamente hay que esperar a que se acabe para comenzar a ver las obras y los artistas con otros ojos, y darse cuenta que no era cosa de blanco y negro o de buenos y malos. Y donde, además, el gran público (nacional e internacional) seguía (incluso sigue) buscando el referente nacional reconocible como criterio para su identificación y su valoración. Simplemente pensemos ahora en Frida Kahlo y cómo llena de gente una exposición, en cualquier parte del mundo donde se presente, comparada con cualquier otro artista posterior. También hay que considerar, al menos como hipótesis, que las acusaciones de que el Instituto apoyaba más a una tendencia que a otra (acusaciones que se hacían desde todas las tendencias), quizá se debían más a limitaciones presupuestales que a políticas deliberadas de exclusión.

Uno puede estar o no de acuerdo con ciertas valoraciones o juicios de la autora, pero lo cierto es que la información contenida en el libro da para esto y
mucho más, que no me da tiempo de referir aquí. Y en este sentido es un libro de mucha utilidad.

Chapultepec, 22 de octubre de 2016
.



[1]
Texto leído el 22 de octubre de 2016 duarnte la presentación del libro Política cultural del Instituto Nacional de Bellas Artes 1950-1970. Concursos y bienales de escultura de María Teresa Favela Fierro
(México, Cenidiap-INBA, 2016). Museo de Arte Moderno, Ciudad de México.

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