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La construcción de una utopía

Posted on 13 julio, 2016

Laura González Matute
 
 
Texto leído el 9 de junio de 2016 en el Aula Magna José Vasconcelos del Centro Nacional de las Artes, durante la presentación del libro La construcción de una utopía. Enseñanza artística en la posrevolución, México, Conaculta, INBA, Cenidiap, 2015, 168 p.
 
 
El recién publicado estudio sobre la enseñanza artística durante la posrevolución, de 1920 a 1950, visto como la construcción de una utopía, nos introduce en la historia de este controvertido tema durante este controvertido periodo en la historia de la educación en México.
 
 
A través de  una narración fundamentada en documentos de archivo, la maestra Guillermina Guadarrama, autora del libro, confiere a este trabajo un carácter sui géneris, objetivo y revelador, en el que da a conocer el inicio, proceso y desarrollo, así como las contradicciones y problemáticas que derivaron en la consecuente decadencia que padeció este aprendizaje escolar.
 
 
La enseñanza artística fue impartida, tanto en el ámbito de la educación básica —las escuelas primarias y secundarias— como en la extraescolar —que incluía, en aquel momento, a las escuelas de pintura al aire libre, los centros populares de pintura, la Escuela de Escultura y Talla Directa, la Escuela Nocturna para Trabajadores y la Escuela de Iniciación Artística, entre otros.
 
 
Sustentar un análisis en fondos documentales resulta una labor ardua y minuciosa, que requiere de una selección depurada para transmitir la esencia de la temática. En este sentido, es de reconocer la dedicación de la investigadora del Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información de Artes Plásticas (Cenidiap) por lo exhaustivo de la investigación y los resultados obtenidos.
 
 
La autora nos presenta de manera amplia y detallada el devenir y ocaso de este proceso didáctico, al tiempo que cuestiona las contradicciones que lo caracterizaron. El análisis resulta oportuno y significativo, no únicamente por el hecho de que el tema ha sido muy pocas veces tratado por especialistas, sino por brindar información que, en general, no ha sido estudiada con base en fuentes primarias. Los acervos que consultó fueron el Archivo Histórico de la Secretaría de Educación Pública (SEP), el del Instituto Nacional de Bellas Artes, el de la Promotora Cultural Fernando Gamboa y el del Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación del Archivo Histórico de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
 
 
El texto, además, se apoya en una bibliografía especializada, no únicamente de época sino actual. La autora también consultó una amplia hemerografía que incluye boletines de la SEP, catálogos, revistas, páginas electrónicas y  entrevistas. Un aspecto que enriquece la edición de este libro son las fotografías que lo  ilustran, muchas de ellas hasta ahora desconocidas. En ellas observamos a los alumnos acompañados de sus labores creativas (dibujos, telares, maquetas, esculturas en cerámica, en madera o en piedra, por mencionar algunas). También se aprecia en las imágenes el interior de las instalaciones, cómo eran los salones de clase para la educación básica o las casonas con jardines para las extraescolares, rentadas por la SEP para llevar a cabo estas prácticas didácticas.
 
 
La edición consta de 300 ejemplares, aspecto un tanto lamentable, ya que, como se apuntó líneas atrás, estos trabajos son escasos y sería de gran utilidad  que se realizaran tirajes más amplios para la difusión de temas trascendentes como el que nos ocupa y que resultan fundamentales para la educación artística de las escuelas, tanto del nivel preescolar, como de las primarias, secundarias, secundarias técnicas, hasta las preparatorias e instituciones profesionales.
 
 
El tema se inscribe, dentro del contexto histórico-político-social que vivió el Estado mexicano surgido de la Revolución, a partir de 1920. Se expone abiertamente el interés que existió en el grupo gobernante por llevar a la nación hacia la llamada  “modernidad” y dejar atrás la imagen de un país rural y de escaso desarrollo económico.
 
 
Como hilo conductor, la autora nos ofrece un largo recorrido a través de los gobiernos que se sucedieron desde 1920 hasta 1950. Se detiene en los programas y proyectos de cada uno, con sus múltiples cambios y ajustes a la enseñanza artística. Resalta el hecho de que estos regímenes, en general, apoyaban una política educativa acorde con los intereses de su mandato. Así, en un principio se buscaba, sobre todo, consolidar la identidad nacional, con el fin de fortalecer la ideología posrevolucionaria dominante y legitimarse como grupo soberano.
 
 
Entre los múltiples asuntos que habría que resaltar en esta publicación y que no estaría inscrito dentro de la llamada “utopía”, sería la labor que el primer secretario de Educación Pública, José Vasconcelos, llevó a cabo a partir de su nombramiento en 1921. Como se sabe, la gestión que realizó fue sumamente valiosa en el campo de la cultura, al promover las campañas de alfabetización, la puesta en marcha de las misiones culturales, la apertura de un sinnúmero de escuelas, la construcción de bibliotecas y la promoción de la educación artística básica y extraescolar. Como ejemplo en la educación básica se menciona el apoyo que brindó al introducir el método de dibujo Best Maugard y, dentro de la educación extraescolar, la fundación de las escuelas de pintura al aire libre, como fueron, en su momento, la de Chimalistac y la de Coyoacán.
 
 
Se apunta en el libro que para llevar a cabo esta tarea el secretario de Educación se basó en la experiencia de uno de los más destacados líderes culturales soviéticos: “Anatoli Vasilievich Lunacharsky comisario del Pueblo para la educación de la URSS, quien al finalizar la revolución rusa en 1917, emprendió un programa de educación popular que incluía un plan editorial, bibliotecas y festivales de cultura al aire libre”. Por otro lado, se asienta que Vasconcelos, de la misma manera, sustentó su proyecto educativo en experiencias desarrolladas en Estados Unidos, que seguramente conoció cuando vivió en ese país durante la tercera década del siglo XX: “[Vasconcelos] También tomó modelo de las campañas alfabetizadoras y de las bibliotecas públicas de Estados Unidos. Quería instaurar una cultura alejada del elitismo y cercana a las masas, o sea, a los obreros y campesinos.” Fue Vasconcelos también quien creó el Departamento de Bellas Artes de la SEP, integrado por cuatro secciones, entre ellas la de Dibujo y Trabajos Manuales, la cual, como bien se explica en el libro, sufrió un sinnúmero de cambios tanto en sus proyectos educativos como en sus nomenclaturas y, evidentemente, en el personal que lo dirigió.
 
 
Guadarrama narra cómo se suscitaron los problemas presupuestales, los de concepto, así como los ideológicos y la forma como afectaron, paulatinamente, a esta sección. Señala, asimismo, quiénes fueron los funcionarios que lograron fértiles resultados y también los que agudizaron las problemáticas y desatención de la educación artística. Se deja claro que cuando Vasconcelos se separó de la secretaría, su nuevo titular, José Manuel Puig Casauranc, junto con Alfonso Pruneda, entonces rector de la Universidad Nacional, apoyaron de manera sustantiva la educación artística del país. Sin embargo, a partir de ese momento fue cuando los problemas burocráticos, sobre todo los relativos al presupuesto, se iniciaron y, por lo mismo, frenaron los proyectos educativos, específicamente los artísticos.
 
 
Posteriormente, la autora documenta la década de 1930, cuando la educación artística dio un giro hacia los conceptos socialistas, sobre todo durante el gobierno del general Lázaro Cárdenas. Subraya el hecho de que la enseñanza se encauzó por rutas inexploradas que brindaron métodos y programas artísticos de raigambre social, con una tendencia encaminada a erradicar el fanatismo, los prejuicios y toda doctrina religiosa. Este método pedagógico estaba sustentado en modelos soviéticos propuestos por Antón Makarenko, Pavel Petrovich y Mosly Piestrak. El encargado de llevar a cabo estos proyectos fue el Jefe del Departamento de Bellas Artes, José Muñoz Cota.
 
 
La investigadora analiza el hecho de que en el plan de estudios se daba especial relevancia a las artes plásticas dentro de la enseñanza general y que este funcionario sostenía, con un matiz socializante y de tono marxista, que se debían: “utilizar las formas culturales ya existentes, denominadas superiores y clásicas, como la música, la pintura y la literatura, [las cuales] elevaban y capacitaban a las clases trabajadoras y coadyuvaban en la emancipación económica de las masas.” En este aspecto Guillermina Guadarrama anota que le parece contradictorio que la enseñanza de trabajos manuales se impartiera con diferencia de género, sobre todo porque se trataba de una “educación socialista”. Por ejemplo, se menciona que a los varones se les instruía, entre otras materias, en la construcción de objetos industriales y que para las niñas se recomendaba preferentemente ejercitarse en labores de costura y bordado, “propias de su sexo” (sic).
 
 
Más adelante el estudio se centra en los gobiernos de los años cuarenta y cincuenta del siglo XX, con el poco interés que le otorgaron a la enseñanza artística, lo que redundó en el detrimento del desarrollo cultural de los estudiantes.
 
 
Este trabajo, enfocado objetivamente y sustentado, como se ha dicho, en fuentes primarias de archivo, da como resultado un ensayo en el que se exponen sin simulaciones ni artificios tanto el genuino interés de los directivos que apoyaron la educación artística, así como la de aquellos que con un manejo simulado y en favor de intereses políticos y económicos obstaculizaban el desarrollo de esta materia escolar. La historiadora, por otro lado, expone la trayectoria que recorrieron los personajes inmersos en este proceso y los resultados que devinieron en esta bien denominada “construcción de una utopía”.
 
 
A través de la lectura, resulta interesante y paradójico el encuentro con los nombres de los más reconocidos intelectuales, artistas plásticos, músicos, bailarines o directores de teatro, que fungieron como directores, jefes, subjefes, comisarios y participantes de consejos del Departamento de Educación Artística. Cabe mencionar que mientras algunas de estas personalidades llevaron a cabo propuestas y proyectos propositivos, otros intentaron frenarlos por no comprenderlos a fondo o por no otorgarles la validez de su proyección y, de la misma manera, por no estar acordes con los intereses del momento. Entre estos prominentes funcionarios, asesores y consejeros se cita a los pintores Rufino Tamayo, Manuel Rodríguez Lozano, Diego Rivera, José Chávez Morado, Alfredo Zalce, Jesús Guerrero Galván, Máximo Pacheco, Juan Manuel Anaya y Julio Castellanos, así como al escultor Fernando Olaguíbel. Por otro lado, se menciona al músico Carlos Chávez y a los escritores e intelectuales Celestino Gorostiza, Xavier Villaurrutia, Antonio Castro Leal y José Muñoz Cota. Habría que llevar a cabo una reflexión, ya que en el devenir de los nombramientos, renuncias y nuevos nombramientos, se advierte cómo uno tras otro los funcionarios desconocían la labor de su predecesor e iniciaban un nuevo proyecto. La autora señala a una personalidad que siempre estuvo presente y apoyó de manera indiscutible el desarrollo de la educación artística: Víctor M. Reyes.
 
 
En el trasfondo de la mayoría de los capítulos, temas o subtemas, pareciera permear el desencanto de la investigadora, al advertir el poco interés y la desvalorización que, en general, el Estado mexicano, a través de las instituciones educativas como la SEP, mostró hacia estas materias artísticas y sus estudiantes. No obstante, se reafirma la meritoria labor que realizaron algunos funcionarios como el mencionado Víctor M. Reyes, José Muñoz Cota, Fernando Olaguíbel o Moisés Sáenz. En cuanto a los maestros, invariablemente apoyaron sus ideales educativos, basta mencionar los nombres de Alfredo Ramos Martínez con el gran apoyo que dio a las escuelas de pintura al aire libre (incluso desde 1913 en que fundó la primera de estas instituciones extraescolares), Fernando Olaguíbel con sus propuestas pedagógicas artísticas de avanzada y la creación del proyecto del periódico Pulgarcito, escrito, ilustrado y editado exclusivamente por los niños de las primarias, o de manera significativa el empeño que llevó a cabo Francisco Díaz de León al lograr fundar el Taller Artes del Libro, labor titánica y meritoria que tardó más de una década en realizarse.
 
 
Con base en las fuentes, el estudio ofrece, sobre todo, la parte oficial y burocrática del tema, documentos fehacientes y de relevancia que brindan una perspectiva oficial  dentro del  amplio abanico en el que se inscribe la historia y problemática de la educación artística posrevolucionaria. Hay que subrayar que trabajos como este abren campos de investigación y, en general, son punta de lanza para la realización de nuevos ensayos que presentarán enfoques y facetas complementarias sobre este trascendente tema. Por lo mismo, el estudio de la maestra Guillermina Guadarrama es importante y sustancial, ya que, aunado a los trabajos previos que ofrecieron diversos horizontes y fueron de gran interés para el acercamiento al estudio sobre estos problemas educativos, este nuevo texto coadyuvará a obtener un conocimiento más amplio sobre este controvertido método didáctico en el aprendizaje de las artes de la posrevolución.
 
 
Un aspecto específico que no ha sido abordado con la nitidez que presenta este ensayo, es la desgastante y dramática realidad de corroborar tácitamente, con base en documentos oficiales de archivo, cómo las propuestas, proyectos, planes de estudio y programas de educación artística, sumamente valiosos y enriquecedores, fueron menospreciados por diversos directivos en turno, aunado a  la falta de organización, continuidad y apoyo presupuestal, que propiciaron la decadencia y posterior desaparición de estos relevantes centros de enseñanza artística.
 
 
Este aportador libro devela la falta de sensibilidad, cultura y proyección educativa de diversos gobiernos, que no permitieron que una labor trascendente, como la enseñanza artística básica y extraescolar, continuara con su desarrollo y proyección y que, probablemente, al día de hoy, si hubiese sido apoyada de manera adecuada, habría derivado en la consolidación de la trayectoria de un sinfín de artistas, en la exhibición de obras plásticas en diversos recintos museísticos, en la puesta en escena de obras teatrales, dancísticas y musicales que, sin duda, serían de proyección no sólo nacional sino internacional.
 
 
Para finalizar, Guillermina Guadarrama anota la situación actual de la enseñanza artística:
 
 

Hoy día se vuelve a enarbolar en el discurso gubernamental la importancia de las manifestaciones artísticas, ahora como un medio para modificar conductas perniciosas y contener la violencia. Se lanzan programas de índole cultural desde la federación hacia los estados, pero fuera de la currícula escolar del sistema básico; no los integran como se hizo en las primeras décadas del siglo XX. Las preguntas que surgen son: si esta vez se aportarán los recursos suficientes y si los programas serán a largo plazo y continuos. […] Lo deseable es que así sea.

 
 
La construcción de una utopía. Enseñanza artística en la posrevolución, de Guillermina Guadarrama, representa el fruto de una exhaustiva investigación, que a través del análisis y estudio de documentos fehacientes, muestra la génesis de las contradicciones y problemáticas que existieron en la enseñanza artística y que, como consecuencia, entre otros aspectos, desencadenaron los desajustes y deficiencias educativas que padece hoy nuestro país.
 
 
 

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